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Brasilia — En una declaración que sacudió la agenda latinoamericana esta semana, Luiz Inácio Lula da Silva afirmó que Nicolás Maduro debe ser juzgado en Venezuela y no en Estados Unidos si enfrenta cargos por crímenes —una postura que coloca a Brasil en una clara zona de fricción con la administración de Donald Trump, sin llegar al choque directo. Su comentario fue parte de una extensa entrevista durante su visita a la Cumbre de Inteligencia Artificial en India y ha generado un intenso debate sobre soberanía, justicia y el papel de poderes externos en la región.

En sus palabras, Lula sostuvo que “si Maduro tiene que ser juzgado, debe ser juzgado en su país, no en el extranjero”, y añadió que lo más importante ahora es “restablecer la democracia en Venezuela”. Su pronunciamiento intenta, por un lado, reafirmar la importancia de resolver los asuntos internos de Latinoamérica desde dentro de la región, pero también marca una posición crítica frente a la idea de que Washington pueda ejercer de juez global sin tomar en cuenta la soberanía de los Estados

Más que un comentario jurídico: una señal política

En realidad, la declaración de Lula no se trata sólo de defender un principio legal, sino de reivindicar la soberanía regional en un tablero donde Estados Unidos sigue siendo el actor dominante. Para Brasil, permitir que un país —por poderoso que sea— dicte cómo y dónde se juzga a otro jefe de Estado conlleva un riesgo de precedentes que erosionen la autonomía de los gobiernos latinoamericanos.

Pero hay matices. Lula no defendió a Maduro como líder político ni cuestionó las acusaciones penales que enfrenta en Nueva York; su foco fue estrictamente institucional y regional. Al enfatizar que lo prioritario es la reconstrucción de un orden democrático en Venezuela, insiste en que la legitimidad del proceso debe arrancar desde dentro de Venezuela, no desde un tribunal extranjero

¿Tensión con Washington? Sí… pero con pragmatismo

Lula y Trump no tienen una relación hostil personal, pero sí una historia de diferencias estructurales sobre el rol de Estados Unidos en América Latina. La administración estadounidense ha adoptado una política de presión —combinando sanciones, herramientas legales y narrativas de seguridad hemisférica— que busca influir en agendas internas de varios países. Brasil, por su parte, está reclamando que, aunque coopere con Washington en temas como crimen organizado o comercio, no aceptará la militarización de disputas judiciales ni la extraterritorialidad de procesos contra líderes políticos latinoamericanos.

Es una tensión fría, medida y calculada: Lula insiste que Brasil desea una relación civilizada y respetuosa con Estados Unidos, sin subordinación a “proyectos hegemónicos” ni imposiciones.

¿Un Lula fuerte o debilitado?

La influencia de Lula en América Latina ya no es la misma que en sus primeros mandatos. Aquella época en la que Brasil marcaba agenda —desde integración sur-sur hasta diplomacia multilateral con peso propio— ahora convive con un continente más fragmentado y con agendas internas diversas que dificultan consensos amplios.

Pero tampoco es un liderazgo irrelevante. Brasil sigue siendo la mayor economía de la región, y las posiciones de Lula —aunque pragmáticas— resuenan más allá de sus fronteras porque tratan de reconfigurar la narrativa de soberanía y de actor regional serio frente a potencias externas. Su postura sobre Venezuela no es un respaldo político a Maduro ni una negación de la gravedad de sus crímenes, sino una señal de que, para Lula, el orden político en Latinoamérica debe reconstruirse desde dentro y no por imposición externa.

¿Qué implica esto para Caracas y Bogotá?

Para Venezuela —bajo lo que tú defines como una tutela estadounidense con Delcy Rodríguez como cabeza operativa en ausencia de Maduro— la declaración brasileña añade una capa de complejidad: si bien Brasil no legitima al régimen, tampoco acepta que EE. UU. sea el árbitro único de justicia en la región.

Para Colombia, un país tradicionalmente alineado con Washington, la movida de Lula plantea un desafío político: encontrar un equilibrio entre la presión estadounidense y la preservación de autonomía estratégica en asuntos que tocan el corazón de la soberanía regional.

El liderazgo de Lula en 2026: ¿proyección o rémora?

Lula no es ya la figura dominante que fue en el pasado, pero tampoco se ha diluido en la arena política internacional. Su gesto hacia el caso venezolano refleja un enfoque más pragmático que ideológico, y su habilidad para mantener diálogos con Washington sin claudicar posiciones acompañadas de principios de soberanía nacional muestra que todavía puede influir en la agenda regional.

El contexto actual es un tablero donde nadie reclama liderazgo absoluto, pero todos —incluidos Washington, Brasil, Colombia y otros actores latinos— compiten por definir las reglas del juego. En medio de esa partida, Lula está marcando su lugar: una voz desde la izquierda que opta por la autonomía estratégica antes que la confrontación frontal, y que reclama un papel activo del Sur Global en la definición de su propio destino.

En un hemisferio en reconfiguración, esa postura puede no ser hegemónica, pero sí significativa. ¿Sigue siendo Lula una figura fuerte? Sí, pero su fuerza ahora está en la negociación, no en la imposición.


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