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Todavía hay personas bajo los escombros. En hospitales, refugios improvisados y centros de atención, miles de familias siguen preguntando por un nombre, esperando una llamada o aferrándose a la esperanza de que alguien aparezca con vida. Los terremotos del 24 de junio siguen escribiendo su historia minuto a minuto y Venezuela continúa enfrentando una de las emergencias más complejas de su historia reciente.

Pero mientras la búsqueda de sobrevivientes no se detiene, otra historia también se está escribiendo. Una que no tiene como escenario un edificio colapsado, sino una pista de aterrizaje.

Durante las últimas horas, el cielo sobre Venezuela se ha convertido en un corredor humanitario. Cada cierto tiempo aparece un nuevo avión en los radares. Algunos despegan desde países vecinos; otros cruzan continentes completos. Transportan rescatistas, médicos, hospitales de campaña, plantas potabilizadoras, equipos de búsqueda, alimentos, medicamentos y toneladas de ayuda. Sin embargo, llevan algo más difícil de contabilizar: la tranquilidad de saber que un país entero no está enfrentando esta tragedia en soledad.

Quienes seguimos habitualmente la actividad aeronáutica estamos viendo una imagen poco común. Desde que ocurrió el terremoto, prácticamente cada hora aparece una nueva aeronave con destino a Venezuela. En mis redes sociales he decidido registrar cada uno de esos vuelos, no solo para informar sobre un movimiento aéreo extraordinario, sino porque detrás de cada punto que avanza en el mapa hay cientos de personas que están cruzando fronteras para ayudar a otras que ni siquiera conocen.

Maiquetía también está viviendo su propia batalla. El principal aeropuerto del país sufrió daños durante los terremotos, pero continúa operando con capacidades limitadas para mantener abierto el puente humanitario. Cada aterrizaje requiere coordinación, prioridad y precisión. Apenas una aeronave descarga su carga y su personal, otra comienza el descenso. La plataforma del aeropuerto se ha transformado en un punto de encuentro donde coinciden idiomas, uniformes y banderas diferentes con un mismo propósito: salvar vidas.

Estados Unidos, El Salvador, México, Brasil, Colombia, Argentina, Ecuador, Chile, República Dominicana, España, Alemania, Suiza, Portugal, India, China, Panamá y otros países están movilizando recursos humanos y materiales hacia Venezuela. Equipos especializados en búsqueda y rescate urbano, médicos, ingenieros, personal logístico y toneladas de suministros están llegando mientras las necesidades siguen creciendo. Organismos internacionales y organizaciones humanitarias también amplían su presencia para apoyar las labores de emergencia y comenzar a responder a una crisis que evoluciona hora tras hora.

Sin embargo, la solidaridad no solo está viajando por aire.

También está recorriendo internet.

Apenas unas horas después de los terremotos, mientras miles de familias perdían contacto con sus seres queridos y las comunicaciones seguían siendo inestables en varias zonas, comenzó a construirse una enorme red de ayuda digital impulsada, en buena parte, por venezolanos dentro y fuera del país.

Programadores desarrollaron plataformas para registrar personas desaparecidas y sobrevivientes. Periodistas, organizaciones civiles y voluntarios comenzaron a consolidar bases de datos. En cuestión de horas aparecieron páginas donde cualquier persona puede reportar a un familiar desaparecido o confirmar el paradero de alguien que fue localizado en un hospital, un refugio o una comunidad afectada.

Al mismo tiempo, grupos de WhatsApp, Telegram y otras redes sociales dejaron de ser simples espacios de conversación para convertirse en centros de coordinación. Allí circulan fotografías, listas de pacientes, nombres de personas encontradas, ubicaciones de refugios, necesidades específicas y solicitudes de ayuda que son verificadas y compartidas por miles de personas alrededor del mundo.

Es una forma de solidaridad silenciosa, pero profundamente poderosa. Un venezolano en Madrid puede registrar a un familiar desaparecido. Minutos después, alguien en Caracas, Valencia o La Guaira puede reconocer ese nombre y confirmar que esa persona está a salvo. Una incertidumbre que parecía interminable puede resolverse gracias a un mensaje enviado desde otro continente.

La diáspora venezolana, formada por más de ocho millones de personas, también está encontrando nuevas formas de regresar a casa. En Bogotá, Miami, Madrid, Santiago, Buenos Aires, Lima, Ciudad de México y decenas de ciudades más se están organizando centros de acopio, campañas de recaudación y redes de voluntariado. Quien no puede viajar dona alimentos. Quien no puede donar dinero clasifica cajas. Quien no puede hacer ninguna de las dos cosas comparte información verificada o ayuda a localizar desaparecidos.

Es una solidaridad que no distingue entre quienes se quedaron y quienes tuvieron que irse. Durante años, millones de venezolanos construyeron una vida lejos de su país. Hoy, esa misma diáspora está demostrando que la distancia no rompe el vínculo con la tierra que dejó atrás.

Las cifras de víctimas seguirán cambiando. También cambiarán los cálculos sobre los daños materiales y el costo de la reconstrucción. Habrá tiempo para hablar de infraestructura, de ingeniería, de responsabilidades y de todo lo que vendrá cuando termine la emergencia.

Hoy, sin embargo, hay otra imagen que merece ser contada.

La de un avión que aparece en el horizonte mientras otro apenas termina de descargar. La de un rescatista que viaja miles de kilómetros para intentar salvar a alguien cuyo nombre desconoce. La de una madre que encuentra a su hijo gracias a una página creada por voluntarios. La de un venezolano que empaca medicamentos en Bogotá para enviarlos a Caracas. La de una comunidad internacional que, más allá de las diferencias políticas o geográficas, está encontrando una manera de decirle a Venezuela que no está sola.

Porque hay tragedias que revelan la fuerza destructiva de la naturaleza. Y hay tragedias que, al mismo tiempo, revelan la inmensa capacidad del ser humano para organizarse, tender la mano y acompañar incluso a quienes nunca ha visto.

Quizá esa sea la historia que dentro de muchos años también valga la pena recordar.


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