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El abrupto freno de los envíos de petróleo desde Venezuela hacia Cuba —un flujo que durante décadas funcionó como columna vertebral de la relación entre ambos gobiernos— dejó al descubierto una doble realidad: mientras gran parte del petróleo llegaba a La Habana en condiciones preferenciales y financiadas por Caracas, una porción importante de ese combustible terminó siendo revendida por el Estado cubano para obtener divisas. El corte de ese suministro —y la presión internacional que lo provocó— es hoy uno de los principales motores de la crisis de gasolina que está golpeando al turismo en la isla.

El “petróleo de la solidaridad” que se volvió caja chica

Desde los años 2000, la alianza chavista permitió a Cuba recibir crudo y derivados en condiciones muy favorables a cambio de cooperación —médicos, asesoría técnica y otros servicios— en lo que se conoció como el esquema “petroleum-for-doctors” o acuerdos semejantes. En la práctica, Washington y analistas señalan que Venezuela llegó a enviar a Cuba decenas de miles de barriles por día en condiciones crediticias o francamente subsidiadas.

Varios informes y declaraciones oficiales recientes indican que, entre fines de 2024 y 2025, esa transferencia continuó a gran escala: cifras manejadas por autoridades estadounidenses y medios estiman montos que en su conjunto podrían alcanzar más de mil millones de dólares en crudo y productos durante ese periodo. Parte de ese volumen, según análisis y declaraciones, fue revendida por La Habana a terceros —una fuente adicional de ingresos en un contexto de estrechez de divisas— mientras la población sufría cortes y racionamientos.

¿Por qué se revendía el crudo? Un balance en divisas vs. consumo interno

La lógica económica del régimen cubano siempre combinó la necesidad de garantizar servicios básicos con la urgencia por obtener divisas frescas. En ese esquema, la reventa de parte del crudo recibido desde Venezuela —que no se pagaba o se financiaba en condiciones excepcionalmente favorables— se convirtió en una vía rápida para generar caja, destinada a importaciones selectivas y al sostenimiento de sectores considerados estratégicos por el Estado.

Sin embargo, los beneficios de esa operación no se tradujeron en mejoras sostenidas para la población cubana. Aun en los períodos de mayor flujo de petróleo venezolano, la isla siguió registrando apagones, racionamientos de combustible y deterioro del transporte público, una señal clara de que el crudo no estaba siendo priorizado para el consumo interno. El ingreso generado por la reventa quedó concentrado en las arcas estatales, sin impacto visible en la calidad de vida de los ciudadanos.

Tampoco Venezuela resultó beneficiada. Documentos y reportes previos indican que PDVSA llegó incluso a comprar crudo en terceros mercados para poder cumplir con los envíos comprometidos a Cuba, asumiendo costos adicionales en medio de su propia crisis energética y financiera. En la práctica, Caracas subsidió a La Habana mientras su propia población enfrentaba escasez de gasolina, colapso de refinerías y deterioro de servicios básicos.

El problema político y moral se profundiza cuando la reventa coincide con una escasez interna severa: mientras el país enfrenta apagones prolongados, colas interminables y una industria turística paralizada, el beneficio económico del petróleo no se reflejó en mayor suministro para hogares, transporte o generación eléctrica, sino exclusivamente en ingresos para el aparato estatal.

El resultado es una ecuación desigual: el régimen cubano como único beneficiario, una población que nunca vio los frutos de ese flujo energético y una Venezuela que asumió el costo económico y político de un subsidio que terminó alimentando un esquema insostenible. Esa contradicción explica buena parte del malestar social, la pérdida de legitimidad del modelo y la magnitud del impacto actual sobre la economía y el turismo de la isla.

