Ataques a petroleros en el Golfo empujan el crudo hacia los 100 dólares y reavivan temores de un shock energético global
12 de marzo de 2026
La reunión que no ocurrió: lo que revela la cancelación del encuentro entre Petro y Delcy Rodríguez
13 de marzo de 2026

Nicolás Maduro: El hombre que el poder dejó atrás, en el olvido

12 de marzo de 2026
Comparte

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Nicolás Maduro hablaba frente a las cámaras con la seguridad absoluta de quien se siente dueño del país. Su voz era la de un hombre convencido de que el poder que acumuló lo protegía de cualquier final inesperado. Desafiaba a Estados Unidos con la tranquilidad de quien cree que las tragedias siempre le pasan a otros, en otro lugar y en otro momento. Durante más de una década, todo en Venezuela giró en torno a él: ministros, militares y jueces no eran más que piezas que orbitaban alrededor de un hombre que tenía todos los resortes del Estado en sus manos.

Aquellas intervenciones en televisión —los gestos duros y las amenazas lanzadas al norte— se basaban en una certeza íntima: Maduro estaba convencido de que nada de lo que decía en sus discursos terminaría pasándole a él. Creía que el poder que había construido era una muralla infranqueable.

La madrugada del 3 de enero de 2026 demostró que estaba equivocado.

Ese día no solo terminó una era política; ocurrió algo que pocos, incluso sus peores enemigos, creyeron ver alguna vez. Nicolás Maduro fue capturado en Caracas y enviado a Nueva York para enfrentar a la justicia federal. El hombre que gobernó como si Venezuela fuera su propiedad terminó sentado en un avión hacia el país que tanto tiempo usó como excusa para sus males.

El contraste fue brutal.

Durante años, Maduro usó al “imperio” como un enemigo imaginario para mantener unido al chavismo. Pero de pronto, el imperio dejó de ser un discurso y se convirtió en una realidad fría: una sala de tribunal, un juez que no se inmutaba y la distancia de un sistema que no lo veía como a un jefe de Estado, sino como a un acusado más.

Incluso en ese momento, el reflejo del mando seguía ahí. Al presentarse ante la corte, Maduro se identificó como “Presidente de Venezuela”, con la solemnidad de quien cree que el cargo todavía significa algo fuera de Miraflores. Tal vez pensaba que todavía estaba en una plaza pública o frente a un micrófono abierto. Pero la realidad era otra: estaba en una jurisdicción donde su poder no valía nada. Allí no era un líder revolucionario; era un detenido.

Hoy está recluido en el MDC de Brooklyn, una cárcel con fama de ser un lugar duro. Pero para cualquier venezolano que sepa lo que han pasado los presos políticos bajo su mando, la ironía es inevitable: frente a las cárceles venezolanas, cualquier prisión federal parece un lujo.

Sin embargo, lo más impactante de esta historia no son los muros de su celda. Lo verdaderamente revelador es el silencio que hoy rodea a Nicolás Maduro. El hombre que lo tuvo todo hoy enfrenta algo que jamás imaginó: el abandono.

El chavismo demostró entender muy rápido la regla de oro de la política: la lealtad dura lo que dura el poder. Mientras Maduro firmaba decretos y decidía destinos, la fidelidad de los suyos parecía inquebrantable. Pero el poder tiene una forma muy cruda de ordenar las lealtades: cuando se acaba, se lleva consigo a los amigos y a los seguidores.

Los primeros días tras su captura hubo ruido. En Caracas se habló de “secuestro” y de agresión. Fueron declaraciones encendidas, diseñadas para mostrar una supuesta unidad. Pero ese teatro duró muy poco.

A medida que pasaban los días, el instinto de supervivencia se impuso. La defensa de Maduro fue bajando de volumen hasta desaparecer. Su nombre empezó a ser borrado de la narrativa diaria, como si el chavismo hubiera entendido que recordar su figura era un estorbo para lo que venía.

En ese espacio vacío se consolidó una nueva realidad. Delcy Rodríguez, que asumió el control del Estado, pasó en tiempo récord de denunciar la detención a convertirse en la cara con la que Washington empezó a hablar de nuevo. El lenguaje cambió de la noche a la mañana: ahora se habla de pragmatismo y de reconstruir puentes.

Mientras Caracas busca acuerdos y proyecta una etapa nueva, Nicolás Maduro se ha convertido en un recuerdo incómodo del que muchos quieren pasar página. Ni siquiera tiene un camino claro para su defensa. Como no es reconocido como presidente y está sancionado, pagar a sus abogados es un problema legal para cualquiera que intente ayudarlo desde Venezuela. El hombre que manejó fortunas hoy no tiene cómo financiar su propio juicio.

Pero el golpe más duro no está en los expedientes. El verdadero castigo de Maduro es la certeza de haber sido desechado por la misma estructura que él creía controlar. El poder no es una familia ni un grupo de amigos; es un juego de intereses donde los afectos no sobreviven a la pérdida del mando. El chavismo entendió rápido que el centro de las decisiones ya no estaba en una celda en Brooklyn, sino en quien se quedó con las llaves de Miraflores.

Casi sin batallas internas, Maduro fue empujado a un rincón de la historia. Quien se presentaba como el líder indispensable fue sustituido con una velocidad asombrosa.

Quizás, en las horas muertas de su celda, Maduro haya tenido tiempo de entender de qué se trata realmente el poder. Tal vez lo que más le pese no sean los cargos que enfrenta, sino saber que quienes juraron lealtad eterna apenas tardaron unos días en aprender a vivir sin él.

“Rey muerto, rey puesto”, dice el refrán. Y mientras el mundo sigue adelante y el chavismo se acomoda a la nueva situación en Caracas, es probable que el único que todavía crea que es el presidente de Venezuela sea el propio Nicolás Maduro.


Comparte
Lea más
Nicolás Maduro: El hombre que el poder dejó atrás, en el olvido
Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Al continuar navegando, usted acepta nuestra Política de Protección de Datos.
Leer más