Con los datos oficiales publicados por el Banco Central de Venezuela, marzo cerró con una variación de precios de 13%, suficiente para empujar la inflación acumulada del primer trimestre a 72% y la interanual a 650%. Son cifras que, por sí solas, describen un deterioro acelerado. Pero en la lectura de Asdrúbal Oliveros hay algo más profundo: un cambio de fase.
“No se trata solo de números altos”, advierte implícitamente su análisis. “Se trata de que la inflación vuelve a ser el problema central de la economía”.
Durante los últimos años, tras la salida del episodio más agudo de hiperinflación, Venezuela había entrado en una suerte de estabilidad precaria. Los precios seguían subiendo, pero a un ritmo más contenido. Eso permitió, al menos parcialmente, una recuperación del consumo en algunos sectores y cierta reactivación comercial en las principales ciudades. Esa narrativa, sin embargo, empieza a resquebrajarse.
El dato de marzo no es un evento aislado. Es la confirmación de una tendencia: inflación de dos dígitos mensuales, presión cambiaria constante y pérdida acelerada del poder adquisitivo. En ese contexto, Oliveros introduce una palabra que en Venezuela tiene un peso histórico: hiperinflación. No como una declaración categórica, sino como advertencia.
La diferencia es clave. Porque no se trata únicamente de si el país ha cruzado formalmente el umbral técnico, sino de que empieza a comportarse como si estuviera regresando a él.
El impacto no tarda en sentirse. En economías con inflación moderada, los salarios pueden ajustarse, las empresas pueden planificar y los consumidores pueden anticipar decisiones. En Venezuela, esa lógica vuelve a romperse. Cada aumento salarial pierde valor en cuestión de semanas. Cada precio fijado queda obsoleto en días. Cada proyección empresarial se convierte en un ejercicio de incertidumbre.
La inflación, en ese sentido, no es solo una variable macroeconómica. Es una fuerza que desordena toda la estructura económica.
Oliveros lo resume en una idea que funciona casi como diagnóstico general: la inflación se ha convertido nuevamente en el principal enemigo. No solo de la política salarial, sino de la posibilidad misma de crecimiento. Sin estabilidad de precios, cualquier intento de recuperación queda suspendido en el aire.
Detrás de esta dinámica hay factores conocidos. El comportamiento del tipo de cambio es uno de ellos. En una economía altamente dolarizada de facto, donde la mayoría de los precios se expresan o se ajustan en función del dólar, cada depreciación del bolívar se traduce casi de inmediato en inflación. A esto se suma la fragilidad fiscal y la limitada capacidad del Estado para sostener anclas económicas creíbles en el tiempo.
Pero más allá de las causas, el punto central de la advertencia es otro: la ausencia de un plan.
“Es urgente y perentorio que las autoridades actúen”, plantea Oliveros. Es un señalamiento directo a la falta de una estrategia integral para contener la inflación. Porque, en contextos como el venezolano, las medidas aisladas —bonos, controles puntuales, ajustes parciales— no corrigen el problema de fondo. Apenas lo postergan.
La historia reciente del país ofrece suficientes ejemplos. Entre 2017 y 2021, Venezuela atravesó uno de los episodios hiperinflacionarios más prolongados del mundo contemporáneo. Salir de ese ciclo no fue el resultado de una política económica coherente, sino de una combinación de factores: contracción del gasto, dolarización informal y caída del consumo. Una estabilización frágil, sostenida más por agotamiento que por diseño.
Hoy, las cifras sugieren que ese equilibrio se está perdiendo.
La inflación de 650% interanual no solo mide el pasado reciente. También anticipa un escenario donde la capacidad de compra seguirá deteriorándose, donde las empresas operarán en condiciones cada vez más volátiles y donde la recuperación económica —si llega— será desigual y limitada.
En ese contexto, la advertencia de Oliveros adquiere un tono más amplio. No es únicamente un llamado técnico. Es una señal de alerta sobre el rumbo de la economía.
Porque cuando la inflación deja de ser un síntoma y vuelve a ser el problema central, todo lo demás —salarios, consumo, inversión— pasa a depender de una sola pregunta: si habrá, o no, una respuesta a tiempo.







