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En Venezuela, los movimientos económicos no siempre se anuncian con discursos grandilocuentes o conferencias de prensa extensas. A menudo llegan como decretos breves publicados en la Gaceta Oficial, casi en silencio, que sin embargo terminan describiendo con precisión dónde está la realidad económica del país.

Ese fue el caso de la designación de Anmy Ivonett Pérez González como nueva superintendenta de la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario (Sudeban), el principal organismo encargado de supervisar, regular y controlar a los bancos e instituciones financieras en Venezuela. El decreto presidencial que la nombra fue publicado en la Gaceta Oficial N.º 43.314 el 10 de febrero de 2026 y sustituye en el cargo a Dheliz Adriana Álvarez Márquez, quien había sido nombrada en 2024.

Sudeban no es un organismo decorativo: autoriza bancos, supervisa su funcionamiento, corrige fallas y aplica sanciones cuando corresponde, actuando como árbitro del sistema financiero en un país donde la estabilidad monetaria ha sido históricamente frágil.

Por eso este relevo importa.

Después del caos, la disciplina

La designación de Anmy Ivonett Pérez González al frente de Sudeban no ocurre en el vacío. Es parte de un ciclo más amplio de la economía venezolana, que ha transitado por fases muy distintas en los últimos años.

Durante gran parte de la última década, la economía venezolana vivió un desorden profundo que dejó huellas profundas en la vida cotidiana de millones de personas. Un factor central de ese desorden fue la hiperinflación, un fenómeno prolongado de aumentos de precios descontrolados que se inició con fuerza a partir de 2017 y que pulverizó el poder adquisitivo del bolívar hasta convertirlo en una moneda casi irrelevante para muchas transacciones cotidianas.

Ese proceso estuvo acompañado por políticas que privilegiaron controles rígidos sobre el sistema financiero, tasas de interés artificiales y una fuerte intervención del Estado en la economía, lo cual asfixió el crédito bancario y limitó la capacidad del sistema financiero para funcionar con normalidad.

Frente a ese pasado marcado por la incertidumbre permanente, desde hace algunos años se ha observado un cambio de tono y de prioridades en el diseño de las políticas económicas. Aunque no ha habido un anuncio público de “nueva estrategia”, en la práctica el Ejecutivo ha mostrado una inclinación por medidas que buscan pragmatismo y estabilidad, más que confrontación ideológica.

Esa transición se observa, por ejemplo, en la propia dinámica del tipo de cambio y en la economía real: mientras los controles oficiales todavía existen, en la práctica se ha desarrollado una dolarización semioficial, donde el dólar circula ampliamente como medio de pago y reserva de valor, en buena parte por la falta de confianza en el bolívar. Este fenómeno no fue impulsado por una decisión oficial expresa, sino que fue una respuesta de facto de la sociedad y del mercado a la ineficacia de las políticas monetarias anteriores.

El nombramiento de la nueva autoridad en Sudeban, con un perfil técnico y con experiencia dentro del propio organismo regulador, encaja en este contexto: menos confrontación política abierta y más apuesta por el control técnico y la disciplina institucional. No se trata de un cambio radical de rumbo ni de una liberalización total del sistema financiero, ni mucho menos de un retorno a modos rígidos del pasado. Es, más bien, un enfoque intermedio: supervisar sin ahogar, permitir cierto dinamismo sin perder el control central del rumbo económico.

¿Qué busca el gobierno?

Si el cambio en Sudeban no es aislado, entonces la pregunta es inevitable: ¿qué está intentando hacer el gobierno con este tipo de movimientos?

Desde que Delcy Rodríguez asumió un rol más visible en la conducción económica, el discurso oficial ha insistido en tres palabras que se repiten casi como mantra: estabilidad, recuperación y equilibrio. No es un lenguaje épico. Es un lenguaje defensivo.

En términos prácticos, esa narrativa se traduce en tres objetivos muy concretos:

  • Evitar que la inflación vuelva a desbordarse.
  • Mantener bajo control el tipo de cambio.
  • Impedir crisis bancarias que generen pánico financiero.

