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La decisión de Estados Unidos de autorizar, por primera vez en años, la inversión directa en el sector petrolero venezolano parecía marcar un giro profundo en la arquitectura de sanciones. La Licencia General 52 (GL 52), emitida este miércoles por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), no solo permite negociar: permite ejecutar. Capital, operaciones y desarrollo vuelven a estar sobre la mesa.

Pero en el mismo documento, casi como una nota al margen, Washington trazó una línea que no está dispuesto a cruzar.

Esa línea se llama Citgo.

Mientras habilita la reactivación del negocio petrolero en Venezuela, la OFAC dejó claro que uno de los activos más estratégicos del país en el exterior —la refinadora Citgo, con sede en Estados Unidos— sigue bajo un cerco legal mucho más rígido. Y, en particular, bajo control directo del Tesoro en el marco del caso Crystallex.

La pregunta, formulada en términos técnicos dentro de la guía oficial, apunta al corazón del conflicto: ¿permite la nueva licencia la venta de acciones de Citgo que están en disputa en el litigio entre Crystallex International Corporation y la República Bolivariana de Venezuela?

La respuesta es seca: no.

No se trata de una omisión ni de un detalle menor. Es una precisión jurídica con implicaciones profundas. Según la OFAC, cualquier intento de ejecutar decisiones judiciales, hacer efectivos embargos o concretar acuerdos que impliquen la transferencia de activos bloqueados —como las acciones de Citgo— requiere una licencia específica, distinta y explícita.

En otras palabras: la apertura petrolera no se traduce en libertad sobre los activos.

El mensaje es coherente con la lógica que Washington ha venido consolidando en las últimas semanas. Se puede producir, se puede invertir, se puede operar. Pero no se puede disponer libremente del sistema financiero ni de los activos estratégicos que han quedado bajo el paraguas de las sanciones.

El caso Crystallex es, en ese sentido, el laboratorio donde esa lógica se hace más visible.

Crystallex, una minera canadiense, obtuvo un laudo arbitral contra Venezuela tras la expropiación de sus activos en el país. Desde entonces, ha buscado cobrar esa deuda a través de Citgo, argumentando que la empresa es un “alter ego” del Estado venezolano. Tribunales estadounidenses han avalado parte de ese argumento, abriendo la puerta a la eventual venta de acciones de la compañía matriz de Citgo para satisfacer a los acreedores.

Sin embargo, ese proceso —que parecía avanzar en el terreno judicial— sigue dependiendo de una variable política: la autorización del Departamento del Tesoro.

Y la OFAC acaba de recordarlo.

La clave está en cómo define el propio sistema de sanciones lo que está en juego. Bajo la normativa vigente, el concepto de “propiedad” es deliberadamente amplio. No se limita a activos físicos o cuentas bancarias. Incluye acciones, deudas, contratos, derechos, garantías e incluso intereses futuros o contingentes. Citgo, en ese marco, no es solo una empresa: es un conjunto de derechos económicos y legales bloqueados.

Lo mismo ocurre con la noción de “transferencia”. No se trata únicamente de una venta formal. Cualquier acción que altere la titularidad o el control —desde una ejecución judicial hasta un acuerdo entre partes— entra dentro de esa categoría.

Y ahí es donde la OFAC introduce su verdadero candado.

Incluso si existe una licencia general —como la GL 52—, cualquier intento de modificar la situación de un activo bloqueado mediante tribunales, embargos o acuerdos requiere una autorización específica. Es una cláusula que, en la práctica, subordina el desenlace de litigios como el de Crystallex a una decisión administrativa del gobierno estadounidense.

No basta con ganar en la corte. Hay que obtener la luz verde de Washington.

El contraste con la apertura petrolera es revelador. Mientras la GL 52 busca reinsertar a Venezuela en el circuito energético global, el tratamiento de Citgo confirma que los activos estratégicos siguen siendo una pieza de negociación geopolítica.

Se abre la puerta al negocio, pero no a la caja.

Para los acreedores de Venezuela, esto introduce un nuevo nivel de incertidumbre. El proceso de subasta de acciones de Citgo —que ha sido presentado como una vía para recuperar deudas acumuladas durante años— no depende únicamente de los tribunales, sino de un filtro político-regulatorio que puede redefinir tiempos, condiciones o incluso resultados.

Para Caracas, en cambio, la señal es ambivalente. Por un lado, se habilita la posibilidad de atraer inversión y reactivar su principal industria. Por otro, se confirma que el control sobre activos clave en el extranjero sigue fuera de su alcance.

Lo que emerge es un modelo dual.

Estados Unidos permite que Venezuela vuelva a producir y a integrarse parcialmente al mercado energético. Pero mantiene bajo supervisión estricta los nodos donde se concentra el valor: los flujos financieros, los contratos y, sobre todo, los activos en jurisdicción estadounidense.

Citgo es el ejemplo más claro de ese diseño.

La GL 52, en ese sentido, no solo redefine lo que se puede hacer en Venezuela. También deja claro lo que sigue estando prohibido fuera de ella.

Y, sobre todo, quién tiene la última palabra.


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