Colombia entró oficialmente en modo campaña. No porque falten meses para la primera cita con las urnas, sino porque las decisiones institucionales de esta semana terminaron de cerrar el tablero político sobre el cual se disputará la sucesión presidencial en 2026. Con la determinación del Consejo Nacional Electoral (CNE), que habilitó la participación de Daniel Quintero en una consulta interpartidista y, en paralelo, dejó por fuera de ese mecanismo a Iván Cepeda, el mapa electoral quedó sellado: consultas el 8 de marzo y primera vuelta presidencial el 31 de mayo.
Lo que viene no es una campaña tradicional. Es una disputa marcada por una polarización profunda, un centro político fragmentado y una derecha que intenta reorganizarse entre figuras mediáticas, estructuras partidistas y outsiders con discurso radical. A esto se suma un Congreso que, según todas las proyecciones, nacerá dividido y convertirá la gobernabilidad en el gran desafío del próximo presidente.
Marzo: el primer pulso real
El 8 de marzo no solo se elegirán congresistas. Ese día se medirá la verdadera capacidad de movilización de las principales coaliciones, en unas consultas que funcionarán como una gran encuesta con votos reales.
El progresismo busca continuidad
Bajo el rótulo de “Frente por la Vida”, el bloque progresista intentará definir a su abanderado presidencial. Allí confluyen tres nombres con perfiles muy distintos: Daniel Quintero, avalado por AICO; Roy Barreras, por el partido La Fuerza de la Paz; y Camilo Romero.
La entrada de Quintero fue una sorpresa de último momento. El CNE le dio luz verde con una votación de 7 a 1, permitiéndole competir pese a los cuestionamientos sobre su gestión en Medellín. Barreras, en cambio, juega a lo que mejor conoce: la maquinaria regional, la estructura territorial y los acuerdos políticos. La disputa, en el fondo, es entre voto de opinión urbano y músculo electoral tradicional.
La derecha y el centro-derecha, en su consulta más grande
Del otro lado del espectro se ubica la “Gran Consulta por Colombia”, el bloque más numeroso y, al menos en teoría, el de mayor capacidad de movilización. La lista de aspirantes refleja tanto ambición como dispersión: Vicky Dávila, Paloma Valencia, Juan Manuel Galán, David Luna, Juan Daniel Oviedo, Aníbal Gaviria, Mauricio Cárdenas, Juan Carlos Pinzón y Enrique Peñalosa.
El discurso común es una “misión de rescate” del país, pero la competencia interna es feroz. El uribismo duro, representado por Paloma Valencia, se enfrenta a figuras de centro como Galán u Oviedo y a una candidata mediática como Dávila, cuya fortaleza es el reconocimiento nacional.
Los que disparan directo a mayo
No todos quisieron, o pudieron, pasar por marzo. Algunos decidieron ir directo a la primera vuelta; otros fueron empujados a hacerlo.
El caso más relevante es el de Iván Cepeda. Tras el veto del CNE a su participación en una consulta, el Pacto Histórico lo oficializó como su candidato único. Cepeda emerge así como el líder indiscutible del oficialismo, con una base electoral consolidada desde el arranque.
También aparece Abelardo de la Espriella, quien se mantiene como outsider de derecha radical, sin someterse a ninguna estructura de consulta. Su apuesta es capitalizar el voto de protesta y el descontento con los partidos tradicionales.
Desde el liberalismo independiente, Juan Fernando Cristo decidió ir solo, intentando atraer a votantes que rechazan la polarización. Y en el centro clásico, Sergio Fajardo mantiene su ruta habitual: sin alianzas previas y con la esperanza de que el desgaste ajeno lo vuelva competitivo.
Lo que dicen las encuestas
Los primeros números comienzan a darle forma al escenario. Según datos publicados el 6 de febrero por AtlasIntel, junto con el consolidado de GAD3 y Guarumo de inicios de mes, las consultas de marzo ya muestran tendencias claras.
En la derecha, Paloma Valencia aparece con un 23% de intención de voto dentro de su consulta, seguida muy de cerca por Vicky Dávila con 19%. Es un empate técnico que enfrenta estructura partidista contra carisma mediático.
En el progresismo, Roy Barreras lidera las proyecciones de maquinaria, pero Daniel Quintero lo supera en recordación, especialmente en grandes centros urbanos.
Si la primera vuelta fuera hoy, los números serían contundentes: Iván Cepeda encabezaría con 31,2%; Abelardo de la Espriella alcanzaría 22,5%; el ganador de la consulta de derecha se movería entre 12% y 14%; Sergio Fajardo obtendría 9,3% y Juan Fernando Cristo 4,8%.
El pronóstico es casi un consenso entre analistas: habrá segunda vuelta entre Cepeda y un candidato de derecha. La gran incógnita es si ese lugar lo ocupará un outsider como De la Espriella o una figura institucional que emerja fortalecida en marzo.
Una segunda vuelta sin mayorías claras
Un eventual balotaje entre Cepeda y De la Espriella, según AtlasIntel, mostraría un país profundamente dividido: 40,8% para Cepeda, 32,1% para De la Espriella y un 27,1% entre voto en blanco e indecisos.
Ese porcentaje de indefinición es una señal clave: quien llegue a la Casa de Nariño lo hará sin un mandato aplastante. La verdadera campaña, en ese escenario, se jugará en abril y mayo, disputando cada voto del centro político.
El Congreso, el verdadero campo minado
Más allá de la Presidencia, el 8 de marzo se elegirá un Congreso que anticipa problemas de gobernabilidad. El Pacto Histórico proyecta mantener entre 20 y 22 senadores gracias a su lista cerrada. Los partidos de derecha —Centro Democrático, Cambio Radical y Conservador— podrían sumar cerca del 45% del Legislativo. Y los partidos bisagra, Liberal y La U, volverán a ser los dueños del quórum.
El escenario varía según quién gane. Un gobierno de Iván Cepeda enfrentaría alta dificultad, con un Senado mayoritariamente opositor y negociaciones permanentes con los partidos tradicionales. De la Espriella tendría aliados naturales en la derecha, pero su estilo confrontativo podría alejar a los sectores de centro necesarios para aprobar leyes. En cambio, un ganador surgido de la gran consulta de derecha partiría con una coalición más estable desde el primer día.
Un país condenado a pactar
La conclusión es clara: Colombia elegirá a un presidente con un Congreso dividido. No habrá cheques en blanco ni reformas exprés. El próximo gobierno, sea del signo que sea, estará obligado a construir coaliciones forzadas y a negociar cada proyecto clave.
Más que una elección, 2026 será el inicio de una nueva etapa política: menos épica, más transaccional y con un centro que, aunque debilitado, seguirá siendo el árbitro final del poder.







