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Juan Pablo Guanipa, el «Rodriguismo» y el miedo a la política en la calle

La jornada de ayer, domingo 8 de febrero, quedará registrada como uno de esos días en los que la política venezolana se manifestó sin permisos ni guiones: en la calle, en los abrazos, en la emoción contenida y en la energía inesperada de quienes recuperaron la libertad tras meses —y en algunos casos años— de cárcel por razones políticas.

Decenas de presos políticos fueron excarcelados a lo largo del día. En distintas ciudades del país, los liberados fueron recibidos como lo que son para una sociedad exhausta de represión: sobrevivientes, testigos y símbolos. La respuesta popular no fue organizada por partidos ni convocada desde estructuras formales; fue espontánea, emocional y profundamente política.

Entre todos los casos, el de Juan Pablo Guanipa se convirtió en el más revelador. No solo por su trayectoria nacional y su peso indiscutible regional en el Zulia, sino porque su excarcelación dejó al descubierto los límites reales de la “apertura” que el poder intenta vender dentro y fuera del país.

La libertad que duró horas

Guanipa fue excarcelado ayer en Caracas bajo medidas cautelares claramente establecidas en su boleta de excarcelación: las previstas en el artículo 242 del Código Orgánico Procesal Penal, numerales 3 y 4, es decir, presentación periódica ante el tribunal y prohibición de salir del país o del ámbito territorial fijado. No existe, en ese documento, referencia alguna a arresto domiciliario.

Boleta de excarcelación de Juan Pablo Guanipa

Sin embargo, a la medianoche, su hijo denunció públicamente que un grupo de hombres armados se llevó a Guanipa desde la urbanización Los Chorros, en Caracas. Hasta ese momento, la familia no sabía dónde estaba ni bajo qué autoridad se había producido el traslado.

Denuncia de Ramón Guanipa, hijo de Juan Pablo Guanipa

Horas después, ya en la madrugada de este lunes, el Ministerio Público, encabezado por Tarek William Saab, emitió un comunicado en el que afirmó haber solicitado la revocatoria de la medida cautelar y planteó la aplicación de un régimen de detención domiciliaria, una figura que no aparece en la boleta judicial.

La contradicción no es menor: una cosa es lo que dice el expediente y otra lo que comunica el poder. Esa brecha es, precisamente, el espacio donde opera la arbitrariedad.

El mensaje político del rodriguismo

Lo ocurrido con Guanipa no puede entenderse como un exceso aislado ni como un error de procedimiento. Es, en realidad, una decisión política del rodriguismo, la corriente que hoy concentra el poder real del Estado venezolano bajo el liderazgo de los hermanos Rodríguez.

Ayer, las excarcelaciones produjeron un fenómeno que el rodriguismo considera intolerable: presos políticos saliendo con fuerza, legitimidad social y capacidad de conexión directa con la gente. No hubo discursos incendiarios ni llamados formales a la movilización. Hubo algo más peligroso para un sistema autoritario: esperanza sin permiso.

Lo ocurrido con Guanipa no fue un hecho aislado. Ayer, en distintos puntos del país, se repitieron escenas que durante años parecían imposibles en la Venezuela de la represión cotidiana. Uno de los momentos más elocuentes fue el recibimiento a Jesús Armas, quien tras su excarcelación, fue rodeado y recibido por decenas de personas que salieron a saludarlo, abrazarlo y acompañarlo sin convocatoria formal ni resguardo oficial. La escena —espontánea, desordenada y profundamente política— dejó en evidencia que algo se está moviendo en la sociedad venezolana: el miedo sigue ahí, pero ya no paraliza como antes. Cada gesto de bienvenida, cada aplauso en la calle, fue también una forma de decir que la represión no ha logrado extinguir el deseo de expresarse ni la necesidad de reconocerse entre quienes resisten.

Recibimiento en Caracas al preso político Jesús Armas tras su excarcelación

Juan Pablo Guanipa estaba comenzando a encarnar ese momento. Y por eso fue retirado del tablero casi de inmediato (nuevamente)

Advertencia interna… y externa

El caso Guanipa funciona también como una advertencia preventiva. No solo hacia la sociedad venezolana, sino hacia actores políticos específicos.

