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Refinería de Cardón vuelve a operar en medio de fallas que siguen sin resolverse

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El complejo de Cardón volvió a la vida este miércoles, al menos parcialmente. La información, publicada por Reuters, da cuenta de que, tras un apagón que paralizó sus operaciones el martes, trabajadores de la refinería aseguraron que unidades clave —incluida la destilación de crudo— comenzaron a reiniciarse, en un nuevo intento por estabilizar la operación.

En Venezuela, sin embargo, la palabra “reactivación” ya no significa recuperación. Significa otra cosa: un sistema que logra ponerse de pie, pero no mantenerse.

Cardón, con capacidad para procesar 310.000 barriles diarios, debería ser uno de los pilares de la seguridad energética del país. En la práctica, se ha convertido en un indicador de su fragilidad. Cada reinicio viene precedido por una falla —eléctrica, mecánica o logística— y seguido por la incertidumbre de cuánto tiempo logrará sostenerse operativa.

Lo ocurrido esta semana no es una excepción. Es la rutina.

Un apagón más, un síntoma repetido

Las fallas eléctricas forman parte del paisaje operativo de la industria petrolera venezolana. Pero en Cardón, esas interrupciones tienen un efecto inmediato y profundo: detienen procesos que no están diseñados para apagarse abruptamente.

Cuando cae la energía, no solo se apagan equipos. Se desarma una cadena completa: presión, temperatura, flujos. Reiniciar no es cuestión de horas, sino de condiciones que rara vez están garantizadas.

Ese es el trasfondo del reporte de Reuters. No se trata solo de una refinería que vuelve a encender, sino de un sistema que sigue sin resolver su vulnerabilidad más básica.

La refinería que sostiene (o compromete) la gasolina

Cardón no es cualquier instalación. Junto a Amuay, forma el Complejo Refinador Paraguaná, el más grande del país. De su operación depende, en buena medida, la disponibilidad de gasolina en el mercado interno.

Pero su capacidad real está lejos de la nominal. Durante años ha operado por debajo de un tercio de su potencial, con unidades clave entrando y saliendo de servicio, en un ciclo que impide estabilizar la producción.

Esto ocurre en un momento en que Venezuela produce más crudo que hace pocos años, impulsada en parte por acuerdos con empresas extranjeras. El contraste es evidente: el país logra extraer más petróleo, pero sigue teniendo dificultades para transformarlo en combustible.

El cambio político no ha cambiado la lógica operativa

El reinicio de Cardón ocurre en medio de una reestructuración del poder en Caracas. Con Delcy Rodríguez al frente del Ejecutivo, la industria petrolera ha entrado en una fase de apertura controlada, marcada por negociaciones con empresas internacionales y una flexibilización parcial de las sanciones.

Pero esa transición no ha alterado lo esencial.

PDVSA sigue siendo una empresa debilitada, con limitaciones técnicas y financieras. La infraestructura continúa deteriorada. Y el sistema eléctrico —del que depende toda la operación— sigue siendo un factor de riesgo constante.

El resultado es una industria que intenta reactivarse sin haber resuelto sus fallas estructurales.

Washington, el actor que ahora condiciona el ritmo

Hay, sin embargo, un elemento que sí ha cambiado el tablero: la presencia de Estados Unidos como factor determinante en el negocio petrolero venezolano.

Las licencias otorgadas han permitido aumentar la producción y abrir canales de financiamiento e importación de insumos. Pero también han introducido un nuevo tipo de dependencia.

Hoy, parte de la operación petrolera venezolana —incluida su viabilidad— está atada a decisiones que se toman fuera del país.

Eso se refleja incluso en la refinación. Para producir gasolina, Venezuela necesita componentes que en muchos casos provienen del exterior. Y ese flujo depende, directa o indirectamente, de la relación con Washington.

En ese sentido, Cardón no solo depende de su propia infraestructura o del sistema eléctrico nacional. Depende también de un entorno internacional que define qué es posible y qué no.

Encender no es estabilizar

Cada vez que una refinería venezolana reinicia operaciones, se presenta como un avance. Pero la secuencia de los últimos años muestra otra cosa: un patrón de recuperación incompleta.

Las unidades arrancan, producen durante un tiempo, vuelven a fallar. El sistema sube y baja sin lograr continuidad.

Eso es lo que vuelve relevante el episodio de esta semana. No porque marque un cambio, sino porque confirma una tendencia.

Cardón sigue funcionando, pero no de forma confiable. Y mientras eso no cambie, la industria petrolera venezolana seguirá operando en un equilibrio precario: capaz de reaccionar, pero no de sostenerse.


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