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Citgo sigue funcionando. Sus refinerías procesan crudo, sus combustibles abastecen miles de estaciones de servicio en Estados Unidos y su marca continúa siendo parte cotidiana del mercado energético norteamericano. Pero detrás de esa aparente normalidad, la empresa atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia: no puede decidir su futuro.

Un reciente reporte de Reuters expone con claridad el problema: Citgo se encuentra paralizada estratégicamente porque el proceso de venta de su casa matriz sigue congelado. No hay decisiones de largo plazo, no hay inversiones estructurales y no hay una hoja de ruta clara. Sin embargo, el dato central no es empresarial. Es político.

Citgo no está detenida por razones de mercado, sino porque se convirtió en la expresión más concreta del colapso institucional venezolano proyectado fuera de sus fronteras.

Un activo que dejó de tener un Estado claro

Desde 2019, Citgo dejó de ser administrada por el gobierno de Nicolás Maduro. Tras el reconocimiento del llamado gobierno interino venezolano por parte de Estados Unidos —durante la presidencia de Donald Trump— Washington autorizó que una junta ad-hoc designada por la oposición venezolana asumiera el control de la empresa en territorio estadounidense.

Este punto suele simplificarse, pero es central: Citgo no ha estado bajo control del chavismo en los últimos años, sino bajo una estructura creada por la oposición venezolana, con respaldo político y legal de EE. UU., cuyo objetivo declarado era proteger los activos externos del país frente a sanciones y embargos.

Paradójicamente, ha sido esa misma estructura la que ha llevado adelante las defensas judiciales y administrativas de Citgo en Estados Unidos, intentando frenar su pérdida definitiva en tribunales federales y ante el Departamento del Tesoro. No se trata de una empresa abandonada, sino de un activo gestionado desde una arquitectura política que ya no existe como poder reconocido dentro de Venezuela.

Cuando el gobierno interino se disolvió formalmente en 2023, Citgo no regresó a manos de Caracas. Tampoco se redefinió su estatus. Simplemente quedó suspendida, sostenida por licencias temporales y decisiones judiciales, sin una autoridad estatal venezolana plenamente reconocida que pudiera decidir su destino.

Qué es Citgo y por qué importa en Estados Unidos

Reducir a Citgo a una refinería es no entender su dimensión real. Citgo Petroleum Corporation es uno de los actores relevantes del mercado de combustibles en Estados Unidos, con una infraestructura integrada que atraviesa toda la cadena de valor.

La empresa opera tres refinerías estratégicas:

  • Lake Charles (Luisiana), la mayor de las tres y una de las más importantes del sur del país.
  • Corpus Christi (Texas), clave por su conexión logística con el Golfo de México.
  • Lemont (Illinois), fundamental para el abastecimiento del Medio Oeste.

A esto se suma una red de aproximadamente 4.000 estaciones de servicio independientes que operan bajo la marca Citgo, además de terminales, oleoductos y plantas de lubricantes. No es una empresa marginal ni residual: es una pieza funcional del sistema energético estadounidense, con impacto directo en empleo, logística y suministro.

Durante años, para Venezuela, Citgo fue mucho más que un negocio: fue una plataforma de inserción internacional, una fuente de divisas y un activo estratégico que conectaba al país con el mercado más grande del mundo. Por eso su pérdida —o su posible venta forzada— tiene un peso simbólico y político que trasciende cualquier balance financiero.

La venta que existe en el papel, pero no en la realidad

El conflicto escaló cuando tribunales estadounidenses autorizaron la venta de PDV Holding, la empresa matriz de Citgo, como mecanismo para pagar a acreedores internacionales que reclaman deudas y compensaciones por expropiaciones ocurridas en Venezuela.

El tribunal de Delaware aprobó una oferta de unos 5.900 millones de dólares, presentada por Amber Energy, una filial vinculada al fondo Elliott Investment Management. Legalmente, el proceso avanzó. Políticamente, quedó congelado.

La transacción no puede cerrarse sin la autorización de la OFAC, que ha optado por extender licencias temporales que mantienen el statu quo. El resultado es un limbo: Citgo no cambia de dueño, pero tampoco puede actuar como una empresa normal.