En ese triángulo, la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario juega un papel determinante. Es el organismo que puede limitar la expansión del crédito, vigilar la liquidez de los bancos y actuar con rapidez si detecta riesgos que amenacen la estabilidad del sistema.

El mensaje que transmite el relevo en Sudeban no parece ideológico, sino operativo: primero el orden, luego el crecimiento.

¿Rectificación o administración del daño?

¿Estamos frente a una rectificación de los errores que llevaron a la hiperinflación y al colapso monetario?

No hay señales de una autocrítica explícita. Lo que se percibe más bien es una administración del daño acumulado. La experiencia de los años de descontrol dejó una lección evidente: el caos monetario tiene un costo político enorme. Pulveriza salarios, destruye ahorros y erosiona la confianza social.

El enfoque actual no apunta a transformar de raíz el modelo económico, sino a hacerlo sostenible dentro de sus propias limitaciones. No se observan reformas estructurales profundas ni una apertura financiera integral. Lo que parece haber es una estrategia de contención: evitar que el sistema vuelva a caer en un espiral de desorden.

En otras palabras, no estamos ante un nuevo modelo económico. Estamos ante una etapa de supervivencia ordenada.

El factor externo

Pero la ecuación no es únicamente interna. La economía venezolana sigue condicionada por sanciones, licencias y negociaciones internacionales. La estabilidad financiera doméstica también envía señales hacia afuera.

Un sistema bancario controlado, sin crisis visibles ni escándalos financieros, reduce riesgos reputacionales y amplía el margen de maniobra en cualquier escenario de negociación internacional. No se trata necesariamente de una “tutela” directa desde Washington, pero sí de una realidad: el desorden financiero resta capacidad política en el tablero externo.

Orden interno para ganar espacio externo.

¿Cambio real o pausa estratégica?

La pregunta de fondo sigue abierta: ¿esto es un cambio real de rumbo o simplemente una pausa estratégica dentro del mismo esquema de poder?

Por ahora, lo que se observa es un intento de administrar equilibrios delicados:

Permitir cierta dinámica de mercado, pero bajo supervisión estricta.
Tolerar la dolarización de facto, sin institucionalizarla plenamente.
Mantener el control político sobre el sistema financiero.

El nuevo liderazgo en Sudeban encaja dentro de esa arquitectura. Disciplina, vigilancia y control técnico para evitar sobresaltos.

No es una revolución económica. Tampoco es la continuidad automática del pasado más caótico. Es un intento de ordenar el desorden sin renunciar al mando.

En un país donde la economía ha sido sinónimo de incertidumbre durante años, incluso la estabilidad puede convertirse en una estrategia política de primer orden.

Al final, el cambio en la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario no es solo un movimiento burocrático. Es una pieza más dentro de un momento económico que el poder intenta administrar con cuidado quirúrgico.

Venezuela ya experimentó lo que ocurre cuando el sistema financiero pierde anclas: inflación desbordada, desconfianza generalizada y un deterioro social que terminó siendo también político. Esa memoria reciente parece estar marcando las decisiones actuales.

El gobierno no está prometiendo prosperidad acelerada ni reformas estructurales profundas. Está apostando por algo más básico y, quizás, más urgente: evitar otro colapso. Mantener el equilibrio. Reducir sobresaltos. Controlar riesgos.

En ese contexto, la designación en Sudeban no anuncia una transformación radical del modelo económico, pero sí revela una prioridad clara: ordenar el sistema sin ceder el control.

Si esa fórmula logra sostener estabilidad sin volver a caer en los extremos del pasado es una pregunta que todavía no tiene respuesta. Pero algo parece evidente: en la Venezuela de hoy, la estabilidad dejó de ser un objetivo técnico para convertirse en una necesidad política.

Y en ese tablero, cada movimiento —incluso el que se publica en silencio en una Gaceta Oficial— tiene más peso del que aparenta.


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