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A cuatro días de la segunda vuelta presidencial, la campaña colombiana parece haber entrado en una fase distinta. Las cifras siguen siendo importantes, las encuestas siguen siendo una referencia y la diferencia que separó a los dos finalistas en la primera vuelta continúa allí. Pero en las últimas horas comenzó a desarrollarse un fenómeno que no se explica únicamente con calculadoras electorales.

La decisión de Claudia López de anunciar públicamente que votará por Iván Cepeda, la posición expresada por Angélica Lozano y las declaraciones de Catherine Juvinao sobre las conversaciones programáticas que se vienen desarrollando con la campaña del candidato del Pacto Histórico han abierto una discusión más profunda: no tanto sobre cuántos votos puede mover este grupo político, sino sobre qué está ocurriendo en el espacio del centro colombiano cuando faltan apenas cuatro días para que los ciudadanos regresen a las urnas.

La tentación inmediata es convertir todo esto en una simple operación matemática. Sin embargo, las elecciones rara vez funcionan de esa manera.

Abelardo de la Espriella llegó a la segunda vuelta con una ventaja real. Los resultados oficiales de la primera vuelta le otorgaron más de 10,3 millones de votos frente a los 9,7 millones obtenidos por Iván Cepeda. La diferencia superó los 660.000 sufragios. Posteriormente, varias encuestas publicadas durante la primera semana de junio mostraban al candidato de derecha manteniendo una ventaja que en algunos casos rondaba los siete puntos porcentuales.

Nada de eso ha desaparecido.

Por esa razón, interpretar los acontecimientos de esta semana como un giro definitivo de la campaña sería una exageración. Pero ignorarlos también sería un error.

Lo primero que llama la atención es que los movimientos registrados no parecen responder a decisiones aisladas. Existe una secuencia política.

Primero apareció el acercamiento programático. Luego comenzaron a conocerse conversaciones alrededor de temas concretos como seguridad, salud, soberanía energética y emprendimiento. Después llegaron los mensajes públicos de distintas figuras del sector verde e independiente. Finalmente apareció Claudia López anunciando su decisión de votar por Cepeda.

En medio de esa secuencia, la posición de Catherine Juvinao merece una atención especial.

Al cierre de esta edición, Juvinao no había anunciado un respaldo formal a Iván Cepeda. Tampoco había pedido públicamente votar por él. Lo que sí hizo fue revelar algo políticamente relevante: la existencia de una negociación programática y la expectativa de que esa negociación llegara a buen puerto.

Su frase fue cuidadosamente construida:

«No puedo hablar por Claudia López, pero todos, incluido ella, estamos esperando que ese acuerdo se dé.»

La importancia de esa declaración no radica en una adhesión que todavía no existe, sino en lo que permite observar detrás de escena.

Sugiere que las conversaciones no son improvisadas ni de última hora. Sugiere también que existe un proceso político más amplio que involucra a sectores del centro reformista que durante buena parte de la campaña se mantuvieron a distancia tanto del petrismo como de la derecha.

Es ahí donde la discusión deja de ser sobre partidos y comienza a ser sobre narrativas.

Porque el mensaje que Claudia López decidió enviar no fue el de una dirigente que se incorpora a una campaña. De hecho, fue explícita al marcar distancia de esa interpretación.

«No es una adhesión», dijo.

La frase parece menor, pero probablemente es la más importante de toda su intervención.

Claudia López no presentó su decisión como una incorporación política al proyecto de Cepeda. Tampoco como una reconciliación ideológica con el Gobierno. Lo que hizo fue construir una justificación pública para una decisión electoral.

Y lo hizo apelando a elementos muy específicos: la Constitución de 1991, la defensa de las víctimas, los procesos de paz, la institucionalidad democrática y una relación personal de más de tres décadas con el candidato.

Su discurso tuvo una característica llamativa: prácticamente no habló de Gustavo Petro.

No es un detalle menor.

La exalcaldesa de Bogotá parece haber entendido que una parte importante del electorado de centro no necesita una invitación a abrazar el petrismo, sino una explicación sobre por qué considerar a Iván Cepeda como una figura distinta.

Esa puede ser la clave de todo lo que está ocurriendo.

Durante buena parte de la campaña, uno de los desafíos de Cepeda consistió precisamente en escapar de la percepción de ser simplemente la continuidad automática del actual Gobierno. Lo que varios sectores del centro parecen estar intentando hacer ahora es ofrecer una lectura alternativa: la de un dirigente asociado a la defensa de los derechos humanos, a los acuerdos de paz, a la Constitución del 91 y a una tradición política diferente a la confrontación permanente.

La pregunta, naturalmente, es cuánto vale eso electoralmente.

La respuesta honesta es que nadie lo sabe.

La experiencia demuestra que los respaldos políticos rara vez se traducen en una transferencia automática de votos. Los electores no son fichas que cambian de lugar cuando un dirigente da una instrucción.

Sin embargo, tampoco sería correcto concluir que estos movimientos carecen de importancia.

En campañas tan cortas como una segunda vuelta presidencial, muchas veces los cambios decisivos no provienen de grandes migraciones electorales sino de movimientos más sutiles: ciudadanos que abandonan la abstención, votantes indecisos que terminan inclinándose por una opción o sectores moderados que encuentran una justificación para tomar una decisión que hasta ese momento les generaba incomodidad.

Visto desde esa perspectiva, el respaldo de Claudia López, las posiciones expresadas por Angélica Lozano y las conversaciones reveladas por Catherine Juvinao adquieren una dimensión distinta.

No necesariamente porque cambien por sí solos el resultado de la elección.

Sino porque reflejan algo que hace apenas unas semanas parecía improbable: que una parte significativa del espacio político ubicado entre la izquierda y la derecha haya comenzado a moverse, aunque sea parcialmente, hacia la candidatura de Iván Cepeda.

Eso no significa que la elección haya cambiado de dueño.

Tampoco significa que la ventaja con la que llegó Abelardo de la Espriella a esta etapa haya desaparecido.

Lo que significa es algo más interesante.

Que en la última semana de campaña la disputa dejó de concentrarse exclusivamente en los votos duros y comenzó a librarse en el terreno donde suelen decidirse las elecciones cerradas: el de los electores que todavía necesitan una razón para dar el último paso.


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