“A Petro le aprobamos 14 leyes; el bloqueo es un mito”
La conversación se extiende poco más de treinta minutos. Al otro lado de la línea no hay una candidata con tiempo sobrante ni una parlamentaria en modo protocolo; atiende desde la calle, con el cronómetro en contra. Su agenda se fragmenta entre el rigor de las sesiones legislativas, el tecnicismo de las comisiones y el asfalto de la campaña. Catherine Juvinao habita hoy un cruce de caminos complejo: defiende un balance institucional en el Capitolio mientras clama por una renovación en las urnas. Es, simultáneamente, poder y solicitud de voto.
Llegó a Bogotá hace dos décadas con una convicción que, asegura, permanece intacta: usar la voz para incomodar, sin importar el origen del mando. Comunicadora social y periodista con formación en estudios políticos, Juvinao es hija de la «Ola Verde» de Antanas Mockus. Esa semilla de ética pública germinó años después en Trabajen Vagos, la veeduría ciudadana desde la cual fiscalizó las sombras del Congreso durante quince años.
Su relato es nítido: no entró a la política para pertenecer al sistema, sino para auscultarlo desde sus entrañas.
En su portal oficial exhibe sus trofeos: siete leyes aprobadas y más de cien denuncias de control político. Es el diagnóstico de una democracia en riesgo que exige pragmatismo sobre retórica. Sin embargo, en la cercanía del teléfono, la épica de campaña cede el paso a una tensión más humana: la de la activista que sobrevive dentro de la servidora pública; la de la ciudadana vigilante que hoy ocupa la curul que antes observaba con recelo.
“El día que me posesioné dejé de ser ciudadana”, admite. Pero inmediatamente lanza el matiz que define su identidad política: “Pero te lo digo con un asterisco. Yo me siento todavía muy ciudadana… soy una congresista ciudadana”.
Ese asterisco es la clave de su gestión. En un país fracturado, donde el Ejecutivo agita la narrativa del bloqueo institucional, Juvinao sostiene una tesis punzante: el poder no está paralizado; está negociando. En ese engranaje —que ella califica sin ambages como extorsivo— decidió permanecer, aun a costa de amenazas, esquemas de seguridad reforzados y una vida personal suspendida.
La entrevista disecciona tres planos: la representante, la candidata y la mujer. En los tres emerge una constante: convicción sin victimismo y una apuesta por la independencia en un ecosistema que rara vez la premia.
“Yo hago política todo el tiempo”. Con esa frase despacha cualquier intento de separar la labor legislativa de la electoral. No acepta que una cosa contamine a la otra; para ella, son fases de un mismo ejercicio de rendición de cuentas. Si legislar y hacer campaña son la misma moneda, el escrutinio, por definición, debe ser continuo. Y es ahí donde comienza el primer plano de esta conversación: la representante.
LA REPRESENTANTE: El mito del bloqueo y la «mermelada» transparente
“Ninguno. Ninguno”.
Cuando se le pregunta si en algún momento ha tenido que negociar principios para obtener resultados, la respuesta es seca, sin espacio a la duda. En un Congreso donde las mayorías se amasan históricamente con intercambios burocráticos y acuerdos de pasillo, su afirmación es un desafío al status quo. Juvinao sostiene que sus siete leyes aprobadas —logros tangibles en un solo periodo— no pasaron por el filtro de los favores. Según su relato, incluso los sectores más cuestionados terminaron respaldando sus proyectos de transparencia, empujados no por la convicción, sino por el peso de una opinión pública que ella sabe movilizar.
Su transición del activismo al Capitolio fue el reconocimiento de un techo: “Sentí que como ciudadana ya había hecho todo lo que podía hacer”. Tras quince años de veeduría externa, Juvinao decidió que para arreglar la maquinaria había que meter las manos en ella.
Esa génesis explica su estilo: no es una articuladora silenciosa de acuerdos, sino una congresista de alto impacto visual y comunicación directa. Pero la visibilidad en Colombia es un deporte de riesgo. Hoy cuenta con un esquema de seguridad reforzado —que ella califica como “tipo candidato presidencial”— tras amenazas directas de grupos como la Segunda Marquetalia. “Nunca lo logran. No lo van a lograr”, advierte con una frialdad que solo da el hábito del peligro.
