Vaya por delante una solicitud de excusas a nuestros lectores habituales. Quienes acuden a este portal suelen buscar el dato frío, el análisis geopolítico, la noticia de última hora o el pulso de los mercados. Sin embargo, hoy me permito —y nos permito— romper el esquema. Hay momentos en la historia de una nación donde la realidad técnica se queda corta y el corazón toma el mando de la redacción. Hoy, el análisis se traslada de las oficinas al diamante, porque lo que está ocurriendo en Miami no es solo deporte; es un bálsamo necesario para el alma de Venezuela.
No importa lo que dicte el marcador al final de la novena entrada esta noche en el LoanDepot Park. Lo que verdaderamente importa es el viaje que nos trajo hasta aquí. Para un país que ha contenido tantas alegrías durante tantos años, este Clásico Mundial de Béisbol 2026 ha sido el reencuentro con nuestra propia capacidad de ser felices. Incluso aquellos que no distinguen un strike de una bola, hoy están pegados a una pantalla, preguntando cómo vamos, sintiendo que en cada pitcheo se nos va un poquito de la nostalgia que cargamos a cuestas, estemos en Caracas, en Bogotá, en Madrid o en cualquier rincón del mundo donde un venezolano haya echado raíces.
Este equipo, bajo la dirección serena y estratégica de Omar López, no vino a participar; vino a ganar. Y en ese camino nos han regalado momentos que ya son patrimonio emocional. ¿Cómo olvidar la tensión eléctrica contra Japón, cuando el relevo sostuvo el juego con pinzas de cirujano mientras el madero de Wilyer Abreu nos devolvía el aliento? ¿O el nudo en la garganta de anoche contra Italia, cuando las bases se llenaron de incertidumbre y Ángel Zerpa emergió con la frialdad de quien sabe que carga con la esperanza de millones? Ver a Ronald Acuña Jr. correr hacia la inicial con esa hambre de triunfo, o a Luis Arráez y Maikel García conectar esos hits oportunos en el séptimo inning, fue mucho más que sumar carreras. Fue ver a Venezuela de pie.
Este texto es un homenaje y un reconocimiento público a todos los que han sudado esa camiseta. A la fuerza de Anthony Santander, Gleyber Torres, Andrés Giménez, Eugenio Suárez, Salvador Pérez y William Contreras. A la entrega incansable de David Peralta, Everson Pereira, Eduardo Escobar y Hernán Pérez. A la solvencia de Robinson Chirinos y Miguel Rojas. Y, por supuesto, a quienes desde el montículo han silenciado bates con el corazón en la mano: José Alvarado, Robert Suárez, Carlos Hernández, Silvino Bracho, Darwinzon Hernández, Endrys Briceño, Brayan Bello, Jhoulys Chacín, Junior Guerra, Erick Leal, Anthony Vizcaya, Norwith Gudiño, José Ruiz y Wilyer Abreu.
Pero este engranaje no se mueve solo. Detrás de cada decisión de Omar López, hay un equipo técnico que es, en sí mismo, un panteón de nuestra historia deportiva; hombres que no necesitan presentación porque sus hazañas están grabadas en piedra. Contar con la sabiduría de Miguel Cabrera como asistente especial —uno de los mejores bateadores que ha pisado las Grandes Ligas en toda su historia—, la mirada quirúrgica de Johan Santana, nuestro doble Cy Young, y la jerarquía de Francisco ‘El Kid’ Rodríguez, uno de los cerradores más dominantes que jamás haya visto un montículo, es la garantía de que nuestra selección está en las mejores manos posibles.
A ellos se suma la experiencia estratégica de Carlos García (Banca), Ramón Hernández (Coyuntura), Rodolfo Hernández (Bateo), Rouglas Odor (Primera Base), Luis Maza (Tercera Base), Iván Arteaga (Bullpen) y Néstor Rojas (Asistente). No son solo técnicos; son mentores que enseñan con el ejemplo de quien ya sabe lo que es dominar el mundo, y su presencia en el dogout es el recordatorio constante de que nuestra estirpe es de ganadores.
