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Robert Pape: “Durante más de cien años, los bombardeos no han logrado derribar gobiernos”

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“Durante más de cien años, los Estados han intentado derribar gobiernos mediante bombardeos. Nunca ha funcionado.”

Con esa premisa, el politólogo estadounidense Robert Pape, uno de los académicos más influyentes en el estudio del poder aéreo y la coerción militar, analiza la escalada del conflicto con Irán y los límites históricos de las campañas de bombardeo como herramienta para provocar cambios de régimen.

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago desde 1999 y autor de algunos de los trabajos más citados sobre estrategia militar, terrorismo y dinámica de los conflictos contemporáneos, Pape ha dedicado más de tres décadas a estudiar cómo los Estados intentan utilizar la fuerza para modificar el comportamiento político de sus adversarios. Sus investigaciones sobre campañas aéreas y coerción estratégica han marcado el debate académico y militar sobre conflictos recientes, desde los Balcanes hasta Irak y Afganistán.

En una entrevista conjunta entre Contexto, las periodistas Francia Sánchez y Jessica Vallenilla (La Katuar News), el académico analizó los posibles escenarios del conflicto con Irán, las limitaciones históricas de las campañas de bombardeo y los riesgos de una escalada que podría extenderse mucho más allá del Medio Oriente.

A lo largo de la conversación, Pape explica por qué —según la evidencia histórica— los ataques aéreos rara vez logran provocar cambios de régimen, describe la compleja estructura política y de seguridad que sostiene al sistema iraní y advierte sobre los posibles escenarios de escalada si el conflicto se prolonga.

El límite del poder aéreo

A pesar de los avances tecnológicos en armamento de precisión, inteligencia satelital y capacidad de ataque a larga distancia, Pape sostiene que la lógica estratégica detrás de las campañas de bombardeo no ha cambiado sustancialmente en más de un siglo.

Desde la Primera Guerra Mundial hasta los conflictos contemporáneos, distintos Estados han recurrido al poder aéreo con la expectativa de que destruir infraestructuras clave, debilitar las fuerzas militares o presionar a la población civil terminaría provocando el colapso del régimen adversario.

Sin embargo, según el académico, la evidencia histórica muestra que ese objetivo rara vez se cumple. Incluso campañas aéreas intensas, ejecutadas por potencias militares con superioridad tecnológica abrumadora, han tenido enormes dificultades para traducir el éxito militar en un cambio político dentro del país atacado.

Para Pape, el problema no radica únicamente en la eficacia militar de los bombardeos, sino en una dinámica política más profunda que suele activarse cuando una potencia extranjera intenta influir directamente en el destino político de otro país.

“El poder aéreo puede destruir objetivos militares, pero la historia demuestra que no derriba regímenes.”

Nacionalismo y reacción política

Para Pape, la razón por la que las campañas de bombardeo rara vez logran provocar cambios de régimen tiene menos que ver con la destrucción material que con la forma en que las sociedades reaccionan ante una intervención externa.

Antes de un ataque extranjero, explica, la relación política dentro de un país suele estar marcada por tensiones entre la sociedad y su propio gobierno. Incluso en regímenes autoritarios, amplios sectores de la población pueden estar profundamente descontentos con quienes ejercen el poder.

Pero cuando una potencia extranjera interviene militarmente con el objetivo explícito de cambiar el gobierno, la dinámica política interna se transforma. El conflicto deja de ser exclusivamente entre la sociedad y el régimen para convertirse en una confrontación en la que aparece un tercer actor: una potencia extranjera que busca imponer el resultado político.

En ese contexto, sostiene el académico, el nacionalismo tiende a reorganizar el escenario interno. Sectores que antes podían estar enfrentados al gobierno terminan rechazando la idea de que un actor externo decida el destino político del país.

“La gente puede odiar a su gobierno, pero no quiere que un país extranjero venga a cambiarlo.”

La memoria de 1953

Para entender por qué una intervención externa puede producir ese efecto de cierre nacionalista en Irán, Pape recuerda un episodio que sigue profundamente arraigado en la memoria política del país.

En 1953, Estados Unidos y el Reino Unido respaldaron un golpe de Estado que derrocó al entonces primer ministro Mohammad Mossadegh, quien había impulsado la nacionalización de la industria petrolera iraní. Tras la operación, el sha Mohammad Reza Pahlavi consolidó su poder con apoyo occidental.

El episodio, conocido en Irán como una intervención extranjera directa en su política interna, sigue siendo una referencia central en la narrativa política del país y ha alimentado durante décadas una profunda desconfianza hacia las potencias occidentales.

Según Pape, ese antecedente histórico ayuda a entender por qué, incluso cuando existe descontento interno contra el régimen, la perspectiva de que un gobierno extranjero determine el futuro político del país puede provocar una reacción de rechazo que termine fortaleciendo al propio sistema.

“Los iraníes recuerdan lo que ocurrió en 1953, cuando Estados Unidos y el Reino Unido intervinieron para derrocar a Mossadegh. Esa memoria sigue influyendo en cómo ven cualquier intervención extranjera.”

