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Chevron y el Gobierno venezolano firmaron este lunes dos acuerdos que reacomodan la presencia de la petrolera estadounidense en el país. En la práctica, la compañía amplía su apuesta por la Faja del Orinoco, donde opera sus proyectos más rentables y cercanos entre sí, y deja en manos de Venezuela parte de sus activos gasíferos costa afuera y una participación menor en el occidente del país. La propia Chevron confirmó la operación en un comunicado difundido hoy, en el que la calificó como un intercambio “mutuamente beneficioso” para concentrar a las partes en activos estratégicos.

El movimiento más visible es el aumento de Chevron en Petroindependencia: pasa de 35,8% a 49%. Al mismo tiempo, Petropiar —donde una filial de Chevron mantiene 30%— recibió los derechos para desarrollar Ayacucho 8, un bloque vecino dentro de la Faja Petrolífera del Orinoco. A cambio, las filiales de Chevron entregan a Venezuela su 60% y su 100% de participación operada en las licencias de gas de Plataforma Deltana Blocks 2 y 3, además de su 25,2% en Petroindependiente, un proyecto en el oeste del país.

Más que un simple canje técnico, el acuerdo dice bastante sobre la relación actual entre Caracas y una de las pocas grandes petroleras estadounidenses que nunca rompió del todo con Venezuela. Chevron está apostando por aquello que mejor conoce: crudo extrapesado, infraestructura ya instalada y proyectos con cercanía operativa. Javier La Rosa, presidente de Base Assets and Emerging Countries de Chevron, dijo que Ayacucho 8 está cerca de Petropiar y que eso mejora la eficiencia de desarrollo; también presentó el pacto como un paso más en la larga historia de la empresa en Venezuela y como una contribución a la seguridad energética regional.

La lectura política es más amplia.

El gobierno venezolano necesita mostrar que la apertura económica no es solo discurso, sino también acuerdos con jugadores capaces de poner dinero y tecnología. Delcy Rodríguez presentó el pacto como una vía para aumentar producción e ingresos, pidió levantar sanciones y aseguró que no se trata de una inversión pasajera. Esto estos convenios llegan después de una reforma de la Ley de Hidrocarburos aprobada en enero, diseñada para facilitar la entrada de capital extranjero, en combinación con un conjunto de licencias emitidas por la OFAC para favorecer el ingreso de empresas estadounidenses en el sector energético venezolano.

También hay un mensaje hacia Washington.

Chevron sigue siendo el principal socio privado de PDVSA y, según Reuters, sus empresas mixtas producen unos 260.000 barriles diarios, cerca de una cuarta parte del total venezolano. En otras palabras: mientras buena parte de la industria local sigue golpeada por años de deterioro, Chevron se mantiene como un actor que ayuda a sostener caja, producción y cierta apariencia de normalidad en el sector. Eso le da al gobierno una herramienta de supervivencia económica y a la empresa una posición difícil de reemplazar.

Pero el acuerdo no borra las tensiones

Chevron entrega activos de gas que podían tener valor de largo plazo, entre ellos el campo Loran, a cambio de mayor presencia en petróleo pesado, una apuesta más inmediata y más alineada con su infraestructura actual. Esa decisión revela una prioridad empresarial clara, pero también una realidad política: en Venezuela, incluso los grandes acuerdos energéticos siguen atravesados por licencias, cambios regulatorios, sanciones y una fragilidad institucional que obliga a cada actor a moverse con cautela. Reuters destacó además que el pacto llega en medio de una etapa de reformas que buscan atraer inversión, pero todavía bajo un entorno político y regulatorio volátil.

Hay otro ángulo que vale la pena mirar: Chevron no solo está ampliando su posición, también está consolidando una relación de privilegio con el poder venezolano. Eso refuerza la idea de que, en esta etapa, la reapertura petrolera del país no pasa por una liberalización plena ni por un mercado realmente competitivo, sino por acuerdos puntuales con socios escogidos, negociados caso por caso y con fuerte peso político. Para Caracas, eso ofrece oxígeno. Para Chevron, asegura continuidad. Para el resto del país, deja abierta la pregunta de cuánto de ese movimiento terminará traduciéndose en más producción, más ingresos y más estabilidad real.


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