En este despliegue de altura, es imperativo detenerse en la figura de Francisco Cervelli. Al mando de la selección de Italia, Cervelli no solo demostró una capacidad estratégica envidiable, sino que personificó la hidalguía en su estado más puro. Verlo dirigir contra su propia tierra fue una lección de profesionalismo, pero sobre todo un recordatorio de que la venezolanidad no conoce de uniformes. Francisco es uno de los nuestros; un hombre formado como individuo y como pelotero en los campos de nuestra pelota, cuya esencia sigue impregnada del aroma de nuestra tierra. Su éxito con la selección azzurra es, en realidad, el éxito de un representante de nuestro gentilicio que, con una caballerosidad que honra al juego, le demostró al mundo que se puede ser un digno rival sin dejar de ser un hermano.
Y en este viaje de emociones, no podemos olvidar a quienes le han puesto palabras a nuestro latido. La épica de este Clásico no habría sido la misma sin la pasión desbordada que nos llega desde las cabinas de transmisión. Hemos vibrado con las celebraciones y el análisis agudo en la pantalla de ESPN, donde voces como las de Ernesto Jerez, Luis Alfredo Álvarez y Orlando ‘El Duque’ Hernández han narrado nuestras victorias con una emoción que traspasa el satélite, recordándole al continente que lo de Venezuela es una fuerza de la naturaleza.
Pero, por encima de todo, hay algo que nos devuelve a la raíz, al patio de la casa, a la ‘chapita’ en la calle y a la esencia misma de nuestra pelota: volver a escuchar la voz de Fernando Arreaza. Hay tonos que son hogar, y la narración de Arreaza es ese vínculo sagrado que nos reconecta con nuestra identidad beisbolera. Escucharlo cantar un out o celebrar un batazo es, para el venezolano, la confirmación de que estamos vivos, de que nuestra liga sigue latiendo y de que, sin importar la distancia, esa voz es el puente que nos trae de vuelta a lo más puro de nuestro gentilicio. Son narraciones que no solo informan; son crónicas del alma que nos hacen sentir que, por tres horas, todos estamos sentados en la misma tribuna.
Pero más allá de las estadísticas y los trofeos, hay algo que se siente en el aire y que nos reconcilia con nuestra propia naturaleza. Esta selección ha significado un triunfo de la humanidad fuera del diamante. Hemos sido testigos de cada abrazo sincero con los rivales, de cada gesto de respeto mutuo y de un reconocimiento genuino que va y viene entre Venezuela y las demás selecciones. No estamos viendo solamente a peloteros de élite; estamos viendo a caballeros, a seres humanos íntegros que han decidido mostrarle al mundo lo mejor de nuestra esencia.
En un momento donde las etiquetas suelen ser pesadas, estos hombres han decidido ser embajadores de lo bueno y lo bonito que nos define: la solidaridad, la nobleza y esa alegría contagiosa que no necesita de permisos. Verlos interactuar con sus colegas de Japón, Italia o Dominicana es ver a la Venezuela que siempre hemos sido y que nos negamos a perder. Son tipos que, con su conducta, están recordándole al mundo que nuestro gentilicio es sinónimo de hermandad y de altura. Es, en definitiva, la victoria de las formas, de la decencia y del orgullo de ser quienes somos.
No importa qué suceda hoy en el terreno. Porque los venezolanos ya ganamos. Ganamos al volver a sentir una alegría genuina y compartida; ganamos al celebrar nuestro gentilicio sin matices y al ondear nuestra bandera con un orgullo renovado. Ganamos cuando nuestros vecinos, en cualquier ciudad extranjera, nos ven hoy con cara de felicidad y terminan celebrando con nosotros, contagiados por una energía que no sabe de fronteras.
Después de esta emotiva y sentida pausa, seguiremos con la noticia, con los informes y con la coyuntura, pero lo haremos con la «V» puesta en la piel. Gracias, muchachos, por hacernos sentir, una vez más, que ser venezolanos es un privilegio que se lleva en el pecho.







