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El Banco Central de Venezuela confirmó que tanto Caracas como Washington contrataron firmas externas —no identificadas oficialmente, aunque fuentes apuntan a que podría estar Deloitte— para auditar los activos venezolanos en el extranjero. El argumento es garantizar “imparcialidad” y asegurar que los recursos “lleguen a donde deben llegar”.

La auditoría no es una decisión técnica: es una necesidad política y financiera al mismo tiempo.

Durante años, Venezuela acumuló activos fuera de su territorio en condiciones cada vez más irregulares. Sanciones, litigios con acreedores, disputas por legitimidad institucional y esquemas diseñados para proteger fondos terminaron generando algo más grave que la inmovilización: la pérdida de control real sobre el dinero.

Hoy, nadie tiene una fotografía completa.

La auditoría busca precisamente eso: reconstruir el mapa. No solo identificar cuánto hay, sino bajo qué condiciones existe ese dinero. Porque no todos los activos son iguales. Hay recursos líquidos, otros congelados, otros en disputa judicial y algunos que, en la práctica, son irrecuperables en el corto plazo.

En ese sentido, la auditoría resuelve una incertidumbre estructural: convierte una estimación política en un dato financiero verificable.

Y ese dato es la base de todo lo que viene.

Pero hay un elemento que cambia la naturaleza del proceso: no lo está haciendo solo Venezuela.

Estados Unidos contrató su propia firma. Eso, más que una garantía de transparencia, es una señal de control. No es una auditoría conjunta; es una doble auditoría con capacidad de veto implícito.

Washington no solo quiere saber cuánto hay. Quiere validar la información con sus propios estándares, bajo su propia lógica y, sobre todo, bajo su propio interés.

Eso se conecta con decisiones recientes: flexibilización de sanciones, autorización de operaciones con bancos venezolanos y reapertura de relaciones con organismos multilaterales.

Nada de eso ocurre sin condiciones.

La auditoría es, en la práctica, el primer filtro para cualquier flujo de dinero futuro. Sin esa validación, no hay financiamiento. Sin financiamiento, no hay estabilización (Fase 1 de las 3 que ha dicho el gobierno de EE.UU. respecto al proceso de Venezuela)

El problema de fondo es que Venezuela necesita esos recursos con urgencia.

La economía muestra señales de leve recuperación —crecimiento en el primer trimestre, expectativas de estabilidad cambiaria—, pero sigue operando con una escasez crítica de divisas. Empresas que recurren a mercados paralelos o incluso a criptomonedas para importar insumos no son una anomalía: son un síntoma.

La inflación, aunque en descenso, sigue en niveles extremos: alrededor de 649% anualizada a marzo de 2026.

En ese contexto, los activos en el exterior no son un respaldo; son una necesidad operativa.

¿Cuánto dinero es eso? No hay una cifra única y confiable —precisamente por eso se audita—, pero los cálculos más consistentes ubican los activos totales en decenas de miles de millones de dólares. Una parte importante corresponde a cuentas bloqueadas, participaciones empresariales y fondos retenidos en Estados Unidos y Europa. Otra, más limitada, es oro monetario aún bajo control o en disputa.

¿Dónde están? Principalmente en jurisdicciones occidentales: bancos estadounidenses, instituciones europeas, activos corporativos como CITGO y reservas depositadas o litigadas en plazas financieras clave. Y cada uno de esos activos tiene reglas distintas para ser utilizado.

Esa fragmentación es lo que hace imprescindible la auditoría.

Ahora bien, lo realmente relevante no es el diagnóstico, sino lo que puede venir después.

Si la auditoría concluye que existe una base significativa de activos disponibles o recuperables, Venezuela podría activar un proceso relativamente rápido de acceso a financiamiento internacional. Eso abriría la puerta a programas con el FMI, líneas de crédito y apoyo multilateral.

Pero ese acceso no será libre.

Los recursos, muy probablemente, estarán condicionados: supervisión del gasto, prioridades definidas externamente, mecanismos de control sobre cómo y en qué se usa el dinero. No es una hipótesis. Ya hay antecedentes recientes de fondos petroleros canalizados a través de estructuras supervisadas por Estados Unidos.

Si, por el contrario, el resultado muestra que los activos son menores, están comprometidos o son de difícil acceso, el margen de maniobra se reduce. Venezuela dependería aún más de financiamiento externo condicionado, pero con menos capacidad de negociación.

En ambos escenarios, el resultado de la auditoría redefine el punto de partida económico del país.

Hay, sin embargo, una dimensión más profunda.

Auditar es ordenar. Pero también es ceder.

Porque cuando un país necesita que otro valide sus cuentas para poder usarlas, el problema ya no es contable. Es de soberanía operativa.

La doble auditoría no es solo un mecanismo de transparencia. Es la expresión concreta de quién tiene hoy la última palabra sobre los recursos.

Y en la práctica, esa palabra ya no se decide únicamente en Caracas..


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