Un sistema mucho más complejo

Otro de los puntos que Pape considera fundamentales para entender la resiliencia del régimen iraní es la forma en que suele describirse su estructura política. Con frecuencia, explica, los análisis externos presentan al sistema iraní como una jerarquía rígida dominada casi exclusivamente por la figura del líder supremo.

Pero esa visión simplificada, sostiene el académico, no refleja del todo cómo funciona realmente el aparato político del país.

El sistema iraní está compuesto por una amplia red de instituciones políticas, estructuras de seguridad, cuadros administrativos y organizaciones vinculadas al Estado que operan en múltiples niveles de poder, desde el gobierno central hasta las autoridades locales. Esa arquitectura institucional crea un entramado mucho más amplio de lo que a menudo se percibe desde fuera.

Para Pape, esa complejidad hace que el régimen sea mucho más resistente a los intentos de desestabilización externa de lo que suele asumirse en muchos análisis estratégicos.

“El régimen iraní es un animal mucho más grande y complicado de lo que la mayoría imagina.”

Cómo funciona la resiliencia del régimen

Esa complejidad institucional también se refleja en la forma en que el poder está distribuido dentro del sistema iraní. Según Pape, el régimen no depende únicamente de una cadena de mando centralizada, sino que ha desarrollado mecanismos de descentralización que permiten mantener la continuidad operativa incluso en escenarios de fuerte presión externa.

En su análisis, el sistema político y de seguridad iraní ha sido diseñado para funcionar a través de múltiples niveles de autoridad y estructuras paralelas capaces de asumir funciones en caso de que parte del liderazgo sea eliminado o neutralizado.

Este tipo de organización, explica, permite que decisiones operativas y estratégicas continúen ejecutándose incluso cuando las comunicaciones entre los niveles más altos del poder se ven interrumpidas.

En otras palabras, la estructura del régimen está preparada para absorber golpes y adaptarse rápidamente a situaciones de crisis, lo que dificulta que ataques dirigidos contra líderes o centros de poder produzcan un colapso inmediato del sistema.

“El régimen iraní está diseñado para sobrevivir incluso cuando se eliminan a sus líderes.”

Incentivos para resistir

Para Pape, otro factor clave para entender la resiliencia del régimen iraní es el enorme número de personas que forman parte directa o indirectamente del aparato estatal. Más allá de la élite política o religiosa, el sistema incluye una extensa red de funcionarios, fuerzas de seguridad, cuadros políticos y estructuras administrativas que dependen del régimen para mantener su posición dentro del país.

En ese contexto, la posibilidad de un colapso del sistema no se percibe únicamente como un cambio político. Para muchos de quienes integran el aparato estatal, podría implicar consecuencias mucho más profundas.

A lo largo de la historia, recuerda el académico, las caídas abruptas de regímenes —especialmente en contextos de conflicto o intervención externa— han estado acompañadas en muchos casos por purgas, represalias o episodios de violencia política. Esa posibilidad genera incentivos muy fuertes dentro del propio sistema para evitar, a cualquier costo, un escenario de cambio de régimen.

Desde esa perspectiva, sostiene Pape, muchos de los actores que forman parte del aparato estatal iraní pueden interpretar la supervivencia del régimen como una cuestión existencial.

“Si el régimen colapsa, muchas de las personas que forman parte del sistema creen que podrían morir en el proceso. Eso crea un incentivo enorme para resistir.”

Estas dinámicas, explica Pape, no son solo teóricas. En algunos casos recientes permiten observar con claridad los límites prácticos de las estrategias de cambio de régimen

Venezuela y los límites del cambio de régimen

Para ilustrar cómo funcionan estas dinámicas en la práctica, Pape recurre a un ejemplo reciente en América Latina: Venezuela.

A comienzos de 2026, una operación militar estadounidense capturó al presidente Nicolás Maduro en Caracas y lo trasladó a Estados Unidos, en una incursión que incluyó ataques contra instalaciones militares y una operación relámpago de fuerzas especiales. Desde el punto de vista militar, explica el académico, ese tipo de acciones puede representar lo que él denomina la primera fase de una estrategia de cambio de régimen: neutralizar o capturar al líder del sistema.

Pero el desafío real comienza después.

Según Pape, transformar el sistema político de un país o reorganizar su economía —por ejemplo, en el caso venezolano, con la explotación de sus vastas reservas petroleras— requiere mucho más que una operación militar exitosa. Una vez removido el líder, aparece una pregunta mucho más compleja: cómo estabilizar el país y quién estaría dispuesto a operar sobre el terreno

“Capturar al líder es solo la primera fase. El verdadero desafío comienza cuando se intenta transformar el sistema político que lo sostenía.”

En ese punto surge un dilema práctico. Para reactivar sectores clave de la economía, como la industria petrolera, sería necesario que empresas internacionales envíen personal y contratistas a trabajar en el país. Pero, como señala Pape, los ejecutivos de esas compañías dejaron claro que no están dispuestos a asumir riesgos de seguridad en un entorno inestable.

