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Elías Bittar Escalona: de abogado en RCTV a imputado por el 11A y ahora Vicepresidente del TSJ

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El nombre de Elías Rubén Bittar Escalona no figuraba entre los rostros visibles del poder venezolano. No era un político de tribuna, ni un magistrado mediático, ni un operador que buscara protagonismo. Sin embargo, su ascenso termina de confirmarse donde se termina de sustentar parte del poder en Venezuela: en la cúspide del Tribunal Supremo de Justicia.

Su designación como Vicepresidente del TSJ no responde a una trayectoria pública evidente, sino a una historia más compleja, menos expuesta y, sobre todo, más reveladora de cómo se reconfiguran las lealtades dentro del sistema.

Porque antes de llegar allí, Bittar estuvo en otro lugar.

De abogado de RCTV a magistrado del sistema

Durante años, Bittar formó parte del equipo jurídico de Radio Caracas Televisión, el canal que se convirtió en símbolo de la confrontación entre el chavismo y los medios de comunicación. Su trabajo como abogado interno lo ubicaba, en ese momento, dentro de un entorno claramente distante del poder político que hoy lo sostiene.

Ese punto de partida no es menor. Marca una distancia evidente entre el lugar donde comenzó y el sitio al que terminó llegando.

Pero hay un elemento adicional que hace ese recorrido aún más llamativo.

En 2002, tras los sucesos de abril, el Ministerio Público lo incluyó entre los imputados por su presunta vinculación con el gobierno provisional de Pedro Carmona.

No se trató de una mención tangencial. Formó parte del grupo de nombres que quedaron bajo investigación en uno de los episodios más sensibles de la historia política reciente del país. Años después, en 2007, sería beneficiado por el decreto de amnistía dictado Hugo Chávez.

Ese episodio introduce un matiz que no pasa desapercibido: el hoy magistrado del TSJ fue, en su momento, investigado por el propio sistema en el que terminaría ocupando una de sus posiciones más altas.

La secuencia es, como mínimo, poco convencional.

De abogado de un canal enfrentado al poder, a imputado por el Ministerio Público en el contexto del 11 de abril, y de allí —con el paso de los años— a magistrado del Tribunal Supremo de Justicia.

Luego, el rastro se vuelve más difuso. Y es precisamente en ese tramo donde empieza a construirse el camino que lo devuelve, ya no al margen, sino al centro del poder.

París: el origen de una relación clave

Antes de ese tránsito, hay un punto que resulta determinante para entender su posición actual: su paso por Francia en los años noventa.

Tanto Elías Bittar como Delcy Rodríguez coincidieron en la Universidad La Sorbona de París, donde cursaron estudios en esa década. Fue allí donde se conocieron.

Ese dato, aunque no forma parte de su trayectoria pública más visible, introduce un elemento relevante para entender su evolución posterior. No se trata de una relación construida dentro del poder, sino anterior a él.

La conexión entre ambos precede por años su llegada a posiciones de influencia dentro del Estado venezolano. En un sistema donde las decisiones clave suelen apoyarse en círculos de confianza consolidados en el tiempo, ese tipo de coincidencias deja de ser anecdótico.

Y ayuda a explicar, al menos en parte, cómo se construyen ciertos recorridos dentro del poder actual.

El regreso: del margen al centro

El siguiente movimiento no fue inmediato, pero sí determinante.

Tras años fuera del radar público, Bittar reaparece dentro del aparato institucional. En 2022 es designado magistrado del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, en la Sala de Casación Social. Desde allí empieza a construir un perfil centrado en derecho laboral.

Sus decisiones se concentraron en asuntos como la definición de qué integra el salario, la forma de calcular prestaciones sociales, el tratamiento de pagos en divisas y conflictos laborales que involucran a grandes empresas.

Son criterios que, aunque presentados en clave técnica, terminan incidiendo directamente en la relación entre empleadores y trabajadores en un entorno económico distorsionado.

Ahí es donde Bittar comienza a ganar peso dentro del tribunal.

Sin exposición pública. A través de sus sentencias.

Un magistrado sin ruido

A diferencia de otros nombres dentro del TSJ, su perfil ha sido bajo. No protagoniza controversias públicas, no encabeza declaraciones políticas, no aparece como vocero del poder judicial.

Ese bajo perfil, lejos de restarle peso, parece haber sido parte de su activo.

Mientras otros ocupaban el espacio mediático, él acumulaba funciones dentro del tribunal, participaba en instancias internas y aumentaba su presencia en la producción de decisiones.

La clave del ascenso

La Vicepresidencia del TSJ no es un cargo técnico. Es una posición política dentro del sistema de poder venezolano.

Y en ese contexto, la trayectoria de Bittar adquiere otra lectura.

Su paso por RCTV y su aparición en el entorno de 2002 lo ubican en un punto de partida alejado del chavismo. Su llegada al TSJ, dos décadas después, muestra un proceso de reacomodo que no se explica solo por méritos jurídicos.

El elemento que conecta ambos momentos es su relación con Delcy Rodríguez.

En el entramado actual del poder, esa relación no es un dato biográfico. Es una variable política.

El nuevo equilibrio

La designación de Bittar ocurre en un momento en el que el sistema busca estabilidad interna y control sobre sus principales instituciones. El TSJ, como pieza clave de ese engranaje, requiere figuras que combinen conocimiento técnico con confiabilidad política.

Bittar encaja en ese perfil.

No es un actor ideológico visible. No representa una corriente. No tiene un historial público de confrontación reciente. Pero está dentro del sistema, opera desde él y ha logrado escalar hasta su punto más alto.

El significado de su llegada

La designación de Elías Bittar en la cúspide del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela no solo redefine la conducción interna del máximo tribunal. También deja ver cómo se están tomando decisiones en el actual momento político.

Su nombre reúne factores que, en este contexto, pesan más que la trayectoria estrictamente judicial. Entre ellos, uno destaca por encima del resto: su relación de larga data con Delcy Rodríguez.

No es un vínculo reciente ni construido al calor del cargo. Es una relación previa, consolidada fuera del poder, que con el tiempo termina coincidiendo con la ubicación de ambos dentro de posiciones clave del Estado. En un entorno donde la confianza personal es un activo determinante, ese tipo de conexiones adquiere un valor político concreto.

Su designación ocurre, además, en un momento en el que cada movimiento dentro de las instituciones tiene implicaciones más amplias. El TSJ no es un actor secundario: será determinante en cualquier escenario electoral, desde la validación de candidaturas hasta la resolución de disputas que puedan surgir en el proceso.

En ese contexto, la conducción del tribunal se vuelve un punto sensible.

Fuentes políticas coinciden en que decisiones de este nivel no se limitan al ámbito interno. En el escenario actual, nombres como el de Bittar son, como mínimo, conocidos y evaluados fuera del país antes de concretarse. No se trata de procedimientos formales, pero sí de dinámicas que forman parte del equilibrio en juego.

La elección de Bittar apunta a un perfil específico: alguien con capacidad técnica, sin exposición política excesiva, con antecedentes que muestran capacidad de adaptación y, sobre todo, con vínculos que ofrecen garantías dentro del sistema.

No es un nombramiento aislado.

Responde a una lógica de control, estabilidad y continuidad en la conducción de una de las instituciones más sensibles del país.


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