La dimensión real del problema

Para entender la magnitud de la crisis actual hay que mirar las cifras que durante años sostuvieron —y distorsionaron— el modelo energético cubano. En distintos momentos recientes, Venezuela llegó a suministrar a la isla decenas de miles de barriles diarios, con estimaciones que oscilan entre 60.000 y 100.000 barriles por día, según reportes periodísticos y análisis de seguridad energética. La caída abrupta de ese flujo explica, en buena medida, por qué hoy no hay combustible suficiente ni para el consumo civil ni para sostener sectores clave como el turismo.

Ese volumen no era menor en términos económicos. Entre finales de 2024 y 2025, analistas estiman que el valor del crudo y los derivados enviados por Caracas pudo alcanzar hasta 1.300 millones de dólares en precios de factura. Sin embargo, ese monto no se tradujo en una mejora proporcional del suministro interno ni en una reducción de los apagones. El dinero, cuando llegó, no volvió en forma de energía para la población.

A ello se suma un dato especialmente sensible: una parte significativa del petróleo recibido fue revendida para generar liquidez. Informes recientes citados por analistas estadounidenses y medios internacionales señalan que, en algunos períodos, esa reventa representó una proporción mayoritaria del crudo importado. Todo esto ocurrió mientras la isla enfrentaba apagones prolongados y racionamiento de combustible, un contraste que hoy alimenta la crítica internacional sobre el uso y destino real de esos recursos.

Del combustible al colapso turístico

Las consecuencias de ese modelo no tardaron en trasladarse al turismo y a la economía local. La escasez de combustible golpea primero a lo operativo: hoteles que no pueden sostener generadores eléctricos, cocinas industriales o sistemas de lavandería, y que además enfrentan dificultades para trasladar a su propio personal. El resultado es previsible: cierres temporales o establecimientos funcionando a media máquina, incluso en plena temporada alta.

La falta de gasolina también paraliza la movilidad. Taxis, empresas de transporte y operadores de excursiones reducen o suspenden servicios, afectando directamente las actividades que dan valor a la experiencia turística: traslados a playas, cayos, recorridos urbanos y tours organizados. Sin transporte, el turismo pierde sentido.

Para el visitante, el deterioro es inmediato. Apagones, traslados cancelados y servicios cerrados erosionan la percepción de Cuba como destino confiable. A esto se suman las alertas de viaje emitidas por algunos países, que refuerzan la idea de un destino en crisis y desalientan nuevas reservas.

El impacto final se siente en los bolsillos de quienes dependen del turismo para sobrevivir. Menos visitantes significan menos empleo y menos ingresos para camareros, guías, conductores, artesanos y pequeños comercios que viven del flujo turístico. La crisis energética, que comenzó como un problema de suministro, termina así amplificando una contracción económica y social mucho más profunda.

La crisis energética que hoy paraliza hoteles, apaga ciudades y ahuyenta turistas no es un accidente ni una coyuntura inesperada. Es el desenlace lógico de un modelo construido sobre subsidios políticos, dependencia externa y decisiones tomadas para sostener al poder antes que al país. Durante años, el petróleo venezolano funcionó como un salvavidas que permitió a La Habana ganar tiempo, generar divisas y posponer reformas profundas. Pero ese crudo no fortaleció la infraestructura, no creó resiliencia y no mejoró la vida cotidiana de la población.

Cuando el flujo se detuvo, quedaron al descubierto las fragilidades: un sistema eléctrico sin respaldo, un transporte colapsado y una industria turística incapaz de operar sin combustible subsidiado. El turismo —presentado durante décadas como la gran apuesta económica— terminó pagando el precio de una estrategia que priorizó la caja estatal sobre el consumo interno y el bienestar social.

Hoy, Cuba enfrenta algo más que una escasez de gasolina. Enfrenta el agotamiento de una fórmula que convirtió la energía en herramienta de control y la dependencia en política de Estado. Sin petróleo barato, el relato se queda sin sostén, los resorts cierran y la isla se apaga. No por falta de sol ni de turistas potenciales, sino por el colapso de un modelo que nunca se preparó para el día en que el crudo dejara de llegar.


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