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Las elecciones del 8 de marzo dejaron algo más que un nuevo Congreso y varios candidatos presidenciales definidos. También permitieron contrastar, por primera vez en esta campaña, dos fuentes de información que rara vez se pueden observar al mismo tiempo: lo que la opinión pública declara en las encuestas y lo que el electorado realmente hace cuando vota.

Hasta finales de febrero, la fotografía política estaba dominada por la encuesta Colombia Opina #20 de Invamer, que mostraba un escenario aparentemente claro: Iván Cepeda liderando con comodidad la intención de voto presidencial, una derecha con peso electoral considerable pero dispersa entre varios nombres, y un centro político que seguía intentando abrirse espacio entre esos dos polos.

Las urnas del 8 de marzo no desmintieron ese panorama, pero sí agregaron matices importantes. La jornada permitió observar cómo se comportan las distintas fuerzas políticas cuando se trata de movilizar votantes reales, algo que las encuestas —por su propia naturaleza— no siempre captan con precisión.

Al cruzar ambas fuentes, encuestas y resultados electorales, aparece un retrato político más completo del país que se prepara para votar el próximo 31 de mayo.

Un Congreso que obliga a negociar

El primer dato que surge del 8 de marzo es institucional. El Congreso que comenzará a sesionar en julio estará lejos de ser un parlamento dominado por una sola fuerza política.

En el Senado, el Pacto Histórico obtuvo la mayor votación individual, lo que confirma que el bloque progresista conserva una base electoral significativa a nivel nacional. Sin embargo, esa votación no alcanza para garantizar una mayoría parlamentaria ni mucho menos para controlar la agenda legislativa sin acuerdos.

El Centro Democrático mantiene una presencia fuerte como principal fuerza de oposición, mientras que partidos tradicionales como el Liberal, el Conservador y el Partido de la U siguen ocupando una posición central en el equilibrio del sistema político.

La Cámara de Representantes, por su parte, refuerza esa idea de pluralidad política. Allí el peso de las estructuras regionales es incluso mayor que en el Senado. En muchos departamentos las listas territoriales y las alianzas locales compiten en condiciones similares con los partidos nacionales, lo que produce una cámara menos ideológica y más vinculada a los liderazgos regionales.

La consecuencia práctica de todo esto es sencilla: el próximo presidente no gobernará con mayorías automáticas. Cualquier proyecto político que llegue a la Casa de Nariño tendrá que construir acuerdos con un Congreso heterogéneo donde conviven intereses territoriales, agendas partidistas y liderazgos regionales.

La consulta que ordenó la derecha

La otra historia importante del 8 de marzo se produjo en las consultas interpartidistas. Allí la senadora Paloma Valencia logró una victoria clara dentro de la coalición de derecha y se convirtió en candidata presidencial de ese sector.

Para el uribismo, el resultado tiene un valor simbólico y político. Después de haber perdido la presidencia en 2022, el movimiento necesitaba demostrar que todavía conserva capacidad de movilización electoral. Los más de tres millones de votos obtenidos en la consulta muestran que esa base política sigue existiendo.

Sin embargo, la jornada dejó también una sorpresa que pocos anticipaban en esa magnitud.

El exdirector del DANE Juan Daniel Oviedo alcanzó más de 1,2 millones de votos, una cifra considerable para un candidato que no cuenta con maquinaria partidista ni estructuras regionales tradicionales. El resultado sugiere la existencia de un electorado urbano, relativamente joven y con sensibilidad técnica que busca opciones distintas a los partidos tradicionales.

Ese fenómeno, no obstante, tiene límites claros. En las elecciones legislativas las listas cercanas a Oviedo no lograron representación ni en el Senado ni en la Cámara. Es decir, su capital político todavía no se traduce en estructura institucional.

En Colombia, como se ha visto en varias elecciones anteriores, el voto de opinión puede ser fuerte en las presidenciales pero difícil de transformar en poder parlamentario.

Lo que se mantiene respecto a las encuestas

Cuando se comparan estos resultados con la encuesta de Invamer publicada el 26 de febrero, lo más llamativo es que la estructura general de la carrera presidencial no cambió.

Iván Cepeda sigue apareciendo como el candidato con mayor respaldo electoral. La encuesta lo ubicaba con 43,1 % de intención de voto, una cifra muy superior a la de cualquier otro competidor.

La oposición continúa teniendo un volumen electoral significativo, pero distribuido entre varias candidaturas. Abelardo de la Espriella figura con más de veinte puntos en intención de voto, mientras que Paloma Valencia, incluso después de ganar la consulta, parte de una base menor en las mediciones nacionales.

El centro político, representado principalmente por Claudia López y Sergio Fajardo, conserva un espacio relevante en la opinión pública, pero todavía no ha logrado consolidar una candidatura que pueda competir directamente con el candidato que encabeza la carrera.

Las urnas, en ese sentido, no contradicen las encuestas. Más bien ayudan a entender mejor cómo se organizan los distintos bloques políticos cuando se trata de movilizar electores reales.

