En el discurso del State of the Union que pronunció anoche ante el Congreso de Estados Unidos, el presidente Donald Trump dedicó una parte de su intervención a hablar de la situación en Venezuela, un tema que se ha convertido en uno de los pilares de su política exterior y de seguridad hemisférica en su segundo mandato.
El discurso, que duró casi dos horas y fue el más largo en la historia de este formato, se articuló alrededor de una narrativa de supremacía estadounidense en lo doméstico y en lo global. El mandatario abordó economía, inmigración, alianzas internacionales y, de manera destacada, la situación política y estratégica en Venezuela tras la captura del expresidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero de este año.
Un triunfo estratégico para Trump
En un segmento dedicado a política exterior, Trump presentó la operación en Venezuela como uno de los logros más importantes de su administración, y lo enmarcó como un avance decisivo en seguridad para Estados Unidos:
“Acabamos con el dictador Nicolás Maduro y lo trajimos para enfrentar a la justicia estadounidense. Esto fue una victoria absoluta para la seguridad de Estados Unidos y también abrió un nuevo inicio para el pueblo venezolano.”
Esta frase, que subraya la captura de Maduro como una “victoria”, fue acompañada en la Cámara por aplausos de los legisladores republicanos y miradas tensas entre la bancada demócrata, reflejo de la división política que atraviesa Washington.
Cooperación con el nuevo liderazgo venezolano
Trump continuó destacando la cooperación entre su administración y las nuevas autoridades venezolanas, representadas en el discurso por la figura de Delcy Rodríguez, designada por Washington como presidenta interina en el contexto posterior a la captura de Maduro:
“Estamos trabajando en cooperación con la nueva presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, para tener beneficios económicos para ambos países y traer nuevas esperanzas a los que sufrieron terriblemente.”
Con esta frase, Trump posicionó el cambio político en Venezuela no sólo como un hecho de fuerza, sino como una oportunidad de reconfigurar las relaciones económicas bilaterales.
El enfoque energético y el giro geopolítico
Uno de los pilares de la narrativa de Trump sobre Venezuela fue su papel en la producción y suministro de energía:
“La producción de petróleo de Estados Unidos ha aumentado en más de seiscientos mil barriles al día. Y acabamos de recibir de nuestro nuevo amigo y socio, Venezuela, más de 80 millones de barriles de petróleo. La producción estadounidense de gas natural está en un máximo histórico porque cumplí mi promesa de perforar, perforar y perforar.”
La alusión al petróleo y al gas natural sitúa a Venezuela en la agenda energética estadounidense, describiéndola como un “nuevo amigo y partner”, un giro significativo respecto a las décadas de tensión entre ambos países.
Momento emotivo: presentación de Enrique Márquez
Durante su intervención, Trump compartió un pasaje cargado de dramatismo humano al presentar en el hemiciclo a Enrique Márquez, un opositor venezolano que estuvo preso por su postura contra el régimen de Maduro. Este fue el relato que pronunció:
“Era parte de una familia venezolana muy unida y estaba especialmente cercano a su amado tío Enrique. Pero después de que Enrique se postuló para un cargo y se opuso a Maduro, fue secuestrado por las fuerzas de seguridad de Maduro y arrojado a la tristemente célebre prisión del régimen en Caracas. Alejandra temía no volver a ver a su tío nunca más. Ella también temía por su propia vida. Pero desde la incursión, hemos trabajado con el nuevo liderazgo y han ordenado el cierre de esa vil prisión y ya han liberado a cientos de presos políticos, con más por venir. Alejandra, me complace informarte que no solo tu tío ha sido liberado, sino que está aquí esta noche. ¡Lo trajimos para celebrar su libertad contigo en persona! Enrique, por favor, ven.”
Las frases de Donald Trump sobre Venezuela en el State of the Union 2026 más que anécdotas aisladas delinean un relato con implicaciones profundas para la política exterior de Estados Unidos y el futuro del país sudamericano.
Primero, el presidente presentó la captura de Nicolás Maduro como una victoria estratégica para la seguridad estadounidense y un punto de inflexión en la crisis venezolana. Ese gesto, según su narrativa, no sólo habría desarticulado a un “dictador”, sino que abriría una nueva fase de cooperación política y económica entre Washington y Caracas tras la salida forzada de Maduro. Esto encaja con lo que Trump ha venido promoviendo desde principios de año: un cambio de régimen que, a juicio de la Casa Blanca, busca “restaurar la democracia” y fortalecer las instituciones en Venezuela.
La referencia constante a la cooperación con Delcy Rodríguez, a quien Trump llama presidenta, es especialmente significativa. Aunque Rodríguez asumió el cargo tras la captura de Maduro de acuerdo con la constitución venezolana, su figura es rechazada por diversos sectores de la oposición y por jurisdicciones internacionales que no reconocen esa transición como democrática. La insistencia de Trump en presentarla como interlocutora valida de facto una autoridad interina que, en muchos análisis externos, sigue operando en un contexto de control político restringido y bajo la sombra del poder estadounidense.
En lo económico, Trump volvió a destacar la entrega de más de 80 millones de barriles de petróleo desde Venezuela, cifra mayor a la mencionada en semanas previas (se hablaba de 50 millones). Este dato fue repetido en múltiples segmentos del discurso como evidencia del cambio de relación bilateral y de la importancia del crudo venezolano como palanca de energía y geopolítica. Su afirmación de que Estados Unidos ha recibido ese volumen desde Caracas indica un giro desde años de sanciones y confrontación hacia un enfoque que combina intereses energéticos con política exterior.
Finalmente, el momento en el que Trump llamó la atención del hemiciclo al presentar a Enrique Márquez, un opositor venezolano preso bajo el régimen de Maduro y liberado tras la operación, tuvo un claro efecto simbólico. Márquez se convirtió en un rostro humano de la narrativa trumpista: no sólo como víctima de persecución política, sino también como una posible figura asociada a una eventual transición democrática auspiciada por Estados Unidos. Este gesto, más allá de lo emotivo, funciona como parte de una estrategia comunicacional que busca legitimar la intervención estadounidense y proyectarla como liberadora, aunque las cifras reales de presos políticos liberados y la situación de los derechos humanos en Venezuela siguen siendo objeto de escrutinio por parte de organizaciones internacionales.
En conjunto, lo expresado por Trump en su State of the Union sobre Venezuela refleja un cambio de eje narrativo e interés estratégico: de la confrontación dura a una mezcla de dominancia militar, pragmatismo económico y gestos políticos simbólicos. Queda así planteada una agenda norteamericana en la región donde Venezuela deja de ser un problema externo para convertirse en un actor asociado a un esquema de reconstrucción energética y reconfiguración geopolítica — aunque ese papel oficial aún está lejos de consolidarse en un marco institucional democrático.