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Hoy Caracas vuelve a «vestirse» de rojo. El chavismo marcha. Hay tarimas, consignas, música y una liturgia que se repite cada año desde hace más de tres décadas. Desde el micrófono central, Diosdado Cabello invocará el 4 de febrero de 1992 como si el tiempo no hubiese pasado. Como si la historia no hubiese girado de forma brutal.

Pero este 4 de febrero no es un aniversario más. Se cumple un mes exacto desde que Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron extraídos de Miraflores por fuerzas especiales de Estados Unidos, el 3 de enero de 2026. El país que hoy marcha para “exigir su liberación” es, en los hechos, un Estado intervenido energéticamente, con su principal activo —el petróleo— administrado bajo supervisión externa.

Este 4 de febrero no conmemora una rebelión. Es un funeral de gala del mito fundacional del chavismo. Mientras las bases se movilizan hacia el Cuartel de la Montaña 4F, en los despachos del poder real, Delcy Rodríguez, presidenta encargada, termina de ajustar con Washington los términos del flujo petrolero que permitirá oxígeno económico a cambio de soberanía efectiva.

El “por ahora” se cerró.

La demolición controlada: del chavismo épico al chavismo administrativo

Nada de lo ocurrido en enero fue improvisado. La captura de Maduro fue el desenlace, no el inicio. La demolición del chavismo original comenzó hace más de una década, cuando el poder dejó de necesitar épica y empezó a exigir gestión de supervivencia.

El primer golpe fue ideológico.

Jorge Giordani: el hereje del sistema

Jorge Giordani no fue un ministro más: fue el cerebro económico del chavismo durante quince años. El “Monje”, como lo llamaba Chávez, se atrevió en 2014 a hacer lo impensable: denunciar públicamente la corrupción estructural del modelo y el colapso deliberado de la planificación socialista.

Su salida marcó una frontera. Con Giordani no solo cayó un hombre: murió la idea de que el chavismo podía corregirse desde dentro. Desde entonces, toda crítica interna pasó a ser tratada como traición.

La salida de Jorge Giordani no fue un episodio aislado ni una simple disputa tecnocrática. Fue la primera señal de que el chavismo había cruzado un umbral sin retorno: el momento en que la ideología dejó de ser un pilar y pasó a ser un estorbo.

A partir de 2014, el poder ya no se organizó alrededor de ideas, sino alrededor de lealtades funcionales. Y si el pensamiento crítico era peligroso en el plano económico, lo sería aún más en el terreno donde había nacido el mito: el militar.

Fue entonces cuando el 4-F dejó de ser un capital simbólico para convertirse en una amenaza latente.

La purga militar: cuando el 4F se volvió una amenaza

Los hombres que acompañaron a Chávez en la cárcel de Yare y en la conspiración del 92 aprendieron demasiado tarde que la lealtad revolucionaria tenía fecha de caducidad.

El chavismo necesitaba seguir celebrando el 4 de febrero, pero ya no podía permitirse a sus protagonistas vivos, opinando y recordando. Los hombres que habían acompañado a Chávez en Yare y en la conspiración original representaban algo más que historia: encarnaban una legitimidad que no pasaba por Miraflores ni por el partido.

En un sistema que comenzaba a girar hacia la administración del poder —y no hacia su épica—, esos hombres resultaban impredecibles. El mensaje que recibirían sería claro, gradual y ejemplarizante.

Raúl Isaías Baduel: el general que salvó a Chávez y pagó con su vida

Raúl Isaías Baduel fue el hombre que restituyó a Chávez en el poder en abril de 2002. Sin Baduel, no habría retorno, ni mito consolidado.

Pero Baduel cometió el pecado capital del chavismo: pensar en voz alta. En 2007, durante un desfile militar, se atrevió a increpar públicamente a Chávez por la reforma constitucional y la deriva autoritaria. El castigo fue ejemplar: cárcel, degradación, aislamiento.

Murió en 2021 bajo custodia del Estado. El mensaje fue inequívoco: ni siquiera el salvador del líder estaba a salvo.

Con Baduel, el sistema envió una advertencia.

Con Miguel Rodríguez Torres, aplicó un método.

