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La visita anunciada a Venezuela del secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, no es un gesto diplomático ni una señal exploratoria. Es la confirmación pública de un proceso que ya está en marcha: el petróleo venezolano volvió a fluir hacia los mercados internacionales, el dinero de esas ventas ya se mueve —y se transfiere— y el centro real de decisiones sobre el negocio energético del país ya no está en Caracas.

Está en Houston.

Wright adelantó que viajará “antes de mucho” a Venezuela para reunirse con autoridades y evaluar sobre el terreno las operaciones petroleras. Pero cuando pise suelo venezolano, lo esencial ya estará decidido: qué petróleo se vende, quién lo vende, quién lo cobra y bajo qué reglas.

El petróleo ya salió. El dinero ya volvió

A diferencia de ciclos anteriores marcados por promesas y anuncios, esta vez los hechos precedieron al discurso. La administración de Donald Trump no ha hablado de expectativas, sino de resultados.

Washington ha dejado claro que espera recibir entre 30 y 50 millones de barriles de crudo venezolano, y que ese petróleo ya está siendo enviado. Así lo reconoció públicamente el propio Trump y lo confirmó Delcy Rodríguez, hoy cabeza del poder ejecutivo en Caracas.

El dato clave es financiero:


la venta de esos primeros cargamentos ya generó 500 millones de dólares, que fueron transferidos íntegramente a Venezuela tras pasar por un esquema de administración y verificación controlado por Estados Unidos. Una parte de esos fondos permaneció temporalmente en cuentas en el exterior y fue liberada por tramos, hasta completarse el monto total.

No se trata de una cesión de soberanía formal, pero sí de un modelo inédito de administración petrolera tutelada: el crudo sigue siendo venezolano, pero la venta, la trazabilidad del dinero y su destino final están sujetos a reglas acordadas con Washington.

Incluso Citgo, aún propiedad de Venezuela y blindada judicialmente, ha comprado crudo venezolano en este nuevo esquema, una señal inequívoca de que el circuito comercial se está normalizando bajo supervisión estadounidense.

Este modelo conecta directamente con lo que Contexto.info ya documentó en Del crudo al control: cómo EE. UU. administra el dinero de Venezuela: el petróleo fluye, pero el dinero no vuelve sin pasar por filtros políticos, financieros y técnicos externos.

Houston: donde se decide el negocio

Mientras en Caracas se discute el relato político, en Houston se ejecuta la economía. Allí opera el Comité Binacional que hoy arbitra de facto la industria petrolera venezolana.

Integrado por técnicos venezolanos avalados por la OFAC y representantes de grandes petroleras estadounidenses, este comité funciona como una instancia supranacional de control. En los pasillos del sector energético es un secreto a voces: ningún contrato petrolero superior a 50 millones de dólares avanza sin su visto bueno.

Houston no solo audita. Houston blinda.

El comité es el brazo operativo de las órdenes ejecutivas que sustentan este nuevo esquema. Supervisa contratos, valida operadores, aprueba ventas y garantiza que los flujos financieros cumplan con los parámetros exigidos por Washington. Es, en los hechos, el cerebro del nuevo modelo petrolero venezolano.

La ley que lo hizo posible

Nada de esto habría sido viable sin un movimiento clave en Caracas: la reforma parcial de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, aprobada el 29 de enero por la Asamblea Nacional controlada por el chavismo y presidida por Jorge Rodríguez, hermano de Delcy Rodríguez.

La reforma fue rápida, quirúrgica y profundamente estructural. Según fuentes consultadas por Contexto.info, el texto legal contó con el visto bueno de Washington antes de su aprobación.

La nueva ley:

  • Desmonta el monopolio operativo de PDVSA.
  • Permite que empresas privadas operen y comercialicen crudo directamente.
  • Autoriza esquemas contractuales con arbitraje internacional.
  • Reduce cargas fiscales y flexibiliza regalías.

En términos prácticos, Caracas adaptó su legislación al modelo exigido por Estados Unidos y las grandes petroleras, despejando uno de los mayores obstáculos históricos para la inversión.

Este punto es clave para entender por qué, pese a los riesgos políticos, el interés empresarial volvió.

¿Quiénes quieren entrar —o volver— a Venezuela?

Si la producción venezolana logra elevarse de forma gradual y sostenida, el tablero de negocios es amplio.

En primer lugar está Chevron, hoy el actor central. Washington avanza para ampliar su licencia, permitirle vender libremente el crudo que produce y convertirla en punta de lanza de la reactivación.

Otras grandes petroleras observan con cautela, pero ya participan en conversaciones técnicas y políticas:

  • ExxonMobil y ConocoPhillips, con históricos litigios y activos expropiados, evalúan escenarios bajo el nuevo marco legal.
  • Repsol y operadores europeos, atentos al retorno del crudo venezolano a Europa, exploran esquemas de participación.
  • Traders globales como Vitol y Trafigura siguen de cerca el flujo de cargamentos y la estabilidad contractual.

El mensaje es claro: el interés existe, pero está condicionado a tres factores
—seguridad jurídica, estabilidad operativa y continuidad del control externo—.

Un petróleo que vuelve al mundo

La reciente exportación de cuatro millones de barriles hacia Europa e India, documentada por Contexto.info, no fue un hecho aislado. Es parte de un patrón: Venezuela vuelve al mercado, pero bajo reglas completamente distintas a las del pasado.

Washington no solo busca estabilizar a Venezuela. Busca ordenar un flujo energético estratégico, reducir incertidumbre global y garantizar que el dinero no vuelva a convertirse en una caja negra política.

Por eso, la visita de Chris Wright a Caracas no es el inicio del proceso, sino su formalización política.

La gran incógnita no es si Venezuela puede producir más, sino quién controlará ese crecimiento y bajo qué condiciones.

Y, hoy por hoy, la respuesta no está en Miraflores.
Está entre Houston y Washington.


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