El problema de la oposición: la fragmentación

Uno de los elementos que ya aparecía en la encuesta de Invamer y que el 8 de marzo volvió a poner en evidencia es la fragmentación del voto opositor.

Si se sumaran las distintas corrientes de derecha y centroderecha —De la Espriella, Paloma Valencia y parte del electorado que hoy se identifica con el centro— ese bloque podría acercarse a niveles competitivos frente al candidato del progresismo.

El problema es que esa convergencia no existe todavía.

Mientras el voto opositor se mantenga repartido entre varias candidaturas, la ventaja del candidato que lidera las encuestas seguirá siendo difícil de revertir.

Las próximas semanas serán decisivas para saber si la derecha logra coordinar una estrategia común o si la competencia interna termina debilitando sus posibilidades electorales.

El centro: el terreno donde puede decidirse la elección

Entre esos dos polos sigue existiendo un espacio político considerable.

El centro colombiano no es un bloque homogéneo, pero reúne sectores del liberalismo, de la Alianza Verde y de corrientes reformistas que no se identifican plenamente ni con el petrismo ni con el uribismo.

Ese electorado suele tener un peso determinante en las segundas vueltas presidenciales.

El problema actual es que ese espacio político se encuentra dividido entre varios liderazgos que todavía no logran articular una candidatura capaz de disputar el liderazgo de la carrera.

Si esa fragmentación persiste, es probable que una parte importante de ese electorado termine inclinándose hacia alguno de los polos principales cuando la campaña entre en su fase final.

El debate sobre Venezuela

En medio de este escenario electoral, la relación con Venezuela aparece como un tema que podría ganar relevancia en la campaña.

El gobierno de Gustavo Petro optó por restablecer relaciones diplomáticas con Caracas y promover una política de diálogo regional con el gobierno de Nicolás Maduro. Esa estrategia ha sido defendida por el oficialismo como una forma pragmática de gestionar la frontera, el comercio y la migración.

Sin embargo, esa política también ha sido criticada por sectores de la derecha colombiana, que consideran que el gobierno ha sido demasiado flexible frente al régimen venezolano.

Dependiendo de cómo evolucione la campaña, el tema podría adquirir mayor protagonismo, especialmente si el debate político se desplaza hacia cuestiones de seguridad regional o control migratorio.

En ese contexto, el resultado de la elección presidencial podría traducirse en ajustes importantes en la política exterior colombiana hacia Venezuela.

Un panorama todavía abierto

A poco más de tres meses de la primera vuelta presidencial, Colombia entra en la fase más intensa de la campaña con un panorama que tiene elementos claros pero también varias incógnitas.

Las encuestas siguen mostrando una ventaja significativa para Iván Cepeda. Los resultados del 8 de marzo confirman que el progresismo mantiene cohesión electoral y presencia institucional.

Al mismo tiempo, la derecha comienza a reorganizarse alrededor de una candidatura definida, mientras que el centro político continúa siendo un espacio amplio pero políticamente disperso.

En un sistema político como el colombiano, donde las alianzas y los movimientos de opinión pueden modificar rápidamente las dinámicas electorales, esas variables todavía pueden influir en el resultado final.

Por ahora, lo que muestran tanto las encuestas como las urnas es un país que no se mueve en una sola dirección, sino que mantiene un equilibrio entre fuerzas políticas distintas.

Ese equilibrio es, en buena medida, lo que hará que la campaña presidencial de 2026 siga siendo una competencia abierta hasta las últimas semanas.

El 8 de marzo dejó algo más que un nuevo Congreso y varios candidatos definidos para la presidencial. Dejó, sobre todo, una imagen bastante nítida del momento político que vive Colombia.

Las urnas confirmaron que el progresismo sigue siendo una fuerza electoral organizada y con presencia institucional relevante, pero también que está lejos de dominar el sistema político. Al mismo tiempo, la derecha mostró capacidad de movilización y comenzó a reordenarse alrededor de un liderazgo definido, aunque todavía enfrenta el desafío de evitar la dispersión del voto opositor. Entre ambos espacios permanece un centro político amplio, diverso y todavía decisivo, que no necesariamente se identifica con el petrismo pero tampoco se mueve de forma automática hacia la oposición.

Cuando se cruzan los resultados del Congreso, las consultas interpartidistas y las encuestas conocidas hasta ahora, el panorama que emerge es el de un país que no gira en una sola dirección. Ningún bloque tiene suficiente fuerza para imponerse por sí solo y cualquier proyecto político que aspire a gobernar deberá construir alianzas más allá de su base natural.

Eso es, probablemente, lo más relevante de la jornada electoral: Colombia sigue siendo una democracia de equilibrios. Y en un sistema político construido sobre esos equilibrios, la elección presidencial que viene no dependerá únicamente de quién lidera las encuestas hoy, sino de quién logre —en las semanas que quedan de campaña— ampliar su coalición política lo suficiente como para representar a un país que sigue siendo, en esencia, plural.


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