Alias Calarcá: la historia de cómo un jefe armado logró expandirse entre negociación política y territorios sin control

31 de marzo de 2026

Nueva alerta de OFAC sobre evasión de sanciones expone un esquema visible en los aviones venezolanos

31 de marzo de 2026

Delcy Rodríguez de «encargada», a la candidata que reestructura el poder para quedarse con el

31 de marzo de 2026
Comparte

En Caracas ya no se grita contra el imperio. Se negocia con él. Pero lo que está ocurriendo va mucho más allá de un cambio de discurso.

Mientras Delcy Rodríguez promete “seguridad jurídica” a inversionistas internacionales desde foros en Miami y el petróleo vuelve a abrirse al capital extranjero, en Venezuela se está produciendo una reconfiguración silenciosa del poder: una donde el chavismo abandona su narrativa fundacional para adaptarse a una nueva realidad, sin dejar de controlar el Estado.

No es una transición convencional ni una ruptura con el pasado. Es un movimiento más complejo: una élite que se reorganiza, redefine sus alianzas —incluida la relación con Washington— y selecciona cuidadosamente a sus propios actores para sostenerse en el tiempo.

Un poder que no se cae, se redistribuye

La detención de Nicolás Maduro en enero abrió una escena inédita: un vacío en la cúspide del poder que no generó colapso, sino reorganización. La institucionalidad no se resquebrajó; se reacomodó sobre nuevas lealtades.

Delcy Rodríguez asumió la presidencia «encargada» con una premisa clara: sostener el sistema, pero hacerlo funcional a un nuevo entorno. Ese entorno incluye algo que hasta hace poco era impensable en la narrativa oficial: la coexistencia —y coordinación— con Washington.

Desde entonces, los movimientos han sido consistentes. Cambios en el gabinete, sustitución de figuras del madurismo, rediseño del alto mando militar, apertura del sector petrolero minero con flexibilización del discurso. Todo ocurre al mismo tiempo, pero no responde a una improvisación. Responde a una lógica.

El nuevo centro: poder familiar, control político

El núcleo del poder hoy no es difuso. Es concreto, reconocible, casi íntimo: Delcy Rodríguez su hermano Jorge. No se trata solo de dos figuras necesariamente con peso político propio, sino de una estructura que gira alrededor de una relación de absoluta confianza, forjada durante años dentro del propio sistema.

Ella concentra el manejo del Ejecutivo, la conducción económica y la interlocución internacional, en un momento donde cada decisión tiene implicaciones externas. Él opera el control político interno, la relación con los distintos factores del chavismo y el engranaje institucional que sostiene al Estado. No compiten entre sí; se complementan. En esa división de roles se encuentra una de las claves de la estabilidad actual.

Juntos no solo toman decisiones: definen los márgenes dentro de los cuales todos los demás pueden moverse.

A su alrededor no hay un equilibrio de fuerzas ni una convivencia entre corrientes. Lo que se ha ido configurando es una red mucho más cerrada, organizada en función de niveles de confianza y utilidad. La cercanía al centro no se mide por trayectoria ni por peso político propio, sino por la capacidad de ejecutar sin generar fricciones.

El gabinete, visto desde esa lógica, deja de ser una lista de nombres y se convierte en un mapa de funciones. No responde a cuotas ni a equilibrios tradicionales. Es una arquitectura donde cada pieza cumple un rol preciso: garantizar control, sostener la operación del Estado, facilitar la nueva relación económica y, al mismo tiempo, evitar rupturas internas.

No es una suma de talentos. Es un sistema diseñado para que nada se salga del carril.

Los nombres no son decorativos

En Defensa aparece Gustavo González López, una figura asociada históricamente al aparato de inteligencia. Su presencia no sugiere apertura, sino continuidad en el control.

Ver: De Cabello a Rodríguez: la reubicación estratégica de González López en el poder

En el despacho presidencial está Juan Escalona, un hombre que no viene del «rodriguismo», sino del entorno íntimo de Maduro —y antes, de Chávez—. Su nombramiento no es ideológico. Es operativo. Es la garantía de que la maquinaria del poder siga funcionando sin fisuras, incluso cuando cambian quienes la conducen.

En Comunicación, Miguel Pérez Pirela sustituye el tono frontal de años anteriores por una narrativa más elaborada. Freddy Ñáñez, desplazado a un rol menos visible, no desaparece: se reubica.