La diferencia entre uno y otro marcó la transición del chavismo fundacional hacia un poder que ya no castigaba la disidencia solo por rebeldía ideológica, sino por control estructural del Estado.

Miguel Rodríguez Torres: devorado por su propia criatura

Miguel Rodríguez Torres diseñó el sistema de inteligencia chavista. Fue jefe del SEBIN y ministro del Interior. Construyó el aparato que luego lo trituró.

Detenido en 2018, pasó años preso hasta convertirse en ficha de negociación internacional. Hoy, desde Madrid, asesora al expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, el mediador favorito del chavismo, a quien Delcy Rodríguez llama en privado “el príncipe”: el hombre que negociaba presos como moneda para lavar la imagen internacional del régimen mientras en las cárceles se practicaba la tortura sistemática.

En Caracas se murmura que Rodríguez Torres podría ocupar una silla en un eventual gobierno interino. Ironías del poder: el arquitecto de la represión convertido en consultor de transición.

El encarcelamiento de Miguel Rodríguez Torres cerró un ciclo: el de los militares que conocían los engranajes internos del poder. Pero también abrió otro, más sofisticado y menos visible: el de la negociación internacional como herramienta de supervivencia.

A partir de ese momento, el poder no solo se ejercería hacia adentro, sino hacia afuera. Presos, sanciones y derechos humanos se convirtieron en fichas de un tablero diplomático donde el objetivo no era convencer, sino ganar tiempo.

Ese tablero sería decisivo en la siguiente purga: la del petróleo.

Rafael Ramírez y Tareck El Aissami: del control absoluto al descarte

La historia del chavismo, y más aún la de su desplome durante la última década, no puede leerse sin mirar la trama petrolera que marcó el eje real del poder revolucionario.

Rafael Ramírez: de zar petrolero a antagonista del régimen

Rafael Ramírez fue el hombre que durante doce años (2002-2014) condujo la mayor empresa del país, PDVSA, mientras simultáneamente ejercía como ministro de Petróleo y Energía bajo Hugo Chávez. Fue, en muchos sentidos, el artífice del modelo petrolero que financió programas sociales, subsidios y la expansión del Estado venezolano durante el boom de los precios del crudo. Su poder llegó a la cúspide, ocupando incluso la vicepresidencia económica en 2013.

Pero con la muerte de Chávez, el tablero cambió. Su permanencia bajo Nicolás Maduro fue breve: fue removido de la presidencia de PDVSA en 2014 y luego desplazado como representante ante la ONU en 2017, cuando rompió con el régimen. Desde entonces, Ramírez vive en el exilio y se convirtió en uno de los críticos más duros de la administración madurista, describiendo sin contención las tensiones internas y el manejo —y malversación— de recursos petroleros que superan miles de millones de dólares.

Su caída no fue solo administrativa: fue simbólica. El hombre que representó durante años la máxima expresión del control chavista sobre el petróleo pasó a ser un enemigo político denunciador, un testigo incómodo de cómo se diluyeron las estructuras que él mismo había comandado.

La caída de Rafael Ramírez no cerró el ciclo petrolero del chavismo: lo transformó.

Con él terminó la era del control hegemónico y comenzó una fase intermedia, más opaca, más internacionalizada y mucho más peligrosa para quienes la administraban. Ese nuevo esquema tendría un rostro, un apellido y una ambición desmedida.

Tareck El Aissami: el delfín demolido en la empresa madre

Si Ramírez representa el pasado hegemónico del chavismo en PDVSA, Tareck El Aissami simboliza la fase intermedia de ese modelo, que fue absorbido por los intereses político-económicos que terminaron devorándolo también.

El Aissami fue vice­presidente de Venezuela (2017-2018), ministro de Interior, gobernador y, desde abril de 2020 hasta marzo de 2023, ministro de Petróleo, cargo que lo situó en la cima del sector energético del país.

Su salida en marzo de 2023 fue una de las más notorias purgas petroleras en años recientes. Oficialmente renunció en medio de una investigación sobre desvíos de al menos 3.000 millones de dólares de PDVSA y una ola de detenciones relacionadas con contratos petroleros y operaciones asociadas a criptomonedas, pero las interpretaciones políticas señalan que su declive respondió menos a una cruzada anticorrupción y más a una reconfiguración del poder interno.

