En una decisión poco habitual incluso dentro de la dinámica interna de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), el alto mando militar fue sustituido en su totalidad en un solo movimiento, sin anuncios progresivos ni transiciones visibles.
Puede leerse como una barrida del madurismo hacia una nueva etapa bajo el mando de Delcy y Jorge Rodríguez, el relevo del alto mando militar no solo implica nombres distintos, sino una forma distinta de ejercer el control. El llamado “golpe de timón”, convertido durante años en consigna política, parece adquirir ahora otro significado: decisiones que siguen tomándose dentro del país, pero cada vez más condicionadas por el entorno internacional y la presión externa.
Aunque los relevos en la cúpula suelen producirse cada año, generalmente en julio, coincidiendo con fechas institucionales, los cambios masivos en bloque son menos frecuentes. En los últimos años, las sustituciones habían sido parciales o concentradas en áreas específicas. Esta vez, el alcance es mayor y abarca prácticamente toda la estructura de mando.
El nuevo grupo que asume la conducción militar comparte una característica: trayectorias poco expuestas públicamente. A diferencia de ciclos anteriores, no se trata de figuras conocidas ni de oficiales con protagonismo político o mediático. Predominan, en cambio, perfiles formados en comandos regionales y funciones operativas.
Estos cambios se suman a una decisión previa de mayor peso político: la salida de Vladimir Padrino López del Ministerio de Defensa, tras once años en el cargo, y su sustitución por Gustavo González López. El relevo marcó el fin de una de las etapas más prolongadas dentro del alto mando militar y anticipó el movimiento más amplio que ahora se extiende al resto de la estructura.
Al frente del sistema queda el general Rafael David Prieto Martínez, designado como Comandante Estratégico Operacional de la FANB, el puesto con mayor capacidad de dirección sobre las operaciones militares. Su paso por la Región Estratégica de Defensa Integral (REDI) Guayana lo vincula a una de las zonas más sensibles del país, tanto por su extensión como por su peso económico, especialmente en torno a la actividad minera. Su carrera apunta a un oficial de terreno, con experiencia en control de áreas estratégicas más que en exposición pública.

Como segundo en esa estructura fue nombrado Jesús Rafael Villamizar Gómez, un oficial sobre el que hay poca información disponible en fuentes abiertas, pero cuya ubicación en la cadena de mando lo convierte en una pieza central para la coordinación interna.

El control del orden público queda en manos del general Juan Ernesto Sulbarán Quintero, nuevo comandante de la Guardia Nacional Bolivariana. Su trayectoria incluye responsabilidades en la REDI Oriental, una zona clave por su infraestructura energética y dinámica social. La Guardia Nacional ha tenido un rol determinante en la gestión de protestas y control territorial, lo que hace de este cargo uno de los más sensibles dentro del esquema militar.

En el caso de la Milicia Bolivariana, fue designado Nayade Solovenly Lockiby Belmontes, con experiencia en estructuras como la Guardia del Pueblo. Su perfil está más vinculado a tareas de presencia territorial y organización comunitaria que a operaciones militares convencionales.

Los comandos de los componentes tradicionales quedaron en manos de oficiales con escasa exposición pública: Rubén Darío Belzares Escobar en el Ejército, Jorge Alejandro Agüero Montes en la Armada y Royman Antonio Hernández Briceño en la Aviación. En los tres casos, se trata de trayectorias poco documentadas en el ámbito público, sin señales de protagonismo político reciente.



Completa la estructura Dilio Guillermo Rodríguez Díaz, designado Inspector General de la FANB, una posición centrada en la supervisión interna, disciplina y seguimiento institucional, especialmente relevante en momentos de cambios amplios dentro de la organización.
Un rasgo distintivo de este nuevo alto mando es la ausencia de nombres ampliamente señalados en listas de sanciones internacionales recientes o con alta exposición en controversias públicas. Esto contrasta con etapas anteriores, donde varios de los principales cargos estaban ocupados por figuras conocidas fuera del ámbito militar.
Más allá de los nombres, el cambio sugiere una inclinación hacia perfiles operativos, con experiencia en terreno y menor visibilidad pública. No se trata de oficiales ajenos a la estructura, sino de cuadros que han desarrollado su carrera dentro de ella, lejos del foco mediático.
En un sistema donde la institución militar mantiene un papel determinante, los movimientos en su cúpula suelen anticipar ajustes en la forma de ejercer el control. Esta vez, la señal no está en los discursos ni en los anuncios, sino en los perfiles elegidos: menos exposición, más ejecución.







