Durante más de dos décadas, el sistema económico cubano funcionó apoyado en una relación estratégica con Venezuela. El intercambio era conocido: petróleo subsidiado desde Caracas a cambio de cooperación médica, técnica y de seguridad desde La Habana. Ese flujo energético permitió que la isla superara el trauma económico provocado por la desaparición de la Unión Soviética y reconstruyera parte de su estabilidad en los años posteriores.
En los círculos diplomáticos de Washington y de varias capitales latinoamericanas se repetía una idea que durante años parecía más una hipótesis que una realidad política: si el régimen venezolano colapsaba, el resto de los gobiernos que dependían de su apoyo también quedarían expuestos. El eje Caracas–La Habana fue durante dos décadas uno de los pilares del proyecto político impulsado por el chavismo en la región. Cuando ese pilar comenzó a tambalearse, la arquitectura que sostenía a Cuba empezó a resentirse.
El cambio decisivo llegó el 3 de enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses ejecutaron una operación militar en Caracas que culminó con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico y terrorismo. La operación, conocida como Resolución Absoluta, combinó ataques a instalaciones militares con el despliegue de unidades especiales que detuvieron al mandatario en la madrugada.
El impacto político fue inmediato. En Caracas, la segunda de Maduro, Delcy Rodríguez asumió el poder bajo la figura constitucional de ausencia temporal del presidente, mientras Washington iniciaba contactos con el nuevo liderazgo venezolano para conducir una transición política bajo fuerte supervisión internacional.
Más allá de la controversia que generó la intervención estadounidense, el efecto geopolítico fue inmediato. Venezuela, durante años el principal sostén energético y financiero de Cuba, comenzó a reconfigurarse bajo un esquema político mucho más condicionado por Washington. El petróleo que durante dos décadas había fluido hacia La Habana dejó de ser un instrumento de alianza ideológica para convertirse en una variable de negociación dentro de una transición venezolana aún en desarrollo.
Para Cuba, el impacto fue directo. La isla depende casi totalmente de combustible importado para alimentar su sistema eléctrico, mover el transporte público y sostener gran parte de su actividad industrial. La reducción abrupta del suministro venezolano desencadenó una cadena de apagones que hoy afecta tanto a La Habana como a varias provincias.
En ese contexto se inserta la política de presión aplicada por Washington. La administración de Donald Trump ha ampliado las herramientas destinadas a limitar el acceso de Cuba a combustibles importados, incluyendo sanciones a empresas, advertencias a países proveedores y medidas comerciales dirigidas a intermediarios que participen en el suministro de petróleo a la isla.
Trump ha vinculado públicamente esa estrategia con el debilitamiento del gobierno cubano. En una entrevista con el medio ‘Político’ reciente afirmó:
«Cuba is going to fall»
En la misma conversación explicó el razonamiento detrás de esa política:
“We cut off all oil, all money… everything coming from Venezuela, which was the sole source.”
Más allá de la retórica política, el efecto sobre la economía cubana es tangible. La disponibilidad de combustible se ha reducido de manera significativa y la generación eléctrica enfrenta dificultades crecientes.
Reformas en medio de la escasez
La gravedad de la situación ha sido reconocida por el propio gobierno cubano. Durante una reunión del Consejo de Ministros, el presidente Miguel Díaz-Canel pidió implementar “de inmediato” transformaciones profundas en el modelo económico y social del país.
En su intervención mencionó la necesidad de ampliar la autonomía empresarial, reorganizar el aparato estatal y atraer inversión extranjera, incluso de cubanos residentes en el exterior. El tono del mensaje reflejó la presión que enfrenta el gobierno para estabilizar una economía golpeada por la inflación, la caída de ingresos por turismo y las limitaciones financieras externas.
Las autoridades cubanas también han reiterado su disposición a dialogar con Washington, aunque subrayan que cualquier conversación debe realizarse sin condiciones políticas impuestas desde el exterior.
Una presión que incluye márgenes regulatorios
Mientras impulsa restricciones energéticas, Washington ha dejado abierta una vía técnica que podría permitir ciertas transacciones vinculadas con petróleo venezolano destinado a Cuba. El Departamento del Tesoro, a través de la Office of Foreign Assets Control, ha señalado que podrían autorizarse operaciones de intermediación o reventa bajo condiciones específicas.
Ver: OFAC abre una vía legal para que petróleo venezolano pueda terminar en Cuba
La intención es evitar que esas operaciones beneficien directamente al aparato estatal o militar cubano. En la práctica, se trata de un margen regulatorio que permitiría aliviar parcialmente el suministro energético sin desmontar el régimen de sanciones existente.
Ese tipo de ajustes muestra cómo la política estadounidense intenta combinar presión económica con mecanismos que eviten un deterioro humanitario mayor en la isla.