En el imaginario del chavismo, El Aissami simbolizó —hasta su caída— la transición de la revolución nacionalista hacia una lógica híbrida donde ideas, dinero y redes de influencia cruzaban fronteras. Fue sancionado internacionalmente por cargos vinculados a narcotráfico y lavado de dinero, y su control sobre PDVSA y sus ingresos le otorgó un peso político que terminó viéndose como una amenaza para la supervivencia del régimen en su forma más pragmática.

Para entonces, la lógica era evidente: todo aquel que concentrara poder real —económico, militar o simbólico— estaba condenado.

El chavismo ya no era una coalición de fuerzas, sino una estructura que debía ser adelgazada, incluso a costa de su propia historia.

Purga petrolera: un patrón repetido de demolición

La exclusión de Ramírez y la caída de El Aissami no fueron episodios aislados, sino partes de un patrón claro: la purga sistemática de quienes tuvieron control sobre los recursos estratégicos del país y, con ello, sobre una fuente de legitimidad y poder real.

Como vimos con Eulogio Del Pino, Nelson Martínez y Pedro Tellechea, la conducción de PDVSA pasó de manos del chavismo tradicional a una rotación acelerada donde cada ministro terminó saliendo por razones que iban del escándalo a la detención. Esta secuencia no solo derribó individualidades, sino que alteró la función política del petróleo en Venezuela: de ser el motor de una revolución a convertirse en el activo que, ahora, se negocia con concesiones y acuerdos que rehacen el mapa de poder por fuera de la ortodoxia chavista.

La pregunta inevitable, entonces, no es por qué cayó el chavismo originario, sino quién se benefició de su desmontaje.

Mientras ideólogos eran expulsados, militares neutralizados y zares petroleros demolidos, dos figuras avanzaban sin ruido, sin uniforme y sin épica. No venían del 4-F. No compartían su mística. Y precisamente por eso sobrevivieron.

El vacío dejado por el chavismo épico no lo ocupó la oposición, sino una nueva élite interna: civil, pragmática y profundamente resentida con el pasado militar que los había marginado.

Así comenzó el tránsito final: del chavismo al madurismo, y del madurismo al rodriguismo.

Los hermanos Rodríguez: la venganza como método de gobierno

Para entender por qué hoy, 4 de febrero de 2026, Delcy Rodríguez firma contratos con Chevron mientras el busto de Chávez junta polvo, hay que mirar hacia atrás. Los hermanos Rodríguez —hijos de Jorge Antonio Rodríguez, el fundador de la Liga Socialista asesinado bajo custodia policial en 1976— nunca compartieron la mística de los cuarteles del 92. Para ellos, la Revolución no era un fin romántico, sino un vehículo. Como la propia Delcy confesó años después: «La Revolución Bolivariana fue nuestra venganza personal».

Sin embargo, el camino a la cima no fue lineal. Durante años, ambos habitaron el «segundo anillo» del poder, siendo piezas útiles pero desechables para un Hugo Chávez que, aunque los apreciaba por su linaje, nunca terminó de confiar en ellos.

Jorge Rodríguez: El psiquiatra que no pudo curar al Comandante
Jorge fue, quizás, el civil más brillante que rodeó a Chávez, pero su relación estuvo marcada por una tensión intelectual que el Comandante no siempre toleraba.

El Rector del CNE: Jorge se ganó la confianza de Chávez como el arquitecto técnico de la victoria en el Referéndum Revocatorio de 2004. Su frialdad analítica lo llevó a la Vicepresidencia en 2007, pero el idilio duró poco.

El distanciamiento: Tras la derrota de la Reforma Constitucional en 2007 —el primer gran revés de Chávez—, el Comandante buscó culpables. Jorge, como jefe de campaña y Vicepresidente, fue el rostro de ese fracaso. Chávez, en un arranque de furia, lo removió del cargo apenas un año después de nombrarlo. Aunque lo envió a la Alcaldía de Caracas como una suerte de «exilio dorado», Jorge quedó fuera del círculo íntimo de decisiones estratégicas. Chávez lo veía como un técnico eficaz, pero carente del fuego sagrado de la bota militar.