Su independencia también se mide en la precisión de sus rupturas. Sobre figuras como el hoy ministro Armando Benedetti, su crítica es estructural y letal: “Yo rechazo lo que Benedetti representa para la política en Colombia: esa politiquería que no tiene ninguna convicción, que simplemente se reinventa para perpetuarse en el poder y venderse al mejor postor”.
Sin embargo, su tesis más incómoda es la que dirige hacia la Casa de Nariño. Juvinao rompe el sentido común de la oposición tradicional al desmentir la narrativa del bloqueo institucional: “A Petro le aprobamos 14 leyes y reformas. Lo único que se le negó fue la reforma a la salud y la segunda tributaria”. Para la representante, el relato de la ruptura entre el Ejecutivo y el Legislativo es un decorado discursivo. Sugiere que, mientras en los micrófonos se declaran la guerra, por debajo de la mesa el Gobierno y los partidos tradicionales nunca han dejado de negociar.
“Yo rechazo lo que Benedetti representa para la política en Colombia: esa politiquería que no tiene ninguna convicción, que simplemente se reinventa para perpetuarse en el poder y venderse al mejor postor”.
Su interpretación es incómoda para ambos bandos: sugiere que la narrativa de ruptura es un decorado discursivo mientras, en la sombra, el Gobierno y los partidos tradicionales nunca han dejado de transar. El problema, para Juvinao, no es el intercambio en sí, sino la opacidad.
Aquí es donde lanza una de sus tesis más audaces y pragmáticas: la necesidad de reglamentar la «mermelada». “Yo preferiría que la participación de los partidos en el Ejecutivo fuera una cosa reglamentada, por encima de la mesa, como ocurre en otras democracias”, afirma. Para la representante, es preferible un sistema con reglas claras de participación burocrática que el actual «engranaje extorsivo» donde los apoyos se compran con favores solapados. Es su apuesta por sacar la negociación del clóset político para exponerla al sol de la veeduría ciudadana.
“Yo preferiría que la participación de los partidos en el Ejecutivo fuera una cosa reglamentada, por encima de la mesa, y no este engranaje extorsivo donde los partidos le sacan cosas al presidente a cambio de votos. En otros países la participación burocrática es legal y tiene reglas; aquí somos unos solapados que preferimos llamarlo ‘mermelada’ mientras negociamos en la oscuridad.”
El problema, para ella, no es la parálisis, sino la opacidad. Por eso lanza una propuesta que levanta ampollas por su pragmatismo: reglamentar la participación burocrática. “Yo preferiría que la participación de los partidos en el Ejecutivo fuera una cosa reglamentada, por encima de la mesa, y no este engranaje extorsivo donde los partidos le sacan cosas al presidente a cambio de votos”. Es su visión de una «mermelada» con reglas claras, sacando la negociación de las sombras para exponerla al escrutinio ciudadano.
En ese engranaje decidió quedarse. No como observadora, sino como parte de un sistema que cuestiona cada vez que se enciende el micrófono.
LA CANDIDATA: Centro frente a la hiperpolarización
La política colombiana no se mueve hoy en terreno neutro. La conversación pública está asfixiada por un eje que parece ineludible: Petro o Uribe. Gobierno u oposición. Izquierda o derecha. Catherine Juvinao no solo reconoce esta fractura, sino que la diagnostica como un fenómeno estructural y global. Cita procesos de transición en Estados Unidos, Europa y América Latina para explicar que Colombia atraviesa una reorganización ideológica profunda, donde fuerzas antes marginales hoy son mayoría.
Sin embargo, introduce una distinción académica y necesaria: la diferencia entre polarización e hiperpolarización.