El mensaje es claro: si el gobierno de Estados Unidos fuerza al rodriguismo a aceptar el regreso en libertad de figuras opositoras de alto perfil —como María Corina Machado—, ese regreso no incluirá la posibilidad de actos públicos, movilización o contacto directo con la calle.

La lógica es simple y brutal: pueden aceptar presencias, pero no permitir liderazgos en movimiento. Pueden tolerar figuras, pero no símbolos caminando entre la gente.

Lo de ayer dejó en evidencia que el mayor temor del rodriguismo no es la oposición organizada, sino la política espontánea, esa que no se controla con mesas de diálogo ni comunicados oficiales.

Estabilidad hacia Washington, miedo hacia adentro

En su relación con Estados Unidos, el «Rodriguismo» ha sostenido una tesis central: ellos garantizan el orden y la estabilidad; la oposición no. Esa ha sido su principal carta ante Washington y ante figuras como Donald Trump: Venezuela no estalla porque hay control.

Pero lo ocurrido ayer puso al desnudo la otra cara de ese argumento.
La estabilidad que ofrecen no es institucional ni democrática; es una estabilidad sostenida por la amenaza constante de la represión.

Cuando esa represión se relaja, aunque sea por horas, emerge una sociedad que quiere expresarse. Y cuando emerge, el poder responde con fuerza para reimponer el miedo.

La disputa interna que también explica lo ocurrido

Este episodio también se inscribe en las tensiones internas del poder. Dentro del actual esquema gobernante conviven, al menos, dos grandes corrientes:
— el rodriguismo, pragmático, negociador y funcional al entendimiento con Washington;
— y el ala radical del chavismo originario, encabezada por Diosdado Cabello, históricamente desplazada del control real del poder.

Ambas corrientes comparten el uso de la represión, pero discrepan en el manejo del relato y del ritmo político. Lo ocurrido ayer obligó al rodriguismo a demostrar, también hacia adentro, que sigue teniendo el control del orden público y de los tiempos políticos.

Lo que deja el 8 de febrero

Lo que dejó el 8 de febrero es una verdad incómoda para el poder: la represión ya no garantiza silencio absoluto, solo posterga el conflicto. El rodriguismo puede administrar excarcelaciones, dosificar gestos y corregir sobre la marcha, pero no puede controlar lo que ocurre cuando la gente vuelve a mirarse a los ojos en la calle y reconoce a los suyos. Cada excarcelado que camina libre —aunque sea por horas— se convierte en una amenaza para un sistema que solo funciona mientras la política permanezca encerrada.

Por eso la reacción fue inmediata. No para castigar a un individuo, sino para disciplinar al conjunto. Para recordar que el orden que se ofrece al exterior se sostiene, hacia adentro, con un mensaje simple: la emoción es peligrosa, el entusiasmo es subversivo y la calle sigue siendo territorio prohibido.

Pero el rodriguismo enfrenta ahora un dilema más profundo. Parte de su permanencia en el poder depende de una premisa aceptada en Washington: que garantiza orden y estabilidad. No cualquier orden, sino uno funcional, previsible y políticamente sostenible. Y ese orden no puede seguir basándose exclusivamente en el miedo, porque el miedo no produce estabilidad: produce acumulación de tensión.

A la Casa Blanca no le sirve —ni le conviene— convertirse en socio de un régimen que continúa encarcelando por razones políticas, cercenando libertades fundamentales y corrigiendo con represión cada gesto de vida democrática. Un poder que necesita secuestrar la política para sostener el control no ofrece gobernabilidad, ofrece fragilidad.

El 8 de febrero no marcó el inicio de una apertura. Marcó el límite de lo que el rodriguismo está dispuesto a tolerar. Y dejó en evidencia una contradicción central: mientras intente vender estabilidad hacia afuera y ejerza dictadura hacia adentro, el sistema seguirá funcionando a fuerza de contención, no de legitimidad.

En la Venezuela de hoy, el verdadero desafío del poder ya no es la oposición organizada. Es una sociedad que, poco a poco, empieza a perder el miedo.


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