En economía, Calixto Ortega y Luis Villegas encarnan el giro más evidente: un modelo que busca atraer capital sin ceder el control político. La apertura no es libre. Está mediada por el poder.

Y en paralelo, figuras como Daniella Cabello permiten algo clave: que el ala más dura del chavismo no se sienta excluida.

Diosdado: presencia que contiene

La permanencia de Diosdado Cabello —aunque ya no ocupe el centro de las decisiones— responde a una lógica que va más allá de su peso individual. En el nuevo esquema, su rol no es dirigir, sino sostener.

Cabello sigue siendo una figura de referencia para el sector político-militar más duro del chavismo, ese que se formó en los años de mayor confrontación y que aún conserva capacidad de presión dentro de las estructuras del poder. Desplazarlo por completo no solo implicaría un costo simbólico; abriría la puerta a tensiones innecesarias en un momento donde la prioridad es evitar fisuras.

Mantenerlo dentro del cuadro cumple entonces una función concreta: contener a ese bloque, darle un lugar dentro de la nueva configuración y, al mismo tiempo, reducir el incentivo de cualquier movimiento disruptivo. No se trata de compartir el poder, sino de administrarlo sin provocar rupturas.

En ese sentido, su presencia actúa como una especie de amortiguador interno. Permite que el proceso avance sin activar resistencias que podrían venir, no desde la oposición, sino desde dentro del propio sistema.

El patrón no es nuevo, pero ahora se aplica con mayor precisión: el poder no elimina a sus viejos actores, los reubica. Les redefine el margen de acción, los integra bajo nuevas condiciones y, sobre todo, los mantiene visibles para que quienes aún se reconocen en ellos no sientan que han quedado fuera de la ecuación.

Un gobierno que debe servir a dos centros

Aquí está una de las claves menos visibles, pero más determinantes del momento venezolano.

El nuevo esquema de poder ya no responde únicamente a la lógica interna del sistema. También está condicionado —de manera estructural— por una relación externa que hoy atraviesa todas las decisiones relevantes: la conexión Caracas–Washington.

Esto introduce una variable inédita en la configuración del poder.

Ya no basta con ser leal. Tampoco alcanza con tener trayectoria dentro del chavismo. Los cuadros que ascienden deben cumplir una doble condición: ser confiables para el núcleo interno y; al mismo tiempo, funcionales dentro de un entorno donde la relación con Estados Unidos dejó de ser un factor de confrontación para convertirse en una variable operativa.

Sin embargo, esa “funcionalidad” no implica necesariamente rostros impolutos o perfiles sin cuestionamientos. De hecho, ocurre lo contrario.

Figuras como Gustavo González López —sancionado por Estados Unidos, la Unión Europea y Canadá por su rol en la represión y el deterioro democrático— siguen ocupando posiciones clave dentro del nuevo esquema . Lo mismo ocurre con Luis Motta Domínguez, sobre quien pesan sanciones por corrupción, acusaciones de lavado de dinero e incluso una recompensa ofrecida por autoridades estadounidenses .

En otro momento, estos nombres habrían sido un obstáculo evidente para cualquier intento de recomposición de relaciones internacionales. Hoy no lo son.

La diferencia está en cómo se está administrando el poder.

Si estos perfiles permanecen, no es a pesar de la nueva relación con Washington, sino dentro de una lógica donde su presencia puede ser tolerada —o incluso funcional— siempre que el conjunto del sistema responda a los nuevos objetivos. No se trata de limpiar el pasado, sino de hacerlo secundario frente a las necesidades del presente.

En ese sentido, la selección de cuadros no sigue un criterio moral ni reputacional en términos clásicos. Responde a una ecuación más pragmática: quién sirve, para qué sirve y bajo qué condiciones puede operar sin alterar el equilibrio general.

El poder, en este momento, no solo se administra hacia adentro. Se negocia hacia afuera. Y en esa negociación, lo determinante no es quiénes son los actores, sino si el sistema —en su conjunto— resulta útil y predecible para los intereses que hoy convergen sobre Venezuela.

El petróleo como bisagra

El cambio más tangible no está en el discurso, sino en el sector energético.