Para Juvinao, la primera puede ser un síntoma saludable de una democracia que organiza sus preferencias. La segunda, en cambio, es la antesala de la tragedia: implica radicalización, deshumanización del adversario y riesgo inminente de violencia. “Yo creo que Colombia está alcanzando niveles de hiperpolarización”, advierte. En ese escenario de trincheras, ubicarse fuera del eje dominante no es un refugio, sino un acto de resistencia. “En la mitad quedamos personas como yo, que no estamos ni en la izquierda ni en la derecha”.
“En la mitad quedamos personas como yo, que no estamos ni en la izquierda ni en la derecha”.
La posición es ingrata. En entornos radicalizados, el centro suele ser caricaturizado como tibio o ambiguo. Pero Juvinao rechaza esa etiqueta apelando a la integridad sobre la ideología rígida. Sostiene que existe una franja mayoritaria de ciudadanos cansados del binomio eterno —“Petro-Uribe, Uribe-Petro”— que busca políticos capaces de reconocer aciertos y errores en ambos bandos.
“Yo represento a las personas que no comulgan con fanatismos”, afirma. Su discurso no es antipolítico ni busca la desideologización; busca el equilibrio técnico. Un ejemplo claro de este método es su postura frente a la reciente decisión del Consejo de Estado de tumbar el aumento del salario mínimo. Para Juvinao, esto es un “mensaje equivocado” y una muestra de “poca seriedad jurídica”. Critica que, mientras los poderes públicos se enfrentan, el ciudadano de a pie queda en la incertidumbre después de haber ajustado su economía a un decreto que terminó siendo papel mojado.
Su propuesta electoral se sintetiza en una frase que lanza como un escudo: “Yo puedo denunciar al que quiera en este país porque no tengo rabo de paja”. La independencia no es solo una postura, es su herramienta de trabajo.
Ante un Congreso que opera bajo la lógica de la negociación constante y una sociedad que transita hacia la hostilidad, la pregunta es si su representación tiene espacio suficiente en las urnas. Su apuesta es que existe un electorado que reclama políticos “moderados, equilibrados y objetivos”, capaces de dialogar y tender puentes sin renunciar a la mordacidad de la crítica. No promete una refundación mesiánica ni una ruptura total. Promete continuidad de método: control político, lucha frontal contra la corrupción, una agenda robusta para mujeres y jóvenes, y un enfoque pragmático en seguridad y emprendimiento para las MIPYMES.
En un ambiente donde el ruido suele imponerse, su candidatura descansa en una idea menos estridente pero más sólida: la coherencia como el activo político más escaso y, por ende, más valioso.
LA MUJER: El nombre del machismo y el costo del «todo»
En el plano personal, la conversación abandona la métrica legislativa y cambia de tono. Cuando se le pregunta por el machismo en la política colombiana, Catherine Juvinao no duda: “El machismo en el Congreso es muy marcado todavía”. No lo plantea como una queja aislada, sino como una estructura de poder diseñada por y para hombres, donde se apagan micrófonos o se reduce el tiempo de palabra a las voces femeninas.
Juvinao decide ponerle nombre propio a la violencia política para sacarla de la abstracción. Recuerda con crudeza el episodio con el representante conservador Alfredo Apecuello. Ante una denuncia técnica y documentada, la respuesta de Apecuello no fue el debate de ideas, sino un ataque personal directo: intentó deslegitimarla ante la plenaria insinuando que ella actuaba por una supuesta «obsesión» y que estaba «enamorada» de él.
“A las mujeres nos exigen más. No nos podemos equivocar nunca. Si hablamos duro somos histéricas; si un hombre habla duro es decidido”, denuncia. El recurso de Apecuello es, para ella, el ejemplo perfecto de cómo el sistema intenta reducir la capacidad intelectual de una mujer a una cuestión de «hormonas» o despecho sentimental.
“A las mujeres nos exigen más. No nos podemos equivocar nunca. Si hablamos duro somos histéricas; si un hombre habla duro es decidido”
Sin embargo, en su discurso no hay victimismo, sino reconocimiento. Sostiene que, paradójicamente, han sido mujeres de distintas bancadas las que han mostrado mayor independencia. Menciona con respeto a figuras de orillas opuestas como Paloma Valencia o Delcy Isaza, y destaca la labor de Jennifer Pedraza y Catherine Miranda. Incluso reconoce un avance institucional en las «listas cremallera» del Pacto Histórico, demostrando que su ojo crítico sabe valorar el progreso, venga de donde venga.
