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La grieta verde: cómo una disputa interna convirtió al partido del centro en el campo de batalla de la elección presidencial en Colombia

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En la sede del Partido Alianza Verde, en Bogotá, la discusión dejó hace semanas de ser técnica. Ya no se trata únicamente de si el partido debe o no respaldar a un candidato presidencial. Lo que está en juego es más profundo: si el Verde seguirá siendo lo que durante años dijo ser —una fuerza de centro, institucionalista y bisagra— o si terminará absorbido, de facto, por la lógica de bloques que domina hoy la política colombiana.

El detonante de esta crisis tiene nombre propio: Iván Cepeda. Pero reducir el conflicto a una decisión coyuntural sería un error de diagnóstico. Cepeda no está partiendo al partido; está revelando una fractura que venía gestándose desde hace años y que hoy, a menos de un año de la elección presidencial, se volvió imposible de contener.

Una decisión que expuso lo que ya estaba roto

Durante meses, distintos sectores del Verde exploraron escenarios: candidatura propia, coalición de centro, o acuerdos programáticos con otras fuerzas. Ninguno logró consolidarse. En ese vacío, el avance de la opción Cepeda empezó a tomar forma dentro de la bancada, especialmente entre quienes consideran que el partido debe alinearse con el proyecto político que hoy gobierna el país.

El argumento, repetido en conversaciones privadas y defendido en espacios internos, es pragmático: sin un candidato competitivo propio y con un centro debilitado, el Verde corre el riesgo de quedarse sin relevancia si no se suma a una coalición con opción real de poder. En ese cálculo, Cepeda aparece como la alternativa viable.

Pero esa lectura no es compartida por todos.

“No fue una decisión democrática”

En el otro extremo está una corriente que no solo rechaza el fondo de la decisión, sino también la forma. Allí aparece una de las voces más consistentes del ala crítica: Catherine Juvinao.

Juvinao ha sido enfática en cuestionar el proceso interno que llevó a considerar el respaldo a Cepeda. En declaraciones públicas y en conversaciones políticas, ha insistido en que no existió una deliberación amplia y transparente, y que la decisión terminó reflejando más el peso de ciertas mayorías circunstanciales que un consenso real dentro del partido. Su posición, además, va más allá de lo procedimental: ha dejado claro que no acompañará una candidatura que, a su juicio, desdibuja la identidad del Verde.

Su postura sintetiza el malestar de un sector que siente que el partido está renunciando a su papel histórico. No se trata, dicen, de una simple alianza electoral, sino de un giro ideológico que rompe con el proyecto que le dio sentido al Verde en el escenario político colombiano.

Tres partidos bajo una misma bandera

Lo que emerge de esta disputa es un dato difícil de ignorar: el Verde ya no funciona como un partido cohesionado, sino como una federación de corrientes con visiones incompatibles entre sí.

Por un lado, un bloque que ve en Cepeda la continuidad de una agenda progresista que consideran necesaria consolidar. Este grupo no se define necesariamente como “petrista”, pero sí como parte de un campo político más amplio que respalda transformaciones estructurales en el país.

Por otro, un sector que reivindica el carácter independiente y de centro del partido, y que ve en cualquier alineamiento con el gobierno una pérdida de autonomía política. Para ellos, el Verde no puede convertirse en una extensión de ningún proyecto, y menos de uno que, en su lectura, ha tensionado los equilibrios institucionales.

Entre ambos, un grupo cada vez más reducido intenta sostener una posición intermedia: evitar la ruptura sin comprometer del todo la identidad. Pero en la práctica, ese espacio se está estrechando rápidamente.

La Constituyente como línea de quiebre

El punto donde esa tensión se vuelve más evidente —y más difícil de conciliar— es el debate sobre una eventual Asamblea Constituyente.

Mientras varios dirigentes verdes que consideran viable el apoyo a Cepeda insisten en que no respaldan una Constituyente y que su compromiso es con la Constitución de 1991, el propio Cepeda ha dejado abierta la posibilidad de impulsar cambios estructurales que podrían incluir ese mecanismo.

La ambigüedad no es menor. En política colombiana, la sola mención de una Constituyente activa alarmas sobre la estabilidad institucional. Y dentro del Verde, ese tema se ha convertido en una línea divisoria clara: para algunos, es un debate legítimo en el marco democrático; para otros, es un riesgo que el partido no puede avalar, ni siquiera indirectamente.

La consecuencia es una tensión difícil de resolver: ¿puede el Verde apoyar a un candidato cuya agenda contiene elementos que una parte significativa del partido considera inaceptables? Hasta ahora, la respuesta ha sido esquiva, pero el costo de esa ambigüedad es cada vez más alto.

El ocaso de la bisagra

Durante más de una década, el Verde ocupó un lugar estratégico en la política colombiana: el de partido bisagra. No era el más grande ni el más disciplinado, pero sí uno capaz de inclinar la balanza en escenarios cerrados, especialmente en elecciones presidenciales.

Ese rol dependía de dos factores: una identidad clara como fuerza de centro y una relativa cohesión interna. Hoy, ambos están en entredicho.

Sin una línea unificada, el partido pierde su capacidad de actuar como bloque. Y sin una identidad definida, pierde también su atractivo como opción diferenciada frente a los extremos. El resultado es una dispersión de su electorado potencial, que empieza a migrar hacia candidaturas más nítidas en sus posiciones.

En términos electorales, esto tiene implicaciones concretas. Un Verde dividido no suma; fragmenta. Y en una contienda que se perfila altamente polarizada, esa fragmentación tiende a beneficiar a quienes ya cuentan con bases más consolidadas.

Más allá del Verde

Lo que está ocurriendo dentro del partido no puede leerse solo como una crisis interna. Es, en buena medida, un reflejo del reordenamiento más amplio del sistema político colombiano.

El centro, que durante años fue un espacio competitivo, enfrenta hoy dificultades para articularse. Las figuras que intentan representarlo carecen de estructuras partidistas sólidas o de un relato que logre diferenciarse con claridad. En ese contexto, el Verde —que era su principal vehículo— se convierte en el escenario donde esa crisis se manifiesta con mayor claridad.

La pregunta, entonces, no es solo qué pasará con el partido, sino qué lugar ocupará el centro en la elección de 2026. Si el Verde termina fracturándose o diluyéndose en otras coaliciones, ese espacio podría reducirse aún más, dejando la contienda en manos de proyectos más definidos ideológicamente.

Un desenlace abierto

Por ahora, el Verde se mueve en una zona de indefinición que difícilmente podrá sostener mucho tiempo. La presión por tomar una decisión —formalizar un apoyo, permitir la libertad de voto o intentar una candidatura propia— crecerá a medida que avance el calendario electoral.

Cada opción tiene costos. Respaldar a Cepeda podría precipitar una ruptura interna. Mantener la ambigüedad podría profundizar la pérdida de relevancia. Intentar una vía propia, en un escenario adverso, podría terminar en irrelevancia electoral.

En cualquiera de los casos, el partido enfrenta un hecho ineludible: ya no puede ser todo al mismo tiempo.

Y esa, más que la disputa por un candidato, es la verdadera crisis que hoy atraviesa al Verde.


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