Reuters añade un elemento inquietante: Amber Energy, aunque aún no es propietaria, ya participa activamente en el seguimiento del negocio, recibe información y mantiene contacto constante con la administración. Es una figura híbrida: un comprador sin control formal y una empresa sin horizonte estratégico.

Los acreedores y el botín: por qué todos miran a Citgo

Cuando Venezuela dejó de pagar sus deudas externas y ejecutó una ola de expropiaciones sin compensación durante los años de bonanza petrolera, sembró una bomba de tiempo. Esa bomba no estalló en Caracas, sino en los tribunales de Estados Unidos. Citgo terminó siendo el punto donde convergen casi todas esas reclamaciones.

No es casual. En un universo de activos venezolanos sancionados, deteriorados o políticamente intocables, Citgo es el único premio grande, tangible y ejecutable.

Los acreedores que hoy rodean a Citgo no surgieron de una sola crisis, sino de tres procesos que se superpusieron:
las expropiaciones entre 2007 y 2012, los defaults soberanos y de PDVSA desde 2017, y las sanciones internacionales que desplazaron las disputas a jurisdicciones extranjeras.

Demandar a un Estado no garantiza cobrar. Para eso hace falta algo más: un activo que pueda ejecutarse. Y ahí aparece Citgo.

Quiénes son los acreedores clave

La minera canadiense Crystallex es el acreedor fundacional del caso Citgo. Tras la expropiación de su proyecto aurífero en Las Cristinas, obtuvo un laudo arbitral y luego una sentencia en Estados Unidos. Fue la primera en lograr que una corte aceptara que PDVSA era el “alter ego” del Estado venezolano, abriendo la puerta a embargar activos como Citgo. Sin Crystallex, el caso probablemente no existiría en su forma actual.

ConocoPhillips es el acreedor con mayor peso político y financiero. Reclama miles de millones de dólares por la expropiación de sus activos en Venezuela y, aunque ha negociado pagos parciales, sigue viendo a Citgo como la garantía final. Su posición es clara: sin compensación completa, no hay borrón y cuenta nueva con Venezuela.

A ellos se suma Gold Reserve, otra minera expropiada que obtuvo laudos arbitrales favorables, participó en el proceso de subasta y ha impugnado judicialmente la venta, alegando irregularidades y conflictos de interés. No solo busca cobrar: quiere incidir en cómo se reparte el botín.

También están los bonistas soberanos, acreedores de PDVSA y entidades financieras internacionales, muchos de los cuales saben que no cobrarán todo, pero entienden que Citgo es probablemente la única fuente real de recuperación parcial tras años de defaults.

Por qué Citgo es el botín perfecto

Citgo cumple todas las condiciones que un acreedor necesita:

  • Está fuera de Venezuela
  • Opera en una jurisdicción confiable
  • Tiene estructura corporativa clara
  • Genera ingresos reales
  • No depende del colapso interno del país

Mientras otras refinerías se deterioraban y activos quedaban atrapados en sanciones, Citgo siguió funcionando, produciendo y generando caja en Estados Unidos. Para los acreedores, eso la convierte en la joya de la corona. No porque represente a Venezuela, sino porque puede convertirse en dinero.

Más que una empresa, un país sin soberanía clara

Aquí emerge la contradicción central:
para los acreedores, Citgo es un activo embargable;
para Venezuela, un símbolo de soberanía perdida;
para Estados Unidos, un caso legal administrable bajo sus reglas.

El proceso de venta no es solo una subasta: es una redistribución forzada de poder. Cada dólar que salga de Citgo para pagar deudas es un dólar que no estará disponible para una eventual reconstrucción venezolana.

Por eso, incluso sectores enfrentados de la política venezolana —chavismo y oposición— coinciden en algo poco habitual: el rechazo a perder Citgo, aunque por razones distintas y con responsabilidades compartidas.

Citgo no es el botín más codiciado por lo que fue, sino por lo que sigue siendo:
un activo funcional, un negocio vivo, una pieza ejecutable.

En un país donde casi todo colapsó, Citgo sobrevivió. Y precisamente por eso terminó rodeada.
Para los acreedores, es la última oportunidad de cobrar.
Para Venezuela, la prueba de hasta dónde llegó su descomposición institucional.
Y para la política internacional, una advertencia clara: los Estados no solo pierden poder dentro de sus fronteras; también lo pierden fuera de ellas.


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