“Las empresas están allí por un cheque, no por una bala.”

“Ellos están allí por un cheque, no por una bala”, resume el académico. Si las empresas no están dispuestas a asumir ese riesgo, plantea, el problema vuelve a recaer en el Estado: ¿estaría Estados Unidos dispuesto a desplegar tropas para proteger a los contratistas civiles y las operaciones económicas en Venezuela?

Para Pape, ese tipo de decisiones revela el verdadero obstáculo que enfrentan las estrategias de cambio de régimen: incluso después de una operación militar exitosa, estabilizar el país y reconstruir su economía requiere compromisos políticos y militares mucho más profundos.

La lógica de una guerra larga

Más allá de la dinámica interna del régimen iraní, Pape sostiene que el desarrollo del conflicto también debe analizarse desde una perspectiva estratégica más amplia. En su opinión, uno de los mayores riesgos para Estados Unidos en este tipo de escenarios no es necesariamente perder batallas en el terreno militar, sino quedar atrapado en un conflicto prolongado.

Para explicar ese punto, el académico recurre a una comparación histórica que considera particularmente reveladora: la guerra de Vietnam.

Durante ese conflicto, recuerda, Estados Unidos mantuvo durante años una superioridad militar clara en muchos frentes y rara vez fue derrotado en combates convencionales. Sin embargo, la estrategia de desgaste sostenido aplicada por sus adversarios terminó erosionando el apoyo político interno y cambiando el resultado final de la guerra.

Según Pape, un conflicto prolongado puede convertirse en una herramienta estratégica para actores que enfrentan a una potencia militar superior. En ese tipo de escenarios, el objetivo no es necesariamente ganar rápidamente en el campo de batalla, sino aumentar gradualmente los costos políticos, económicos y sociales del conflicto para el adversario.

“Las guerras largas pueden derrotar incluso a las potencias militares más fuertes.”

Un conflicto que puede expandirse más allá del Medio Oriente

Pape advierte que uno de los errores más comunes al analizar conflictos entre potencias es asumir que el enfrentamiento se limitará al campo de batalla principal. En la práctica, sostiene, los Estados que enfrentan a adversarios militarmente superiores suelen buscar formas indirectas de ejercer presión fuera del teatro inmediato de operaciones.

Irán, explica, lleva décadas desarrollando una red internacional de vínculos políticos, diplomáticos y operativos que le permite proyectar influencia mucho más allá de Medio Oriente.

En ese contexto, el académico menciona un dato que, a su juicio, refleja la importancia estratégica que Teherán concede a América Latina: el tamaño y la actividad de su representación diplomática en México.

Para Pape, ese tipo de presencia forma parte de una lógica más amplia en la que los conflictos pueden desplazarse hacia escenarios inesperados si las tensiones escalan.

Los umbrales de escalada

A medida que los conflictos se intensifican, explica Pape, los actores enfrentados pueden verse tentados a cruzar umbrales cada vez más peligrosos en busca de nuevas formas de presión.

En el caso de Irán, el académico señala que el país posee capacidades tecnológicas y materiales que podrían utilizarse de formas no convencionales en un escenario de confrontación prolongada.

Entre ellas menciona la posibilidad de emplear material radiológico o enriquecido en dispositivos improvisados, un tipo de arma que no produce una explosión nuclear tradicional, pero que puede generar contaminación radiactiva, pánico social y graves consecuencias en áreas urbanas.

Para el profesor de la Universidad de Chicago, el hecho de que esas capacidades existan no significa necesariamente que vayan a utilizarse. Pero sí implica que, a medida que la confrontación se prolonga, los riesgos de escalada aumentan.

“Irán tiene la capacidad de utilizar material radiológico para causar pánico y daño a gran escala.”

Una guerra que rara vez termina con los bombardeos

Para Robert Pape, la experiencia acumulada en más de un siglo de conflictos muestra que el impacto inmediato de una operación militar rara vez determina por sí solo su resultado político final.

Los bombardeos pueden destruir instalaciones, eliminar líderes o alterar temporalmente el equilibrio militar sobre el terreno. Pero la historia de las guerras del último siglo, sostiene el académico, muestra que convertir ese tipo de victorias tácticas en un cambio de régimen duradero es una tarea mucho más compleja.

Las dinámicas internas de las sociedades, el peso del nacionalismo, la estructura de los aparatos estatales y los incentivos de quienes forman parte del sistema político suelen jugar un papel decisivo una vez que comienza el conflicto.

Por eso, advierte, el verdadero desafío rara vez está en la primera fase de una campaña militar, sino en lo que ocurre después: la estabilidad política, la reconstrucción institucional y la capacidad de sostener el costo estratégico de una confrontación prolongada.

En ese terreno —más político que militar— es donde, según Pape, se define finalmente el destino de las guerras contemporáneas.


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