La modificación del marco legal abre la puerta a actores privados en condiciones que, hasta hace poco, eran incompatibles con el modelo chavista. El monopolio estatal deja de ser absoluto y el petróleo vuelve a ocupar su lugar histórico: no solo como fuente de ingresos, sino como instrumento de relación con el mundo.

En ese contexto, la intervención de Delcy Rodríguez en el ‘FII Priority Summit en Miami‘ —aunque haya sido de forma virtual— no es un gesto menor. Desde allí habló de “seguridad jurídica”, un concepto que durante años fue prácticamente inexistente en Venezuela y cuya ausencia explica, en buena medida, la salida masiva de capitales y las disputas internacionales por expropiaciones.

La paradoja es evidente: el mismo sistema que construyó su poder sobre la ruptura de esas reglas ahora intenta restablecerlas, no por convicción, sino por necesidad.

Pero la apertura tiene límites claros. No se trata de un mercado libre, sino de un esquema condicionado por licencias, autorizaciones y canales específicos de acceso. El negocio se reactiva, pero bajo control.

En ese espacio comienza a tomar forma una nueva élite económica, distinta en sus interlocutores, pero similar en su lógica: depender del poder político para existir.

Lo que está ocurriendo en realidad

Lo que se está configurando en Venezuela no es una ruptura con el pasado, ni una transición hacia otro modelo político.

Es una adaptación en tiempo real.

Delcy Rodríguez, de la mano de su hermano Jorge, está utilizando una oportunidad de oro e inédita —la relación abierta con Washington— para redibujar el mapa del poder desde adentro. No para desmontarlo, sino para hacerlo viable bajo nuevas condiciones. La apertura económica, la flexibilización del discurso y la selección de nuevos cuadros no son decisiones aisladas: responden a la necesidad de insertar al país en un circuito internacional del que estuvo excluido durante años, sin perder el control interno.

El giro es más profundo de lo que parece. El chavismo que llegó al poder en 1999 lo hizo sobre una narrativa nacionalista, confrontacional, construida en oposición directa a Estados Unidos y al capital extranjero. Hoy, ese mismo sistema abre las puertas a inversión internacional, reforma su marco legal para atraer empresas y convierte al petróleo y la minería en plataformas de negociación con actores globales.

No es una contradicción. Es supervivencia.

En ese proceso, los Rodríguez encarnan una nueva cara del poder. No porque representen algo distinto en esencia, sino porque logran presentarlo de otra manera. A diferencia de Nicolás Maduro, cuya autoridad se sostuvo en buena medida en la imposición y el control, ellos operan desde otro registro: el de la negociación, el lenguaje técnico, la interlocución internacional. No tienen el liderazgo carismático de Hugo Chávez ni el control vertical que ejerció Maduro. Tienen, en cambio, algo que hoy resulta más útil: capacidad de interlocución en un momento en que el poder necesita acuerdos.

Pero Delcy Rodríguez no está actuando como una figura provisional que administra una transición. Su comportamiento es más el de una candidata en ejercicio. Aprovecha la visibilidad internacional, los recursos del Estado y el respaldo —explícito e implícito— de Washington para construir un perfil que le permita proyectarse hacia una eventual elección presidencial. Cada aparición, cada anuncio, cada gesto hacia inversionistas o actores externos cumple una doble función: gobernar en el presente y posicionarse de cara al futuro como alguien que ya no habla con Moscú ni Pekín sino con Washington

Ese respaldo externo juega un papel central. La validación desde Washington no solo facilita la operación económica del nuevo modelo, sino que también contribuye a moldear la imagen de Rodríguez como una figura confiable en esta nueva etapa. Hacia adentro, ese reconocimiento se traduce en capital político. Hacia afuera, en credibilidad.

En el fondo, el sistema hace lo que mejor sabe hacer: mutar para sostenerse.

No cambia su naturaleza, pero sí su forma. El poder abandona una narrativa que ya no le resulta útil y adopta otra que le permita sobrevivir en un entorno distinto. Ya no necesita legitimarse en la confrontación ni en el relato épico. Necesita resultados, estabilidad y reconocimiento.

Porque el objetivo no es refundar el sistema.

Es lograr que continúe.


Comparte
Lea más
Delcy Rodríguez de «encargada», a la candidata que reestructura el poder para quedarse con el
Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Al continuar navegando, usted acepta nuestra Política de Protección de Datos.
Leer más