La primera vuelta presidencial dejó varias conclusiones evidentes. La primera es que Colombia continúa dividida en dos grandes bloques políticos de dimensiones similares, una realidad que las urnas volvieron a confirmar y que refleja las profundas diferencias que atraviesan al país en torno a temas como el modelo económico, la seguridad, el papel del Estado y la visión de futuro que debe seguir la nación.
La segunda conclusión es que las encuestas no lograron anticipar el verdadero alcance de la consolidación electoral de Abelardo de la Espriella. Aunque la mayoría de las mediciones identificaron correctamente a los dos candidatos que disputarían la segunda vuelta, prácticamente todas ubicaban a Iván Cepeda en el primer lugar. El resultado terminó mostrando una realidad distinta y evidenció la existencia de dinámicas electorales que escaparon a los instrumentos tradicionales de medición.
Sin embargo, la tercera conclusión es probablemente la más importante de cara a las próximas tres semanas. La segunda vuelta ya no se definirá en los extremos políticos. Los electores que respaldaron a Iván Cepeda o a Abelardo de la Espriella ya tomaron una decisión y, salvo excepciones, difícilmente modificarán su posición de aquí al día de la elección.
La batalla que comienza ahora apunta hacia otro lugar: hacia aquellos ciudadanos que no se sienten plenamente identificados con ninguno de los dos proyectos políticos que disputarán la Presidencia. Hablamos de los votantes de centro, de quienes respaldaron candidaturas que quedaron fuera de competencia, de los independientes y de un segmento del electorado que observa con reservas a ambos finalistas.
Paradójicamente, la minoría de hoy podría terminar decidiendo el futuro de mañana. Lo que ocurra con esos votantes, su decisión de inclinarse por alguno de los dos candidatos o incluso de abstenerse, podría convertirse en el factor que determine quién ocupará la Casa de Nariño durante los próximos cuatro años.
El país que dejó la primera vuelta
Los resultados del domingo muestran un país dividido en dos grandes corrientes políticas. Por un lado, se encuentra el bloque que respalda la continuidad del proyecto político iniciado por Gustavo Petro y que hoy tiene en Iván Cepeda a su principal representante. Por el otro, aparece un bloque opositor que encontró en Abelardo de la Espriella una candidatura capaz de concentrar buena parte del voto de rechazo al petrismo y al rumbo que ha seguido el país durante los últimos años.
Pero las urnas también dejaron una señal adicional que merece atención. Colombia ya no vota exactamente igual que hace algunos años. Los resultados sugieren que algunos de los viejos bastiones políticos comienzan a mostrar grietas y que ciertas lealtades electorales, que durante mucho tiempo parecieron inamovibles, empiezan a perder fuerza. La política colombiana atraviesa un proceso de transformación cuyos efectos apenas comienzan a hacerse visibles y que podría terminar redefiniendo los equilibrios de poder tradicionales.
El uribismo ya no es lo que era
Uno de los datos más llamativos de la elección fue el desempeño de Paloma Valencia. La candidata ganó una consulta interpartidista con más de tres millones de votos y terminó obteniendo poco más de 1,6 millones en la primera vuelta presidencial, una caída demasiado significativa como para ser ignorada dentro de cualquier análisis serio de los resultados.
Durante años, el uribismo fue capaz de movilizar un electorado disciplinado, cohesionado y relativamente predecible. Sin embargo, la elección del domingo sugiere que ese fenómeno ya no opera con la misma fuerza. No significa que el uribismo haya desaparecido ni que haya dejado de ser una corriente política relevante dentro del país. Significa algo quizás más importante: que una parte de sus votantes ya no responde automáticamente a las estructuras tradicionales del movimiento ni a las dinámicas que durante años le permitieron mantener una importante capacidad de movilización electoral.
Muchos de esos electores terminaron viendo en Abelardo de la Espriella una opción más competitiva para enfrentar al petrismo, privilegiando lo que percibían como una candidatura con mayores posibilidades de llegar a la Casa de Nariño. La pregunta ahora es si esos votantes acompañarán naturalmente a De la Espriella en la segunda vuelta o si una parte de ellos, desencantada por el resultado de la primera ronda, decidirá mantenerse al margen de la elección definitiva.
Ni siquiera Barranquilla fue suficiente
También resulta llamativo que Abelardo de la Espriella no lograra imponerse en Barranquilla, su ciudad natal. La capital del Atlántico se encuentra bajo la influencia política del grupo liderado por la familia Char, históricamente distante del petrismo y, en teoría, más cercana a una candidatura opositora como la suya.
Sin embargo, los resultados muestran que las identidades locales ya no garantizan victorias automáticas ni siquiera en territorios que, sobre el papel, parecían favorables. La elección presidencial parece haber estado dominada por dinámicas nacionales mucho más poderosas que los liderazgos regionales tradicionales, una tendencia que también ayuda a explicar por qué algunos bastiones políticos comenzaron a comportarse de manera diferente a lo esperado.
Más que una derrota puntual en su ciudad de origen, lo ocurrido en Barranquilla podría interpretarse como una señal de que el peso de las grandes narrativas nacionales —continuidad o cambio, petrismo u oposición— terminó teniendo una influencia mayor que las lealtades locales que durante años ayudaron a moldear buena parte de la política colombiana.