Rusia, China y la disputa por la influencia
La situación cubana también debe analizarse dentro de una competencia global más amplia. Para Russia, la isla mantiene un valor estratégico histórico como socio político en el Caribe y como punto de cooperación en materia de inteligencia y defensa.
China, por su parte, ha desarrollado una relación económica cada vez más profunda con América Latina durante las últimas dos décadas. Inversiones en infraestructura, minería, telecomunicaciones y transporte han consolidado su presencia en la región. Para Beijing, Cuba forma parte de ese entramado de relaciones económicas y políticas.
En Washington, la expansión china en América Latina es observada con creciente preocupación. Funcionarios estadounidenses han advertido repetidamente sobre los riesgos estratégicos asociados a la presencia de empresas chinas en sectores sensibles como puertos, telecomunicaciones y minería.
Desde la Casa Blanca se ha insistido en esa preocupación. La portavoz presidencial Karoline Leavitt explicó recientemente que la administración busca fortalecer la cooperación regional para contrarrestar lo que describió como “la ofensiva global de China en América Latina”.
Irán y las redes regionales
La agenda de seguridad regional incluye también la influencia de Iran en el continente. Durante años, Teherán ha desarrollado vínculos políticos y económicos con varios gobiernos latinoamericanos, especialmente en momentos de cercanía con Caracas.
En paralelo, agencias de inteligencia occidentales han señalado la presencia de redes vinculadas a Hezbollah en la región, particularmente en la zona conocida como la Triple Frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina.
Los atentados contra la embajada de Israel en Buenos Aires en 1992 y contra la AMIA en 1994 siguen siendo los episodios más dramáticos de esa presencia, ambos atribuidos por la justicia argentina a decisiones tomadas en Teherán.
La cumbre que intenta redefinir el mapa regional
En medio de ese escenario, Trump convocó en Miami a doce mandatarios latinoamericanos con el objetivo de discutir seguridad regional, migración y cooperación frente a la influencia de China e Irán.
Entre los participantes figuran líderes como Javier Milei, Nayib Bukele, Luis Abinader y Daniel Noboa.
La reunión busca articular una coordinación política más estrecha entre gobiernos que comparten una visión similar en materia de seguridad y política exterior. Desde la Casa Blanca se ha señalado que el encuentro pretende fortalecer la cooperación frente a organizaciones criminales transnacionales, redes de narcotráfico y amenazas asociadas con actores externos.
Una región dividida
La iniciativa también refleja las diferencias que atraviesan actualmente a América Latina. Algunos gobiernos han optado por alinearse con la estrategia estadounidense, mientras otros mantienen vínculos económicos y políticos estrechos con China.
Entre estos últimos se encuentran países liderados por Luiz Inácio Lula da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum, cuyos gobiernos han priorizado una relación pragmática con Beijing basada en comercio e inversiones.
La región aparece así atravesada por visiones estratégicas distintas sobre el papel de las potencias globales en América Latina.
El dilema cubano
En medio de ese panorama, el gobierno cubano enfrenta presiones simultáneas desde varios frentes: escasez energética, deterioro económico interno, cambios en la política regional y tensiones internacionales que afectan sus alianzas tradicionales.
Las declaraciones recientes de Díaz-Canel indican que el liderazgo cubano reconoce la magnitud del desafío. La discusión sobre reformas económicas vuelve a ocupar un lugar central en el debate interno, mientras el país intenta estabilizar su sistema energético y recuperar margen de maniobra en el escenario internacional.
Mientras tanto, el Caribe vuelve a convertirse en un espacio donde se cruzan intereses globales. Las decisiones que se tomen en La Habana estarán inevitablemente conectadas con una disputa más amplia entre potencias que buscan definir el equilibrio político y estratégico del hemisferio occidental en los próximos años.
La historia reciente del Caribe muestra que los equilibrios regionales rara vez cambian por un solo evento. Se transforman cuando varias piezas se mueven al mismo tiempo. En este momento, eso es precisamente lo que está ocurriendo: Venezuela entra en una transición tutelada por Washington, Cuba enfrenta una presión energética sin precedentes, y Estados Unidos intenta reconstruir una arquitectura política hemisférica mientras compite con China, Rusia e Irán por influencia en la región.
En ese contexto, el futuro de Cuba ya no depende únicamente de decisiones tomadas en La Habana. Está ligado a un reordenamiento geopolítico más amplio que vuelve a colocar al Caribe en el centro de una disputa global por poder, energía y alianzas. Lo que ocurra en la isla en los próximos meses no solo definirá su estabilidad interna, sino también el rumbo de un nuevo equilibrio estratégico en el hemisferio.