Delcy Rodríguez: La «niñita prepotente» que Chávez castigó


El caso de Delcy es aún más dramático. Si Jorge era el técnico, Delcy era la fuerza de choque, y esa misma impulsividad la llevó a chocar frontalmente con Chávez.

El insulto que lo cambió todo: Se cuenta en los pasillos de Miraflores que, durante un viaje a Moscú, Delcy tuvo un altercado con el embajador venezolano. Cuando Chávez intentó mediar y llamarle la atención, ella, en un arranque de soberbia, lo llamó «huevón» en su cara.

El castigo: Chávez, que no permitía desplantes de sus subalternos, la expulsó del avión presidencial en plena gira. Delcy tuvo que regresar a Caracas en un vuelo comercial, humillada y defenestrada. Chávez se refería a ella con desprecio: «Esa niñita es prepotente, es una trepadora ambiciosa; cuidado con ella». Durante el resto del mandato de Chávez, Delcy habitó el desierto político, ocupando cargos menores como la Secretaría de la Presidencia, pero siempre bajo la sospecha de un Comandante que olía su ambición desde lejos.

Hoy, 4 de febrero de 2026, el 4-F sobrevive como ritual, no como proyecto.

Se marcha, se canta y se conmemora, pero ya no se decide. Las decisiones se toman lejos de los cuarteles, lejos de las tarimas y lejos de la épica.

El poder que nació con fusiles terminó administrado por burócratas. Y el mito que se proclamó antiimperialista, sobrevive bajo tutela extranjera.

Del madurismo al rodriguismo y la nueva tutela internacional

Maduro y el ascenso de la “mano que mece la cuna” no fue un giro accidental: fue la reconfiguración deliberada de un proyecto que dejó de buscar una revolución para convertirse en un mecanismo de supervivencia política en un entorno internacional hostil. La muerte de Chávez en 2013 abrió un hueco que Nicolás Maduro no pudo llenar con militares —al menos no con aquellos que, como los centauros del 4-F, conservaban legitimidad histórica propia—. Lo que necesitaba era una élite civil y dócil, que supiera administrar crisis sin aspirar a golpes de Estado ni a proyectos alternativos de poder.

Fue en ese contexto que los hermanos Rodríguez —Delcy como cabeza visible y Jorge como brazo político y estratega— no solo sobrevivieron, sino que mutaron de figuras secundarias a los arquitectos del nuevo régimen. Su ascenso fue calculado, paciente y ejecutado con precisión: no destruyeron el chavismo; lo reciclaron para un propósito distinto: la preservación de la estructura de poder en tiempos de extrema presión interna y externa.

Hoy esa estructura tiene dos caras:

  1. La interna —el control de las fuerzas armadas, del aparato estatal y de las formas de coerción política.
  2. La externa —la relación con Washington, condicionada por un entorno geopolítico en el que el petróleo venezolano se ha convertido en un activo demasiado valioso como para permanecer aislado.

En ese nuevo orden, Delcy Rodríguez ha asumido la responsabilidad principal de la conducción del Ejecutivo venezolano, en una fórmula pragmática que busca congruencia con las expectativas del gobierno de Donald Trump y, al mismo tiempo, mantener cohesionada a la coalición chavista que todavía se reconoce como tal. Las primeras señales han sido claras: la reestructuración del gabinete, la liberación de presos políticos y la reconfiguración de mandos clave están siendo interpretadas por asesores estadounidenses como movimientos positivos, aunque tensos, que muestran disposición a cooperar. Al mismo tiempo, Delcy ha mantenido vínculos con figuras tradicionales del chavismo —como el ministro de Defensa Vladimir Padrino López— para preservar estabilidad institucional básica.

La relación entre los hermanos Rodríguez y Estados Unidos se está construyendo sobre un delicado equilibrio: mostrar avances que satisfagan a la Casa Blanca, pero sin alienar completamente a los sectores más duros del chavismo. Esta dualidad explica por qué la administración de Trump, aunque exigente, ha recibido con cierto optimismo los gestos de Rodríguez —principalmente la liberación de centenares de presos y la apertura de canales de diálogo—, pero también por qué mantiene la presión sobre algunos de los líderes históricos con sanciones y recompensas por información sobre ellos.