El centro vuelve a ser decisivo
Si la primera vuelta fue una competencia por movilizar identidades políticas, la segunda será una competencia por reducir temores. Los votos de Sergio Fajardo, los sectores independientes, parte del electorado moderado que acompañó a Paloma Valencia y aquellos ciudadanos que no se sienten cómodos ni con Iván Cepeda ni con Abelardo de la Espriella se convierten ahora en el territorio político más disputado del país.
Y no se trata solamente de conquistar esos votos. También se trata de evitar que se abstengan. En una elección que promete ser cerrada, la capacidad de movilizar o desmovilizar a determinados sectores puede resultar tan importante como la de sumar nuevos apoyos.
El centro político tiene una característica que lo diferencia de los extremos: suele ser mucho menos disciplinado electoralmente. El votante ideológico casi siempre encuentra razones para acudir a las urnas porque siente que está defendiendo una causa, una identidad o una visión de país. El votante moderado, en cambio, necesita sentirse representado o, al menos, convencido de que una de las opciones en disputa merece su respaldo.
Si eso no ocurre, simplemente puede quedarse en casa. Y en una elección donde la diferencia entre los finalistas podría medirse en unos pocos cientos de miles de votos, la abstención de ese sector puede terminar siendo tan determinante como su participación.
El dilema de Sergio Fajardo
La posición de Sergio Fajardo será observada con especial atención durante los próximos días. Sin embargo, asumir que puede transferir automáticamente sus votos a alguno de los dos finalistas sería un error. La experiencia electoral demuestra que el electorado de centro suele ser mucho más autónomo y menos proclive a seguir disciplinadamente las orientaciones de sus dirigentes políticos.
Las diferencias que Fajardo mantuvo durante la campaña con Abelardo de la Espriella fueron profundas y públicas. Pero tampoco resulta sencillo imaginar un respaldo directo a Iván Cepeda, especialmente si se toman en cuenta las críticas que distintos sectores de centro han formulado al gobierno de Gustavo Petro y a varias de sus políticas durante los últimos años.
Por esa razón, una eventual decisión de otorgar libertad de voto a sus seguidores aparece hoy como uno de los escenarios más probables. Y precisamente allí radica la importancia de ese electorado. No porque responda mecánicamente a una directriz política, sino porque cada uno de esos votantes tendrá que tomar una decisión individual frente a dos opciones que no necesariamente representan las preferencias que expresaron en la primera vuelta.
Esa es, en buena medida, la razón por la cual el centro adquiere ahora un protagonismo inesperado. No cuenta con los números de los grandes bloques políticos, pero sí posee la capacidad de inclinar una elección que, a juzgar por los resultados del domingo, promete ser mucho más competida de lo que muchos anticipaban.
Dos estrategias muy distintas
Aunque ambos candidatos buscarán ampliar sus apoyos durante las próximas semanas, parten de realidades diferentes. Abelardo de la Espriella parece tener un espacio de crecimiento más amplio dentro del universo opositor. Existe una afinidad ideológica evidente entre buena parte de sus posiciones y sectores que respaldaron a Paloma Valencia, mientras que su condición de ganador de la primera vuelta le permite proyectar una imagen de impulso político que suele ser importante en este tipo de campañas.
Iván Cepeda enfrenta un desafío distinto. Su votación confirma que el petrismo conserva una base electoral robusta, pero también sugiere que muchos de sus bastiones ya se movilizaron masivamente. Por ello, el candidato oficialista necesitará ampliar su alcance hacia votantes independientes y moderados que han mantenido posiciones críticas frente al gobierno.
Para lograrlo, es probable que la estrategia del oficialismo no se limite a sumar apoyos para Cepeda. También podría centrarse en aumentar los costos políticos de respaldar a De la Espriella o incluso incentivar la abstención en aquellos sectores donde el candidato opositor tiene mayores posibilidades de crecer.
La elección que realmente comienza hoy
La campaña que terminó el domingo estuvo dominada por la polarización. La que comienza hoy, en cambio, estará dominada por la persuasión. La izquierda ya eligió a su candidato y la derecha, en buena medida, también. Lo que queda por definir es qué harán aquellos ciudadanos que no se sienten completamente representados por ninguno de los dos proyectos que disputarán la Presidencia.
Esa es la gran paradoja que deja la primera vuelta. Quienes quedaron en minoría durante la jornada electoral podrían terminar definiendo quién gobernará Colombia durante los próximos cuatro años. Los votos de centro, los independientes, los moderados e incluso quienes hoy contemplan la abstención se convierten en el terreno decisivo de una elección que promete ser mucho más cerrada de lo que sugieren los resultados iniciales.
Por eso la segunda vuelta ya no será una competencia por convencer a la izquierda o a la derecha. Será una competencia por tranquilizar al centro, por ofrecer certezas a quienes observan con desconfianza a ambos candidatos y por persuadir a quienes todavía no encuentran razones suficientes para tomar partido. En esa batalla podría estar, finalmente, la llave de la Casa de Nariño.