Pero el costo de esta entrega es total. Cuando se le pregunta qué ha sacrificado, la respuesta es una palabra que pesa: “Todo”.
“Sacrificamos la familia, la posibilidad de tener hijos, la tranquilidad de nuestros padres y la intimidad. Cuando eres mujer en política, se te meten hasta en las sábanas”. La frase no es retórica, es descriptiva. Habla de una vida personal suspendida y de una exposición constante que no recae con la misma saña sobre sus colegas varones.
A la pregunta sobre cómo es su vida fuera del Capitolio, la respuesta es de una aridez absoluta: “No tengo ninguna. Mi vida me consume por completo de domingo a domingo”. No lo dice con dramatismo, sino como la constatación del precio que exige ser la congresista con más denuncias de control político (más de cien) y siete leyes aprobadas en un solo periodo. Para Juvinao, la política no es una actividad; es una dedicación total que ha devorado su privacidad.
Catherine Juvinao no se presenta como mártir ni como heroína. Se presenta como alguien convencida de que vale la pena habitar el espacio público, aun cuando sea áspero y hostil. En una Colombia que mira al Congreso con desconfianza, su apuesta es mantenerse dentro del sistema sosteniendo la identidad que repite como un mantra: “Soy una congresista ciudadana”.
La pregunta que deja esta entrevista no es si Juvinao tiene determinación; eso ha quedado claro en cada minuto de la llamada. La pregunta es si la coherencia y el rigor técnico, en estos tiempos de hiperpolarización y ruido, pueden convertirse en una mayoría electoral. Esa respuesta no la dará el discurso. La dará el país en las urnas.
Colofón: La paradoja del vigilante
Al colgar el teléfono, queda la impresión de haber conversado con alguien que intenta realizar una operación a corazón abierto mientras corre una maratón. Catherine Juvinao no es una política convencional, pero tampoco es ya la activista que gritaba desde la baranda. Su «asterisco» —esa bivalencia entre ser congresista y seguir sintiéndose ciudadana— es, en el fondo, una declaración de resistencia contra la entropía del sistema. Sin embargo, toda resistencia tiene un punto de quiebre.
El análisis de Juvinao sobre la hiperpolarización es lúcido, pero encierra una contradicción sistémica: ella denuncia un engranaje «extorsivo» mientras admite que la única forma de aprobar leyes es operando dentro de él. Su tesis del «bloqueo inexistente» y las 14 leyes aprobadas a Petro no solo desnudan la hipocresía del Gobierno y los partidos tradicionales; también plantean una duda razonable sobre los límites de su propia independencia. En política, nadie es una isla, y el Capitolio tiene una capacidad biológica para asimilar a sus críticos, convirtiendo la fiscalización en una pieza más del espectáculo legislativo.
Su propuesta de reglamentar la «mermelada» es, quizá, su rasgo más audaz y, a la vez, el más peligroso. Es un pragmatismo frío que prefiere la corrupción administrada a la corrupción solapada. Al proponer reglas para el reparto burocrático, Juvinao abandona el idealismo para abrazar un realismo que muchos en su base electoral podrían interpretar como una capitulación ante la vieja forma de hacer las cosas.
Al final, Juvinao representa un experimento sociológico vivo: ¿puede la técnica sobrevivir al fanatismo sin volverse, ella misma, una forma de dogma? Su entrega de «domingo a domingo» y el sacrificio de su privacidad son las monedas con las que paga su derecho a estar en la mesa. Pero en una democracia donde las mayorías se amasan con intereses y no con datos, queda la pregunta de si su coherencia es un activo real o simplemente un lujo estético en un país que, históricamente, ha preferido el caudillismo al control político.
Juvinao sigue en la calle, con el cronómetro en contra, intentando demostrar que se puede habitar el monstruo sin ser digerida por él.