Félix Plasencia: el rostro aceptable del nuevo tutelaje

En este nuevo orden, Félix Plasencia deja de ser una hipótesis y se convierte en una pieza formal del engranaje. Su nombramiento como representante de Venezuela ante Estados Unidos —no embajador, sino figura ad hoc— confirma que el rodriguismo ha optado por una diplomacia funcional, desideologizada y cuidadosamente calculada para Washington.

El matiz no es menor. Plasencia no llega como símbolo de una relación normalizada entre Estados, sino como interlocutor técnico-político, diseñado para operar en un contexto excepcional: un país sin soberanía plena, un gobierno sin presidente electo en funciones y una relación bilateral basada en licencias, excepciones y supervisión.

Su designación responde a tres razones centrales:

  1. No pertenece al chavismo militar ni al 4-F, lo que lo hace digerible para el Departamento de Estado.
  2. No carga sanciones personales, a diferencia de la mayoría del alto mando chavista histórico.
  3. Tiene línea directa con los hermanos Rodríguez, especialmente con Jorge, quien entiende que la política exterior de esta etapa no se declama: se administra.

Plasencia es, en los hechos, la avanzada civil del nuevo régimen tutelado, el hombre que traduce las decisiones tomadas en Caracas —y aceptadas en Washington— a un lenguaje diplomático compatible con la Casa Blanca de Donald Trump y la arquitectura hemisférica que articula Marco Rubio desde el Congreso y los circuitos de poder republicanos.

La pregunta clave no es si Plasencia representa a Venezuela o a Delcy Rodríguez. La respuesta es incómoda pero evidente: representa al nuevo esquema de gobernabilidad, donde la soberanía no se ejerce, sino que se negocia por tramos.

Delcy, Jorge y el poder real: gobernar sin presidente

Con Delcy Rodríguez como cabeza visible del Ejecutivo y Jorge Rodríguez como arquitecto político y ejecutor institucional, el rodriguismo entra en su fase más delicada: dar forma a un régimen que debe sobrevivir bajo tutela estadounidense sin implosionar internamente.

Jorge no gobierna desde cargos formales, sino desde donde siempre fue más efectivo:
– redacción de leyes,
– control del Parlamento,
– manejo del calendario político,
– y, ahora, diseño del marco legal del protectorado energético.

Delcy firma, negocia y da la cara.
Jorge diseña, contiene y ejecuta.

Pero este nuevo orden tiene dos obstáculos estructurales que no pueden ser barridos como lo fueron Giordani, Baduel o El Aissami.

Diosdado Cabello y Vladimir Padrino: la “línea roja” del rodriguismo

Diosdado Cabello no es parte del rodriguismo, pero tampoco puede ser expulsado de él. Es la piedra de tranca del nuevo ciclo.

Cabello controla tres cosas que los Rodríguez no controlan directamente:

  1. La calle organizada del PSUV
  2. La narrativa del chavismo duro
  3. La interlocución cotidiana con el brazo armado, en sociedad tácita con Vladimir Padrino López

Padrino y Cabello no solo quieren mando militar: quieren peso político, garantías de supervivencia y, sobre todo, no ser sacrificados en el altar de la negociación con Washington.

Para los hermanos Rodríguez, Cabello cumple hoy el mismo rol que el “por ahora” de Chávez en 1992:
– no es el poder final,
– pero es el seguro de estabilidad mientras el sistema se reconfigura.

Por eso Cabello sigue marchando, hablando de soberanía y exigiendo la liberación de Maduro, mientras Delcy firma licencias y Plasencia negocia en Washington. No es contradicción: es reparto de roles.

El chavismo originario nació con fusiles.
El madurismo sobrevivió con represión.
El rodriguismo gobierna con contratos, representantes especiales y tutelaje externo.

Y el 4 de febrero, hoy, no es un proyecto político: es una escenografía necesaria para que quienes aún creen no vean —o no quieran ver— que el poder ya no está en la tarima, sino en los despachos donde se decide cuántos barriles salen, quién los vende y bajo qué supervisión.


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